Ansiosa entre bocanadas de humo
respiro para no sentir nostalgia.
Desde la distancia de pie te observo,
perpleja, silente en medio del ruido.
Habito lejana, soy un molestia
reducida a una voz de indigente,
a un murmullo entre estampidas,
a un resuello que desiste.
No soy un instrumento,
ni mi vida es melodía.
Si al caso me atribuyo ser,
soy una cáscara de banano.
Vacía, olvidada, que no entiende.
Como cáscara descompuesta
me permito imaginar
que el olvido también es un lenguaje,
que podemos hablar y que escuchas.
Si al caso me digo cáscara
tal vez sea que murió mi existencia.
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miércoles, 28 de agosto de 2019
jueves, 1 de noviembre de 2018
Diario
No supe a qué hora amaneció, pero ayer estaba completamente despejado como a las 5:45, lo que probablemente se repitió hoy, cuando me desperté a las 8:50. Me había despertado a las 4, a las 6:30 y a las 7, pero decidí que hasta no dejar esa sensación pegajosa de los ojos no abandonaría la cama. Entre las cobijas me puse a pensar que llevo un mes y unos días experimentando con mi cuerpo, que iba a hacer un diario para registrar los cambios pero que estuve tan ocupada y cansada que se me olvidó, como casi todo últimamente. Entonces al ducharme volví a decirme que debía estar más pendiente y hacer un semi diario de lo que pasa en un día, un jueves 1 de noviembre, día que no me recuerda nada en especial pero que me anima porque se acerca diciembre y ese mes me gusta, pero lo que más me gusta es no tener que trabajar, porque pues se me acaba el contrato. (Al fin).
Me desperté, alisté las cosas, fui por el carro y me fui al cajero. Unas niñas se pusieron a jugar en uno de los cajeros y la fila se demoró de más, lo que me causaba impaciencia porque dejé el carro en un prohibido parquear con la excusa de que no hay dónde más y no quería ponerlo en un parqueadero por poco rato. Miré la billetera y no tenía sino 300 pesos, entonces me dio más pereza y decidí dejarlo ahí a la vuelta del cajero donde estaba la señal de prohibición. Me impacienté y me imaginé regañarlas, fui muy feliz pensando que puedo regañar a todo el mundo: "oigan niñas, dejen de jugar con el cajero y vayan a estudiar, vagas" o "vengan les ayudo con ese cajero, bobazas" o "por qué tanta hijueputa demora". No hice nada, guardé la compostura y me di cuenta que no soy decente, solo me acoplo a los requerimientos sociales. Me quedo mirando desde la puerta y me digo que a lo mejor no sean tan niñas y que tal vez me saquen un cuchillo por andar de pendeja diciendo cosas, así se forma el respeto también, concluyo.
Saqué la plata, no se llevaron el carro, fui a trabajar. La profesora D me llevaba un labial y unos polvos que compré impulsivamente y que sé que no voy a tener que usar hasta que haya la ocasión que me obligue. Hablaron de cosas con una gente y simulé estar en la conversación con las palabras que uso siempre "¿en serio?" "¡ay no!" "qué tal eso"... Me tomaron una foto con los demás profes y no supe para qué era; notaron que me amaneció un ojo rojo y ya se me había olvidado que lo había visto en el espejo cuando salí de la ducha y supuse que me había vuelto la alergia. Alcancé a pensar que la foto va a quedar como si estuviera llorando o quién sabe qué, pero no me importó, igual quedo mal en muchas fotos.
Nafer - Nager son dos niños que no sé por qué sus papás llamaron así y nunca sé cuál es cuál. Así que Nafer Nager vino llorando a pedirme ayuda porque llevó un gatico al colegio para que el otro Nafer Nager lo adoptara pero que al final le quedó mal. Apenas alcé al gato se me durmió entre las tetas que no tengo, lo que me pareció lindo y casi me hace llorar porque me acordé de los 4 gatos que tengo en mi vida y que he cuidado por años. Extrañé a mis gatos que están lejos. Una señora que no supe quién era dijo que se lo llevaba y convencí a Nafer Nager de dárselo. El otro Nafer Nager no pareció dolido, lo que me dio piedra porque sí.
