jueves, 22 de agosto de 2013

Frustraciones

Ponerme a buscar trabajo esta vez me ha dado duro. Veo con otros ojos las personas que me han acompañado un poco más de un año y me siento en medio de un montón de sentimientos que no termino de asimilar.

Por un lado están los niños del curso que tengo  a cargo. Cada que se acercan a mi siento que puede acabarse pronto para todos la relación que hemos construido. A veces me siento a observarlos y veo el cambio que han tenido desde el año pasado, cuando eran “noveno”, el curso de las niñas insoportables que amargaron mis primeros días en el colegio. No sé bien cuando gané su respeto y cuando me vieron como líder, cuando llegamos a ese punto en que los regaños que como docente debía dar desaparecieron, basta con una mirada o una palabra que sugiera que se ha obrado mal, para que de inmediato se vea el cambio y la preocupación de su parte.

Algunos de ellos me dicen “mamá profesora”, y por supuesto que he llegado a verlos como hijos. Podría enumerar las cosas bellas que me han enseñado y que he visto en ellos, y quizá lloraría si describiera las situaciones que viven. Ahora mismo solo pienso en los hermanos Retavisca. Son dos chicos de 14 y 15 años que viven lejos del colegio y deben tomar un transporte para llegar cada día. De cariño me refiero a los dos como “príncipes”, porque son educados y caballeros con las niñas, nobles y juciosos (y porque soy ridícula). En la entrega de boletines del primer periodo la mamá y yo lloramos al hablar de ellos, porque ambas vemos el esfuerzo que hacen a diario para sacar las mejores notas, para cumplir con las actividades extra que se les ponen y para siempre estar mostrando una cara alegre. La mamá entonces me contaba que el esposo es borracho y trabaja ocasionalmente en construcciones o en ferreterías, y que ella como empleada del servicio apenas gana el mínimo y con eso paga servicios y el colegio de los niños. Bueno, casi, porque deben la pensión de todo el año. Me contaba que varias veces les había propuesto a los niños inscribirse en un colegio distrital para ahorrar dinero, pero al ver las notas y la media beca que sacaron el año pasado ella prometió hacer el esfuerzo para enviarlos a estudiar. Para cumplirlo acordaron que no tomarían onces y solo irían a estudiar con la plata de los buses.

Cuando ella me contó yo solté las lágrimas. Supongo que no es el único caso, pero me dolía en el alma saber que no comen nada en el descanso y tampoco se les ve pidiéndole ni siquiera a sus compañeros. Que en las fechas especiales en las que hay que aportar dinero son los primeros que dan aunque en la casa pasen necesidades. Por ejemplo, mañana hay una salida a Bojacá y la mamá pagó la salida porque dice que se lo merecen de sobra.

Ellos son un caso que admiro y que quiero muchísimo. Son unos niños ejemplares, que quiero y me gustaría ayudar más. Y así como ellos hay otros 20 más que me enternecen y me hacen desear tener todo para ayudarlos, más que por suplir una necesidad, porque sé que podrían hacer mejores cosas si tuvieran otras oportunidades diferentes a las que con esfuerzo logran tener acceso ahora.


Si fuera solo por ellos todo sería sencillo, porque el salario mediocre que me pagan por las muchas horas que trabajo al final no son tan importantes. Así como los quiero a ellos me siento igualmente frustrada con las injusticias que han propiciado mis compañeros de trabajo, sobre todo los que están “al mando”. Mis compañeros dejan de dar una clase por estar viendo un partido de fútbol, hacen comentarios morbosos de las niñas, mienten y ocultan cosas, entre otras que ni vale la pena nombrar.

Me parece chistoso que siempre resulte encontrándome como una víctima en mis trabajos. A lo mejor tengo mala suerte, o tal vez soy demasiado terca para aceptar las cosas venir como si nada. Entonces paso a ser una persona “difícil” de llevar, un bicho raro que pelea sola, porque por más que me queje con las autoridades más altas del colegio, siempre la mayoría son los que se llevan la palabra. Es casi como estar  en una mala película, donde la marginada es buena, un grupo la jode, a ellos todo les sale bien, a la marginada solo le quedan lágrimas y una esperanza de la venganza de un Dios o un héroe supremo que haga justicia. Bueno, ya no lloro, solo aprieto los dientes de la piedra y sigo haciendo todo como si nada.

