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domingo, 4 de febrero de 2018

Bu 武

Creo que de las cosas más difíciles que hay es pedir ayuda. Ponerse en la posición de necesidad y solicitar que alguien intervenga con su mano es un reto, un dolor de cabeza cuando está la predisposición de que nadie estará ahí y que solo uno puede con su vida, con lo que lo agobia.

Pasar por ciertos momentos me ha llevado muchas veces a hacer de mi una persona fuerte que puede enfrentar lo que se le venga con una cara amable y aguerrida, y cuando menos me doy cuenta, estoy fuera del lío que me trajo a tomar coraje y sola he ganado y avanzado en lo que creía que no iba a poder. Sin embargo, un día las fuerzas se me fueron y quedé en un estado de desolación; en una incomodidad conmigo muy diferente a la soledad con la que se suele convivir con amistad; encerrada, bajo una sensación de pérdida de mi misma, de intermitente aflicción por lo que hay, hubo y habrá; una desesperanza por la vida y por cualquier cosa en la que he tenido convicción alguna vez.

Me avergonzaba mucho pensar en pedir ayuda a un psicólogo porque suelo considerar mis sentimientos y frustraciones como quejas de una niña mimada que se ha quedado sin oficio y ha encontrado en el drama una posición cómoda en la que disfruta estar. Y de los psicólogos suele hablarse tan mal, que tenía prevenciones con lo que podrían decirme. También, al haber juzgado la gente que no ha podido consigo misma y haberme burlado de  ciertas artes, de contactos y de situaciones sociales en las que por ignorancia creo que se encuentra un montón de gente que no sufre y que ve la vida como una alegoría, sentí pena durante semanas para poder contarle a la gente lo que me pasaba.

Pero esta semana, sin duda de las más complicadas que me han tocado, toqué una puerta que me llevó a otras más. Primero, vi el vídeo del perro por segunda vez porque me lo recomendaron y ya no fue solamente "bonito" sino que de una me empujó a buscar ayuda. Fui a ver a AP, quién después de escucharme no se asustó ni sintió asco de lo que le conté, por el contrario, tomó toda mi carga para mostrarme que lo que tenía era un buen número de posibilidades para hacer mucho mejor las cosas. Fui a Jiu- jitsu, invitada por A, y salí con unas palabras que dejaron en la clase: cuidado corporal (cuidado de si mismo), oportunidad (no forzar las cosas), respeto por el otro. Pero por sobre todas esas cosas tan bonitas, me di toda la oportunidad de hacer lo que quería hacer, hablarle a la gente sin prevenciones y desde el corazón, aprender de todo lo que me rodeaba y darme la oportunidad de fallar, de caerme y levantarme para hacerlo mejor. Me agradó estar conmigo y aunque a veces sentía ganas de salir corriendo, me di la oportunidad de hacer cosas nuevas y mostrarme tal como era. 

Conocí nuevas personas, gente agradable con ciertas costumbres que no son las mías y que ignoré porque era irrelevante enfocarse en eso; todos tienen algo que enseñar, algo bonito que aportar. Me gustó darme otra oportunidad de hablar sin sentirme enferma o presa de una sensación amarga; me gustó encontrar que he estado equivocada y que aunque no puedo devolver el tiempo, puedo cambiar lo que hay y lo que viene.

Lo que realmente me avergüenza no es pedir ayuda, es la ignorancia, el no explorar posibilidades, el no escuchar a otros, el no hacer y aprovechar todo lo bonito que hay dispuesto. Me pido disculpas por no tomar lo desagradable como una oportunidad para crear, pero me agradezco por haber escuchado y estar dispuesta a empezar. 

jueves, 21 de diciembre de 2017

Sangrar

Estaba Tomás hablando con mi mamá de sus fantasías, como suele hacerlo cuando ella le pregunta cómo es su vida en la casa. Nunca había llamado mi atención, porque tiene una voz chillona y normalmente trae a sus relatos monstruos y brujas que los acosan en las noches y algunos disparates propios de los niños de su edad.

