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jueves, 19 de septiembre de 2013

El futuro que no brilla

Hace un tiempo escribí esto para Hoja Blanca http://www.hojablanca.net/nombresdepila/2013/03/20/sofia/ . Obviamente no se llama Sofía. Cambié el nombre porque me asusta que algún día mis compañeros descubran que escribo y esas cosas. El caso es que después de ese “relato” que bien decía la verdad, no han dejado de sucederle cosas a Sofía que me parten el alma.

Ayer teníamos clase, y mientras calificaba su actividad, noté que debajo de su sudadera no llevaba medias puestas. Le pregunté por qué no tenía y empezó a darme rodeos, a decirme que no le gustaban, que se sentía más fresca así, que “noo, que no le olían los pies a pecueca” como yo le había dicho en forma de chiste. Al final me contó que esa mañana salió a comprar el desayuno, y que cuando llegó se sirvió la leche y mientras la hermana la apresuraba, se puso los zapatos así, sin las medias. Apenas terminó de contarme eso la niña se agachó, y mientras intentaba recoger sus lápices, el pantalón dejaba ver unos granitos en la cola como si fuera pañalitis.

No sería nada raro, si los hechos anteriores no se mezclaran. Hace unos meses la profesora de su curso le encontró piojos, envió nota a los papás y desde entonces pareciera que la hubiesen dejado de bañar a propósito. Sus dientes están de muy mal aspecto y su olor es penetrante, sus ropas siempre están en mal estado, y sus onces son en gran manera mediocres para una niña de su edad. Sus cuadernos no son revisados nunca, y los papás llevan más de 4 meses sin aparecerse por el colegio.

Aun lleva en su brazo derecho la quemadura que finge haberse hecho con una plancha, que más parece un quemón provocado por un cuchillo caliente. Al preguntarle a la hermana que está en sexto, no da razón de qué pueda estar pasando en la casa, y al parecer es la que está al cuidado de la niña en las tardes. Los compañeros del curso la han aislado luego de presenciar  que ha agarrado a Sofía del pelo para entrarla a la casa o que le grita tratándola de perra, de puta, de estúpida en la calle.

El caso está en comisaría. Quién sabe qué habrán hecho, o si acaso hay alguien que esté preocupado por la situación de las dos niñas. Nosotros comentamos lo que pasa, descubrimos día tras día que hay maltrato, que viven una vida miserable, que Sofía no tiene papás, que Alejandra, la hermana de 12 años, parece haber vivido más que cualquier mujer de 30.

Es difícil sobrellevar la impotencia, pero sobre todo, es duro tener la certeza de que el futuro no les brilla.


sábado, 8 de septiembre de 2012

Desesperación

Desde el regreso de vacaciones de mitad de año, cada martes y viernes se han convertido en los días en que con mayor facilidad logro desesperarme. Hasta el 7 de septiembre.

Conocí a Johan unos meses atrás, alrededor de mayo, cuando sin querer resulté siendo su profesora. Empecé en el colegio como reemplazo de una maestra que no me entregó programa, que abandonó todo y lo dejó en las manos de quien no había tenido antes un contacto con jóvenes. Una "niña más" que estaba apenas cursando la mitad de su carrera y que no sabía lidiar ni con ella misma. 


Al principio se sentaba en el último puesto de la segunda fila. Se mostraba atento a las explicaciones, y a pesar de no estar seguro de cómo desarrollar las actividades y tardar más que los demás, lo lograba. Sin embargo, al regreso de vacaciones, todo ha venido cambiando. Pasó a ser el primero en la fila, no atendió más a mis explicaciones, ni a juegos, ni a las actividades. Me molestó de sobremanera verlo en esa actitud, sobre todo porque por más que intenté hablarle una y otra vez, de persuadirlo por varios medios, él me evadió y así poco a poco llegó a ser el motivo de mi "desesperación" de cada semana. 

Una tarde vino su mamá a dejarle las llaves de la casa. Le dijo que tenía que salir y no iba a estar cuando el regresara del colegio, que se fuera de la mano de la señora Tal, mamá de uno de sus compañeros y que calentara el almuerzo que le había dejado en el horno. No establecimos un contacto si quiera visual con ella, todo fue rápido y luego de haber interrumpido la clase, se fue con afán mientras cargaba su hijo menor en los brazos.

El viernes llegué a las 8 al salón de segundo, como siempre. Los niños me recibieron con abrazos y empezamos a construir la clase. Johan iba de puesto en puesto diciendo cosas a sus compañeros hasta que le interrumpí para pedirle que se sentara. Se acerco a mi y me dijo "¿Quieres saber por qué tengo la voz ronca?". Respondí que era obvio que tenía gripa, que se sentara y se pusiera a hacer la actividad como sus compañeros. Pero él me interrumpió para decirme "es que ayer me mandaron una nota en la agenda, y mi mamá me dejó a dormir en el patio. Amanecí "afónico" de tanto gritarle para que me abriera, pero es que no es la primera vez, antes me dejó hasta la media noche, pero ayer no me abrió". Luego se sentó  y su mirada, como ha sido estos dos meses, se fue tras algún punto fijo del tablero, uno quizá más amigable que cualquiera de los trazos míos.

Quise llorar no sólo porque me conmovía su historia. No sólo porque por fin entendía que mis clases no eran tan importantes para él como para mí, que nunca llenarán ese vacío ni harán algo por los sentimientos que pueda tener. Que quizá el problema no es ser como es, de tener la vida que tiene, sino que yo, parada en frente de un tablero me quedo corta de posibilidades, me quedo al frente viendo todo sin saber qué hacer. Me arrepiento de los juicios y prejuicios y a las 9:45  salgo para ir a cuarto. Quizá Angie, la niña que va perdiendo inglés porque no hace tareas ni ejercicios en clase, decida contarle a alguien qué pasa, por qué lleva días sin hablar. Ojalá y yo escuche y pueda hacer algo más que explicar los Possessive pronouns.