Han sido unos meses difíciles, llenos de decepción. Las últimas semanas ha empeorado todo y siento que si no salgo de allí van a robarme el alma, o me van a podrir el corazón.  Todas las mañanas amanezco deseando no ir, deseando que ojalá algo pase y todo cambie, pero me levanto  porque sé que hay quienes me están esperando, y que por ellos debo seguir terca ante la situación.


A estas alturas, me siento deshecha. Sé que debo hacer y estoy buscando cómo hacerlo. Mientras tanto sigo jugando en el papel que me ha tocado esta vez. Quizá no soy buena protagonista, pero esta vez el staff definitivamente no dio pa’ más. 

miércoles, 10 de julio de 2013

Los deportes y yo

Admiro aquellas personas que practican algún deporte, pero admiro aún más a los que sin ser profesionales intentan participar en ello como un acto de diversión, contacto grupal, salud, ejercicio, no lo sé. Siempre que veo esos partidos improvisados puedo leer en sus gestos y en su empeño el goce que están viviendo, la alegría de ganar, las ganas de revancha cuando se pierde, el trabajo arduo de sus músculos en su máxima exigencia y sus tácticas de juego hechas al afán. Se ven como gatos disfrutando de una pequeña pelota, corriendo felices, saltando con magia, haciendo pases con destreza, atrapando y llevando una y otra vez la pelota como si no hubiera nada más gratificante en el mundo.

En ese sentido yo soy como un gusano en frente de un balón.

Todo empieza en el primer año de bachillerato. Cuando entré a sexto. A una edad de 10-11 años descubrí que la educación física no era la clase de dos horas para jugar, que esos 5 años anteriores yo había estado practicando mucho para ser sailor moon con mis amigas y llevando mis barbies a pasear con el Ken por el colegio, pero eso no era lo que significaba esa horrible clase.

Recuerdo que lo primero que el profesor nos enseñó fue el fútbol. Ese balón gigante al que había que darle con la cabeza, hacer 21 con los pies, pegarle patadas mientras corría por una cancha enorme manteniendo el control para luego disparar a un arco inmenso y hacer un gol.  Luego el profesor asignaría una nota que haría que pasara o no la materia.
Mi problema empezó en mi niñez y siguió hasta la adolescencia. Fui una niña flaquita y chiquita con problemas de bajo peso, que además de que no me gustaban los deportes, tampoco tenía ni las destrezas, ni la coordinación, ni nada para practicarlos.  Así pues, cuando practicaba con el balón, el cabezazo me hacía llorar, las piernas nunca coordinaron los 21 golpecitos, y mucho menos el control de un balón mientras corría. Odié el fútbol.

Después de ese inicio vinieron los demás deportes y con ellos nuevas formas de sufrimiento para mí. Chichones: porque el balón de baloncesto caía en mi cabeza; balonazos en la cara, tronchada de dedos al agarrar el balón, llorada después de la caída del balón de voleibol en mis antebrazos, abertura de la mano al saque, dolor de cuello luego del “mosquito”, moratones después del intento de la media luna, raspaduras mientras corría al intentar devolver la pelota de tenis, golpes, pisones, codazos, raspaduras, caídas, etc.

En verdad educación física era la peor forma de tortura para mí. Esto empeoraba cuando llegaba el informe de notas  a mis papás donde periodo tras periodo perdía la materia. Ellos no entendían cómo era posible que yo perdiera por no poder hacer una media luna, o responder la pelota en tenis, o hacer un gol de no sé qué parte de la cancha. No había un remedio fácil para esta incapacidad y no había forma en que lo superara sin andar llorando. Mi salvación fue Ana María, mi amiga del colegio que se hizo pasar por mi ante el profesor e hizo las recuperaciones que de otra manera yo no habría logrado superar.