Tomás estaba contándole cómo su abuela se había peleado con una bruja, mientras yo me sentaba a tomar mi café de la mañana. Mi mamá le decía que él no podía ver las brujas, porque no existen. El niño se reía y decía que sí, que estaban en el patio de su casa, que le había hecho daño a la abuela y luego a él. Mi mamá con risa le preguntaba que cómo eran, que cómo hablaban, que qué idioma hablaban… Pero entonces, Tomás le dijo:

– La bruja que estaba ahí era de mentiras pero real, porque mi abuela decía que la escuchaba, pero que nadie podía verla porque las brujas son como los espíritus de las personas que se han portado mal.

Lo escuchaba atentamente, más por curiosidad de saber hasta dónde iba a llevar la mentira, cuando de repente dijo:

–Y mi abuelita sabe que hay muchas personas que se portan mal. Entonces la bruja se me acercó y me cortó el pelo y ¡empezó a salir sangre!!

Mi mamá no podía de la risa con tal historia. Le dijo a Tomás que a nadie le sangraba el pelo, pero el niño insistía. Finalmente, el niño se aburrió de la risa de mi mamá y se fue a jugar con los demás niños.

Me quedé pensando en lo que sangra. Recordé las muchas veces que de niña me quejaba de dolores inexistentes. Que me dolía la uña, que me dolía la media, que me dolía la marquilla de la camisa, que me dolía dormir… Para ese entonces, a mi mamá también le daba risa pensar en esas cosas que decía.

A mí también me ha sangrado el pelo, pensé. Me ha sangrado en otros dedos. Me ha sangrado de la cabeza cuando desesperadamente quise quitarme un recuerdo, me ha sangrado a chorros cuando con tristeza lo he amarrado para dar la espalda, cuando lo he dejado suelto para que no se vean las orejas que también me sangran. Me han sangrado hasta los pelos de los brazos, cuando he tenido que alejarme de un abrazo, cuando he tenido que encontrarme sola. Me han sangrado las pestañas de restregarme los ojos, de apretar los párpados lo más que pueda para no dejar ir las lágrimas tras un sentimiento. Me han sangrado los pelos de la nariz, las cejas, el pubis, las piernas. Me ha sangrado todo.

Pensé entonces que a lo mejor Tomás sí tiene razón y sí hay un espíritu que hace sangrar. En todo caso no sería una bruja, ni lo haría porque nos portamos mal. Se sangra cuando se vive, cuando se rompe. Hay unos que nos rompemos con facilidad.



domingo, 26 de noviembre de 2017

Carta al miedo

Hace muchos días no tengo miedo, uno real. Veía a mi papá, una deidad del miedo de mi niñez, sentado junto a mí, con sus manos manchadas por la edad, con menos pelo y una voz diferente y, de repente, recordaba el miedo que sentía cuando llegaba en las noches a la casa, el escalofrío que sentía con su presencia, con el sonido de sus pasos; su timbre de voz que me hacía temblar y sus miradas que lograban indisponer mi cabeza, haciéndome frágil. Me recordé huyendo de su encuentro.

Estaba ahí de frente junto a mí y parecía que esos recuerdos no eran reales. De alguna manera en la mente aquello que pasa por la vida se distorsiona, a tal punto que a veces dudo de algunos recuerdos y tengo que preguntar o cerciorarme con otros acontecimientos. Lo miraba y escuchaba contar todo lo que ha estado haciendo los últimos días mientras sentía que ya no le temo, ni a su voz, ni a sus reacciones. Pensaba que de alguna manera quise durante años alejarme de su recuerdo, huir a los parecidos que tenemos, odiar sus comportamientos y que ahí estaba al frente mío, tan indefenso y tan fugaz como cualquier otro.

Le conté los planes que tengo y poco a poco intentó destruirlos, como había hecho tantas veces antes. A medida que escuchaba sus palabras quería salir corriendo, quería encontrar unos brazos cómodos que me dijeran que todo era mentira y que pronto estaría bien, pero cuando más miedo tuve y estaba cerca de darle la razón, me vi en el reflejo de la ventana de donde estábamos. En él vi mi cara destrozándose y no fue extraña, ni me sentí mal por eso. De inmediato vinieron los recuerdos de la enfermedad que superé, de los trabajos que he tenido y lo que he logrado en ellos, de los ojos que me miran con credibilidad, de la confianza que han puesto en mí, de la fuerza con la que pude lograr lo que muchos dudaron y la firmeza de que puedo hacer aún más. Me di la vuelta y le vi a los ojos diciéndole que con él o sola iba a hacer lo que tenía planeado. 