Un niño de transición estaba en el suelo amarrándose los zapatos. La profesora M hizo un comentario delante de D, N y de mi que era algo como que el chino era un pendejo porque llevaba todo el descanso ahí sentado. N le dijo que no fuera mala, que el niño debía estar mal. D dijo que qué pecao. Yo pregunté qué había pasado: la mamá fue atropellada la semana pasada y se murió. Se me aguaron los ojos de nuevo, porque lo vi tan solito y tan pequeño como el gatico que se llevó la señora para su casa; quise adoptar al pelao, pensé que el sueldo me alcanzaba para un chino chiquito, luego me acordé que tal vez no era buena idea estar pensando en adoptar todo. Me arrodillé y le amarré los zapatos, aguantándome las lágrimas. El niño me agradeció y salió corriendo. Es todo bonito el niño, les dije a M D N; ellas se sonrieron porque hice algo que a todas les daba pereza. Trabajé un rato. Muchos niños hablaron, yo pensaba en el gato y en el chinito de transición.
Llegué a mi casa, me llamaron para una entrevista, me dan pereza las entrevistas y volver a pensar que debo ser decente. Le conté a varias personas. Me dio migraña. Me dormí un rato y soñé que resolvía cosas del trabajo. No he querido comer, me duele todo, aunque no me duelen las ganas de querer ir de paseo pronto. Leí los textos de la universidad, escribí un poema y lo envié por mail al profesor. Pensé que qué guevonada escribir poemas para un profesor y no para un amorcito, así fuera mi amorcito el gato blanco primogénito mío, que seguro si lo tuviera se lo leería y diría brrr o miau miau cuando me escuchara.
Hablé con otra gente, ya no sé de qué, seguro de eso y de lo otro. Me siento sola, pero sigo en mi experimento. Pienso que no es un experimento si no llevo un diario de campo, que me falta juicio, escribo este post y mientras tanto me digo "después de eso me pongo a alistar la entrega de doña M", reviso que hay muchas emes por ahí y qué pereza que yo también sea una M más. También pensé en P, porque él no piensa en mí y yo a veces me distraigo imaginando su vida. Pensé en J, en A, en F, en otra M, en S, en varios. ¿Cómo serán sus vidas?
domingo, 26 de noviembre de 2017
Carta al miedo
Hace muchos días no tengo miedo, uno real. Veía a mi papá, una deidad del miedo de mi niñez, sentado junto a mí, con sus manos manchadas por la edad, con menos pelo y una voz diferente y, de repente, recordaba el miedo que sentía cuando llegaba en las noches a la casa, el escalofrío que sentía con su presencia, con el sonido de sus pasos; su timbre de voz que me hacía temblar y sus miradas que lograban indisponer mi cabeza, haciéndome frágil. Me recordé huyendo de su encuentro.
Estaba ahí de frente junto a mí y parecía que esos recuerdos no eran reales. De alguna manera en la mente aquello que pasa por la vida se distorsiona, a tal punto que a veces dudo de algunos recuerdos y tengo que preguntar o cerciorarme con otros acontecimientos. Lo miraba y escuchaba contar todo lo que ha estado haciendo los últimos días mientras sentía que ya no le temo, ni a su voz, ni a sus reacciones. Pensaba que de alguna manera quise durante años alejarme de su recuerdo, huir a los parecidos que tenemos, odiar sus comportamientos y que ahí estaba al frente mío, tan indefenso y tan fugaz como cualquier otro.
Le conté los planes que tengo y poco a poco intentó destruirlos, como había hecho tantas veces antes. A medida que escuchaba sus palabras quería salir corriendo, quería encontrar unos brazos cómodos que me dijeran que todo era mentira y que pronto estaría bien, pero cuando más miedo tuve y estaba cerca de darle la razón, me vi en el reflejo de la ventana de donde estábamos. En él vi mi cara destrozándose y no fue extraña, ni me sentí mal por eso. De inmediato vinieron los recuerdos de la enfermedad que superé, de los trabajos que he tenido y lo que he logrado en ellos, de los ojos que me miran con credibilidad, de la confianza que han puesto en mí, de la fuerza con la que pude lograr lo que muchos dudaron y la firmeza de que puedo hacer aún más. Me di la vuelta y le vi a los ojos diciéndole que con él o sola iba a hacer lo que tenía planeado.