Creo que cuando salí del colegio la felicidad más grande fue saber que ya nunca más me vería enfrentada a esos espacios deportivos y, que siempre y cuando me mantuviera lejos de los balones estaría a salvo de los accidentes y golpes. Así había sucedido hasta el 2013, ocho años después de haber terminado con aquella tortura.

Este año, por mi trabajo he tenido que “integrarme” a estas prácticas. Primero jugué micro fútbol y el balance fue: morados en las piernas, hinchazón por los golpes en los tobillos y dolor, dolor por todo el ejercicio que no he hecho en años. Después me volví a integrar en un partido de baloncesto, en el que un jugador, sin querer, estrelló el balón contra mi cara, haciéndome perder el equilibrio y dejándome con media cara hinchada. Pero lo más irreal me ocurrió el día de ayer, en pleno juego de pingpong, para mí, un deporte donde una lesión es algo poco posible. Mientras mis compañeros jugaban, uno de ellos en el momento justo de responder alargó su brazo un poco más de lo usual pegándome con la raqueta en la cara, a mí, que estaba sentada lejos de la mesa. Me rompieron la ceja.


Ahora que no soy escuálida, que no tengo la presión de una nota, que voy al gimnasio y evito al máximo los golpes he llegado a la conclusión de que hay gente que no nace para practicar ningún deporte, como yo que, dado mi historial, si llegara a sentarme a jugar ajedrez podría resultar con una pierna fracturada. 

Ceja rota, ojo morado
Ceja rota, ojo morado

jueves, 9 de mayo de 2013

Curiosidades

1

Hoy tenia a primera hora con Primerito. Es el curso del niño que me abraza del culo, Sergio. Apenas me vio llegar hoy, me agarró del brazo izquierdo y me dio muchos besos en él. Le puse la mano sobre la cabeza y le pregunté si se iba a portar bien y me prometió que así lo haría —es que es realmente canson. En mitad de la clase levantó la mano y preguntó "¿Quién está enamorado de la profe de inglés?" Todos los niños me miraron y se rieron. Le respondieron: ¡usted!. Luego él se rió mirándome a los ojos. Yo hice como si nada.  Al rato volvió a preguntar "¿Quién quiere tener inglés todos los días y que la profe esté en nuestro descanso?" Pero esta vez el mismo dijo "YO".


Sigo la clase.


2

A la última hora tenía clase con noveno. Hay una niña, Jimena que es la sapa del curso, que siempre me tiene preguntas nuevas antes de comenzar la clase. Hoy llegó a preguntarme que era "see ya" y "meetcha" y "getcha". Entonces deduje que me estaba hablando de "One way or another". A lo que respondió "¡sí, la canción de One direction!!!!" Le dije que era de Blondie y que One direction la había dañado. Según ella estoy pasada de moda, según yo, los niños de One Direction están buenos y se tiran  las canciones. El resto del salón dijo que era un grupo gay y se armó la discusión por la música y por lo que es "bueno y malo". Me reía mucho con lo que decían, hasta que me salieron apuntes como "todo metalero podrido baila salsita-merengue-regueton porque es imposible ir a mitad de la pista e invitar una niña a salir  a un pogo estirando la mano y moviendo los hombros". Otro fue, que no había navidad sin los 50 de Joselito, que uno compra ropa y se mide la pinta del 24 al son de "viene volando un pájaro amarillo". 
Nos reímos mucho. Uno preguntó si escuche alguna vez "gorillas zeta, o gorillaz" y le dije que eran buenos, como no supe que genero era le pregunté a un experto por whatsapp. El chico tampoco lo tenia claro.
Así es la colombianidad.