Siento un nuevo miedo, uno que me llena de inquietud y de cierto vigor en que voy a hacer de nuevo lo que quiero y que saldrá bien. Que vendrá, como siempre, acompañado de un montón de retos que me van a sacar lágrimas, pero que lograré. Él lo vió, no supo qué era, ni qué pasaba por mi mente. Al final me dio un "porcentaje" de su apoyo, que aunque no lo necesito, lo siento como una victoria. 

El miedo es un ladrón de felicidad, uno que agota y devora calladamente las intenciones que hay en la cabeza y en el corazón. Me lo dije varias veces mientras escribía una parte del plan, para así no olvidar que esto que siento no es miedo, sino que tal vez se parezca más a la vitalidad. 

jueves, 12 de octubre de 2017

Construir

Hace mucho tiempo en mi casa se guardaba una carpeta que llevaba los trabajos de arte que había hecho en preescolar y en primaria. No estoy segura de cuándo desapareció, pero recuerdo que llamó mi atención una de las imágenes en las que debía dibujarme a mi misma. Me reí un tiempo del dibujo que había hecho en una esquina de la hoja: una estrella gorda, a la cual le había puesto unos zapatos naranjas, un pantalón naranja, unos brazos chonchos naranja, una cabeza de la cuál salían 3 pelos de color naranja.

Años más tarde, en la primaria, después de hacer dibujos de estrellas chonchas para simular que era gente, alguna niña debió enseñarme a hacer esos dibujos que la gran mayoría de chicos en primaria hacen. Un círculo para la cabeza, unas D boca arriba para ojos, una ) para la boca y una U para nariz. Las piernas, con líneas  paralelas y los brazos, igual. Se agregaban a veces unos dedos, que debían ser cinco y unos zapatos que ojalá llevaran tacón. Un pelo largo, que parecía una manta con un moño, para que no fueran a pensar que no era niña.

Durante muchos años quise verme como en mis dibujos. Eran feos, iguales a los de otros niños que me habían enseñado a hacerlo para no desentonar. Me gustaba pensar que tenía los ojos grandes como en mis dibujos y que mi pelo era negro y liso como lo podía pintar. La boca siempre iba de rojo y era una ) grande, a la que luego pude ponerle lengua y dientes perfectos. También aprendí a dibujarme ombligueras, jeans, tenis, aretes y a veces  una mochila. Me gustaban además porque los otros niños me decían que quedaba igualita y entonces de verdad pensaba que mi cabeza era redonda y que los cordones salidos quedaban muy bien. No desentonar con estrellas chonchas me agradaba.

Ahora que soy profesora suelo pensar en esos dibujos. He visto en estos años muchos niños que dibujan muy parecido a como yo solía hacerlo, pero ahora las psicólogas analizan cada trazo y espacio y saben si un niño se siente solo, si quiere a su familia, si es o no inseguro o si es amado. Lo dicen todo. Seguramente, si hubieran visto esa carpeta supondrían lo que me ha costado construirme, porque hasta yo lo he pensado. Construirse es como dibujar, uno se hace lo que le enseñan otros y le agrega o le quita cosas para que no vaya a verse muy feo, pero que tampoco sea tan lindo porque seguro si es tan perfecto se aleja mucho de la realidad. 

Me gustaría volver a ver esa carpeta y agregarle los dibujitos que a veces hago. Lo más probable es que hayan unas marcas que se me notan más que otras. Habré cambiado y me habré hecho incapaz de dibujarme con agrado. Se notará que el tiempo ha pasado y que lo construido nunca llegó a ser perfecto, ni siquiera para mi misma. 

Quisiera volver a ver esos dibujos con la esperanza de tener aún algo de ellos.