Siento un nuevo miedo, uno que me llena de inquietud y de cierto vigor en que voy a hacer de nuevo lo que quiero y que saldrá bien. Que vendrá, como siempre, acompañado de un montón de retos que me van a sacar lágrimas, pero que lograré. Él lo vió, no supo qué era, ni qué pasaba por mi mente. Al final me dio un "porcentaje" de su apoyo, que aunque no lo necesito, lo siento como una victoria.
El miedo es un ladrón de felicidad, uno que agota y devora calladamente las intenciones que hay en la cabeza y en el corazón. Me lo dije varias veces mientras escribía una parte del plan, para así no olvidar que esto que siento no es miedo, sino que tal vez se parezca más a la vitalidad.
lunes, 17 de abril de 2017
Las malditas risas
Hace unas noches estuve con amigas hablando del bullying que alguna vez me tocó en el colegio, claro, porque estoy viendo 13 reasons why y porque de alguna manera se relaciona con las opiniones y reacciones que ha generado la ola de noticias de feminicidios recientes. Mezcla de cosas.
Cuando estaba en noveno tenía un grupo de chicos que me odiaban. Nunca supe realmente cuál era el motivo, pero con el tiempo uno sabe que no tuvo que existir algo particular más allá de coger a alguien y montársela por x o y aspecto físico o por lo lento/inteligente/sapo que pudiera ser. Los chicos eran tres: Andrés, Costeño y Oscar. Los tres me abucheaban cada vez que podían, me pusieron varios apodos horribles y me gritaban cosas cuando estábamos en educación física. En algún momento de sus insultos pasaron a meterme chicles en la maleta, o simplemente dejármelos en el puesto para que una y otra vez tratara de sacar de mi jardinera los pegotes que encontraba para que mi mamá no se diera cuenta. Así fue varias veces, hasta que un día pegaron tantos chicles que los cuadernos quedaron realmente asquerosos y entré en ira, una rabia incontrolable que me llevó a gritar y a patear pupitres y cosas para que dejaran de meterse conmigo y vieran que yo podía defenderme sola. Se rieron bastante de mi reacción, pero desde ese día los ataques habían cesado.
Un tiempo después de ese episodio, recuerdo que en una clase de educación física tuve que ir al depósito a sacar unos balones. Dos de los personajes entraron y me arrinconaron contra la pared, sin decirme nada, ni groserías ni nada. Uno de ellos empezó a frotarse contra mi cuerpo, mientras el otro miraba y estaba pendiente de mi reacción y de que alguien no viniera. Se frotó mientras yo lo veía y cuando vio que ya lloraba pudieron irse tranquilos. Pude haberme defendido, pero eso es algo que pensé después, después de llorar y quedarme callada por la vergüenza, en medio de todo pensaba que era una "reacción normal" para la puteada y gritos que les había dado aquel día de los chicles en la maleta.
Ellos se graduaron, tendrán una vida con gente normal, estarán casados, con hijos, reirán y tal vez ni se acordarán, no sé, no sería raro en todo caso, la vida sigue después como si nada y así fue para todos.
*
Desde que me hice profesora, hace ya unos 6 años, he procurado hablar tanto con los chicos como las chicas sobre el respeto y el cuidado que debe tenerse con uno mismo y con los demás. Así, de cierta manera siento que se pudo haber evitado tal episodio en mi vida que me llevaba a desesperaciones y tristezas, ganas de morirme, odio por mi apariencia y odio por ellos; y que tal vez mis intervenciones y charlas tontas podrían llegar a evitar que le sucediera a alguna niña o niño que conozca.