Pdta: Ando pensando en cuando UFF alborotó las niñas de mi colegio y cómo me burlaba de ellas porque era un grupo "gay". Comparándolos, prefiero esos hermosos niños de One Direction. También pienso en cómo se asombra la gente cuando me escucha cantar las canciones decembrinas o una carranga de Jorge Velosa. 

lunes, 24 de diciembre de 2012

Navidad y regalos

Recuerdo que las navidades cuando eran pequeña empezaban los últimos días de noviembre, cuando por la televisión pasaban las propagandas de los juguetes que debían ir en la lista a Papá Noel. Me sentaba a ver todo un día los comerciales para saber cómo se escribía el nombre de la muñeca que comía papas de mcdonald's, cómo se deletreaba Fisher price y si la barbie que quería era la veterinaria, la que venía con Kelly, o sí prefería el Ken de la playa. Luego de tener la lista se la mostraba a mi mamá para que la revisara, pues no queríamos que Papá Noel pensara que tenía mala ortografía o que estaba pidiendo mucho, porque "qué pena con él" decía mi mamá. 

El árbol iba llenándose de regalos a medida que pasaban los días de diciembre. El año en que mis papás se dieron cuenta que espiaba los regalos antes del 24, tomaron la decisión de esconderlos hasta llegado el 24 mientras disfrutaban mi cara de angustia al pensar que Papá Noel se había olvidado de mi, o que la carta se había perdido en el camino al Polo Norte. 

Hubo unas cuantas navidades en que luego del 24 caía en cuenta que quería otros regalos, o simplemente los zapatos que me habían comprado no me quedaban bien. Cualquier excusa me servía para hacer otra carta y recibir el 31 más regalos. Recuerdo sobre todo una navidad en que mis papás se habían separado y en ambas fechas el árbol estuvo a reventar para mi. Sabía que los del 31 eran de mi papá porque estaba la Barbie princesa que quería, y en otra bolsa venía un perfume de barbie, champú, medias y almendras. Mi papá siempre, desde que era pequeña hacía la misma advertencia "tiene que aprender a usar el perfume porque se pone a desperdiciarlo echándose por todo lado y se le acaba en menos de nada. Le tiene que durar todo el año". 

Cuando era momento de compartir la cena con la familia y la fiesta mi papá nunca estuvo. Siempre encontraba una excusa para tener que trabajar o viajar. Siempre he creído que odia las fiestas y que así no hubiera tenido que salir, no habría estado. Pasábamos entonces la noche con mi mamá, mis hermanos, los tíos y los primos. Hacíamos ajiaco, pavo, sancocho, natilla, buñuelos; variando cada año. Nunca fuimos seguidores de las novenas, pero sí de comprar pólvora y quemar esponjillas con un lazo amarrado que nos dejaba hecho mi papá. Al otro día todo volvía a la normalidad y esperábamos el 31 para acabar con lo que quedaba.

Hoy  fui a ver a mi papá y a desearle la feliz navidad. Hacía 4 años que dejé de tener comunicación con él, y sentía que las navidades eran igual a lo acostumbrado, porque de cualquier manera él no pasaba esas fechas con nosotros. Sin embargo, al llegar encontré que tenía el almuerzo preparado para los dos, una lata de duraznos, galletas y una bolsa de regalos que contenía un champú, una crema, un perfume y unas almendras. Luego de que la abriera dijo "El perfume le tiene que durar todo el año, no es que vaya a desperdiciarlo echándose por todo lado y que se le acabe en menos de nada".

Hay cosas que no se valoran hasta que se pierden, hay cosas que nunca deberían perderse. Pero sobre todo, el mejor regalo de navidad es poder volver a tener el contacto con mi papá.

Feliz navidad.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Discursos de despedida

Como soy cursi he decidido apartar este post para mostrar dos discursos del día de grado: el de mis estudiantes (sin correcciones), y el mio. 




Señores: padres, docentes, directivos y estudiantes.

Reciban un cordial saludo.
Este discurso está basado en los motivos que sentimos, nosotros como estudiantes del grado noveno. Gracias a ustedes es que hemos sabido llegar hasta este punto y aprender más de ustedes como docentes para que esta enseñanza que nos dan día a día  nos lleve a un futuro y poder surgir.

Gracias a ustedes también hemos aprendido los valores y los deberes que tenemos como estudiantes, a ser más unidos como grupo, ayudarnos unos a otros como hermanos, las peleas, las discusiones, las rabias, todas nuestras inconformidades que expusimos y que promovieron un cambio en el colegio.

Hasta que llego la profe mayerly  quien nos acogió como sus hijos, quien ha estado pendiente de todo lo que sucedió,  los problemas y por todo lo que tuvimos que pasar, quien nos ha apoyado. Gracias a todos mis compañeros que han sido como mis hermanos. No quisiéramos despedirnos tan pronto pero es hora de decir adiós a esta etapa y recibir una nueva.

//

Buenos días señores padres, directivos, docentes y estudiantes

Es gratificante compartir con los estudiantes del Instituto Tecnológico de Occidente este día tan especial para transición, quinto, noveno y undécimo. Pero sobre todo, me llena de infinita alegría haber tenido la oportunidad de acompañar a cada uno de los estudiantes durante el año, no sólo desde mi materia, sino en los diferentes espacios que se generaron dentro del colegio.

Como directora de curso de noveno, me llena de felicidad ver graduar a cada uno de ellos, pues día a día fuimos creando lazos de amistad desde el respeto, la tolerancia y el amor, llegando a considerarnos incluso como una familia. Cada mañana en nuestro salón había lugar para las risas, para los chistes, para los abrazos, para los mimos y para los regaños, pues como una segunda familia, también hubo que llamar la atención por errores que cometíamos.

Hemos compartido no solo el tiempo, o los espacios del colegio, sino nuestra vida, haciendo evidente nuestros gustos, nuestros genios, nuestras preferencias, nuestras tristezas y alegrías. Hemos descubierto en el camino que podemos hacer las cosas mejor, que tenemos todo el potencial para vencer los retos, para crear nuevas cosas, para solucionar los conflictos, para creer en nosotros mismos y entendernos como grupo.

Me siento honrada por estar aquí representando al grado noveno como su directora, pues le han aportado a mi vida no solo momentos inolvidables e invaluables, sino que cada uno con su forma de ser, me ha enseñado la importancia de la amistad, la confianza, la sinceridad y la fraternidad. Si estoy aquí ha sido por y para ustedes,  desde mi labor como docente y como amiga.

No me queda más que agradecerles por este hermoso 2012, desearles lo mejor para cada día de sus vidas y felicitarlos porque llegaron a la meta que se habían propuesto.

Que todos los días de su vida brillen. Sueñen y luchen por hacer esos sueños realidad.

Los llevo para siempre en el corazón.
MS

domingo, 30 de septiembre de 2012

Ñeradas

Imaginarme como profesora hasta hace unos meses evocaba una imagen prometedora. Me veía en un prestigioso colegio, siendo más o menos bien paga, enseñando a unos estudiantes aplicados, bonitos, que me adoraban y yo a ellos. Todo se veía fácil, hermoso y claro en mi mente de estudiante de licenciatura.
Cuando me llamaron para la entrevista en el “ITO” rechacé la oferta, no sólo porque el pago es mediocre, sino porque las instalaciones del lugar mostraban un colegio desordenado, de bajos recursos, y unos estudiantes que se paseaban por los corredores con toda clase de artículos desagradables, con un vocabulario y un modo de hablar grotesco. Era lo que consideraba como “ñeros” a primera vista. Salí de la oficina del coordinador afanada porque él se ocupaba justo en ese momento de una riña de barristas entre los mismos estudiantes y decidí que no aceptaría “ni de fundas” ese trabajo.

Pasé una hoja de vida a otro colegio de Funza, de buen nombre en el pueblo, con unas instalaciones bonitas, parque adentro, salones en casita, chinos bonitos y un pago prometedor; sin embargo, cuando estaba a una semana de empezar me dijeron que habían conseguido a otra persona, no  por teléfono, sino luego de mi intensa visita para recibir el pensum de las clases que iba a dar.

Luego de semanas sin trabajo me volvieron a llamar del “ITO”. Querían que hiciera un reemplazo de la profesora de inglés por una semana o dos. Estaba tan desocupada que dije que sí, por no quedarme un día más en la casa. Así pues, llegué un lunes en que me recibieron con la noticia de que sería la directora de curso de noveno por esas semanas. Luego de que el coordinador me presentara con el salón, estaba ahí, sola, sin ninguna experiencia previa, sin Piaget, sin Freire, sin ninguno filósofo, pedagogo, o si quiera una clase de la universidad, que me dijera qué era lo más indicado para hacer en ese momento. Me costaba mantenerme de pie en frente de tantas miradas que detallaban todo de mí; mi estatura, mi ropa, mi cara, mi voz, todo. Mientras me presentaba y escuchaba el nombre de cada uno. Ellos seguían siendo ñeros de 13-15 años, a los que tendría que acompañar esas semanas, y de los que según mi mamá debía cuidarme de robos y amenazas.

Todo fue empeorando en mi cabeza cuando al finalizar la semana había conocido a todos los demás cursos. Estaban los de sexto, tan inquietos y tan precoces; los de séptimo, con esos chicos que han repetido tantas veces, esos que juegan a darse “puñaladas” con los esferos; los de octavo que olían tan mal luego del descanso; los de décimo que parecían cansados, que fumaban a la salida del colegio, que andaban pendiente del equipo de fútbol, de la radio y sus canciones de reggaetón en horas de clase, y finalmente los de undécimo que miden 1,80 mts y que no toman en serio casi nada porque ya se sienten fuera del colegio. 
Ese mundo era nuevo y extraño para mí, estaba perdida entre la realidad que me había negado a conocer por fantasear con otros lugares que ni siquiera había visto antes.

Pasaron las dos semanas y la profesora de inglés no volvió. Para entonces había cambiado todo, pasaba los descansos rodeada de chicos de diferentes cursos escuchando sus aventuras, escuchando sus problemas, escuchando lo que pensaban de la niña de aquel curso, del niño de los ojos claros, de los ñeros que eran algunos, de lo gomelos que eran otros. Escuchaba atenta lo que decían, y poco a poco fuimos abriéndonos y comenzamos a compartir nuestras vidas.

Unos habían ingresado al ITO porque los habían echado de otros colegios, otros porque sus papás no podían pagar mejores instituciones, otros porque desde la fundación del colegio estaban ahí, porque se los había recomendado alguien o porque les quedaba cerca de la casa.  Otros como yo, ni sabían a ciencia cierta cómo y por qué habían llegado. Algunos me contaban de sus amores, de sus tusas, de quiénes eran sus mejores amigos, de cuáles eran sus gustos; y así, en menos de lo que imaginé, me había involucrado tanto, que el estereotipo que traía de años atrás fue derrumbándose, permitiéndome ver lo especiales que eran cada uno, lo maravilloso que era compartir y aprender de ellos, lo emocionante que era entender que todos eran diferentes a mí y yo a ellos, y que esto era hermoso, porque así ambos aprendíamos no sólo inglés, sino de la vida misma.

Han pasado casi 7 meses, desde entonces me he convertido en la líder de mi curso, no sólo por ser la profesora, sino porque ellos me han puesto en ese lugar. En las direcciones de curso tomamos unos minutos para mirar en qué vamos, qué ha pasado con algunos profesores, qué necesitamos, qué vamos a planear para los eventos del colegio, y algunos se acercan para contarme que están tristes, que están enamorados, etc.

Creo que he llegado a quererlos demasiado, que me preocupo en exceso por sus problemas y que celebro como adolescente cada triunfo. Me siento como enamorada, disfrutando cada momento a su lado y compartiendo todo lo que sé con ellos, no sólo en la materia que les dicto, sino en los consejos que creo que puedo darles y el cariño que les doy y con el que a veces no cuentan.

Se va acabando el año, y debo estar en su graduación. Se me rompe un poco el corazón al saber que posiblemente después de este año no los veré más, y que cuando menos piense muchos de sus nombres los habré olvidado, que vendrán otros chicos, que vendrán otros lugares nuevos, que todo va cambiar para nosotros. Que éste,  más que un curso y unos pelaos cansones que dirijo, son 27 mundos distintos que me han enseñado con cada cosa, más de lo que algún día llegué a pensar. 


(Estuvimos preparando baile para la celebración del Día del Reciclaje. Este fue nuestro último ensayo)


Y la presentación....


domingo, 23 de septiembre de 2012

Deserciones



En una de las últimas reuniones estuvimos hablando de los casos de los chicos “especiales” del colegio. Preguntaron por Michael Rojas, el grandulón de sexto que no volvió desde julio y por Jean Paul de noveno.

Michael había perdido dos veces sexto y le habían puesto una matrícula especial para este año. Lo recuerdo de entre tantos chicos porque hace unos meses, luego de unas pocas clases que vio conmigo, se acercó un día diciéndome que le caía mejor que la otra profesora de inglés porque era más flaca y más joven. Me cayó en gracia que me lo dijera así y que posteriormente lo escuchara en los pasillos quejándose de que era mala profesora por no recibirle las tareas fuera del tiempo establecido, a pesar de haber sido “bueno” conmigo.  Sin embargo, cuando dejó de asistir el salón se sentía diferente. Al parecer los chicos indisciplinados y groseros se hacen extrañar más que los juiciosos cuando no están. Al principio sus compañeros se mostraban alegres de que no hubiera vuelto y hacían chistes sobre lo que estaría haciendo, pero ninguno sabía a ciencia cierta porque un día decidió no regresar.

Por su parte Jean Paul es un chico bastante tímido. El mejor estudiante de noveno, con sueños de ser ingeniero de aeronáutica, de mecánica o de electrónica. Es mayor que los demás del salón, alto, moreno y delgado. Tiene pegado aún el acento de la costa, posiblemente de Barranquilla, por lo que los demás decidieron apodarlo como “el costeño”.

A Jean Paul lo veía todos los días porque era su directora de curso, lo molestaba por las llegadas tarde y ciertas inasistencias que se venían haciendo frecuentes desde antes de las vacaciones de mitad de año. Hace 3 semanas dimos aviso a los estudiantes que iban perdiendo materias durante el tercer periodo, y cuando le dije a él que iba perdiendo casi todo por sus inasistencias y llegadas tarde se achantó y salió del salón taciturno, sin palabra para nadie; de hecho porque nunca llegó a estrechar lazos con alguno de sus compañeros. Todos lo miraban con prevención porque Jean Paul usualmente llevaba el uniforme sucio, porque duró dos meses sin la camisa del uniforme porque no tenía para comprarla y porque tiene cicatrices en la cara que se había hecho luego de una caída sobre unas botellas cuando era niño. Por mi parte lo molestaba diciendo que era “mi mano derecha” del salón y que mi corazón se entristecía cada día que dejaba de asistir. En medio de todo era verdad.


Al día siguiente del informe de las materias que podría perder lo busqué y le pregunté qué pasaba, que tal vez yo podría hablar con los profesores para que le recibieran trabajos, pero que me dijera que le pasaba. Me mostró sus manos, llenas de heridas de astillas de madera, un poco sucias, como su uniforme. Me dijo que había estado trabajando en una carpintería para ayudar en su casa, porque su hermana está enferma, no tiene papá y su mamá gana muy poco en el trabajo. Esa fue la última vez que fue al colegio.

Hace un par de días me encontré con Michael, está  trabajando como ayudante del bus que conduce su papá. Me invitó el pasaje y me dijo que se sentía más cómodo trabajando con su papá que en ese colegio donde no le enseñaban nada que le sirviera para la vida, donde sólo perdía el tiempo. 
Todo el trayecto pensé en Jean Paul, en cómo me gustaría encontrarlo y decirle que volviera, que ahí está su puesto, la lista de asistencia y yo, esperando por él.