Uno de los episodios que más me genera ira fue hace 5 años, cuando tuve un grave enfrentamiento frente a las directivas del colegio donde trabajaba y frente a unos papás porque uno de sus hijos, "Periquito", en medio de la clase que estaba dando se había sacado unos pelos del culo y se los había puesto en el cuaderno a una de sus compañeras. Lo peor fue, que no contento con el asco y la hijueputada que había hecho, le metió las manos por debajo de la niña diciéndole que tenía buen culo a pesar de usar cucos de corazoncitos. Estábamos hablando de un niño de 15 años y de una niña de 11. En mi cólera sé que lo que le dije a Periquito no fue lo más ortodoxo o diplomático, pero mi ira estalló aun peor cuando la reacción de la niña fue "es mi culpa, porque el me dijo que se iba a sacar los pelos del culo y le aposté a que no".
Después de eso vino la reunión con la mamá, quién obviamente me trató mal porque su hijo era un niño muy bien educado, respetuoso y bueno (sic) el cuál yo había juzgado mal por "un chisme" de una niña que lo acosaba. Tuve que lidiar con esa estúpida conversación y además pelear contra los otros profesores que se reían del evento como si fuera de lo más normal hacerlo, y contra un rector que buscaba minimizar el hecho.
A pesar de todo esto seguí trabajando allí por un par de años, intentando de alguna manera involucrarme en esas vidas para evitar cosas similares. A veces, cuando me canso de ser docente, de ver y no poder actuar recuerdo todo esto mezclado y entonces trato de acercarme a aquellos posibles escenarios y prevenirlos, de hablar con las niñas para que no encuentren vergüenza ni pánico al enfrentar situaciones en que alguien puede abusar, amenazar o amedrentarlas. Trato, pero sin lugar a duda estas historias tan de colegio pasan una y otra vez y aun muchos se ríen cuando las cuento.
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martes, 14 de enero de 2014
Historia de las causas perdidas
Debió ser cerca del 2003 cuando Nacha, la pastor alemán de la casa, fue atropellada por un carro. Desde mi papá hasta la French poodle -que en ese entonces también era nuestra mascota- pasamos por la tristeza de ver el cadáver de Nacha en el baúl del carro de mi papá, luego de que la hubiese encontrado en un separador.
Las amigas del trabajo de mi mamá intentaron lidiarle la tusa por Nacha regalándole una nueva pastor alemán, a la que llamamos Kary; justo el día después en que habíamos ido a conseguir otra Nacha en un criadero. Ambas de la misma raza y edad eran realmente diferentes en su comportamiento, y los de la casa nos juntábamos para intentar educar a las dos cachorras que destrozaban todo a su paso.
La cosa empeoró cuando un día llegó Arturo -un amigo vecino de mi mamá- con una perra pastor de la calle que sufría de un sangrado vaginal permanente, pidiendo que nos hiciéramos cargo de ella porque él se la había encontrado y no tenía los medios para poder costearle un tratamiento. La perra tenía unas masas-tumores en la panza y su vagina estaba florecida y no paraba de sangrar. Tenía mal aspecto y olía feo. Se notaba que llevaba meses viviendo en la calle.
Mis papás llamaron a la veterinaria que siempre se había encargado de nuestros perros y la sometimos a tratamientos. Le cosieron más de 3 veces la vagina creyendo que era un desgarre, pero siempre se descosía y era más doloroso verla como sufría con eso. Luego, le pusieron muchos medicamentos para intentar hacer desaparecer los tumores que tenía, que posiblemente habían sido originados por patadas de la gente que en la calle acostumbra a pegarle a los perros. Pero tampoco funcionaba.
A veces me daba asco verla, porque olía a sangre y su pelo era áspero y diferente al de las cachorritas. Pero, cuando me acercaba a la cama que le habíamos hecho en un lugar apartado de las demás, ella agachaba sus orejas y lloraba un poco. Eso me partía el corazón, y por eso luego de unos días dejé de subir a la terraza a verla, porque me causaba mucha tristeza verla morirse de a pocos y no quería llegar a quererla para después tener que enterrarla como había pasado con Nacha.
**
El día en que la veterinaria debía llegar con la inyección que acabaría con ese sufrimiento para la perra, alguien le dijo a mi mamá que debía llevarla a la U Nacional, que allá fijo le decían si se podía salvar o si debían sacrificarla. Forramos el carro en plástico para que no se llenara de sangre y la llevamos. Efectivamente los tumores habían sido ocasionados por golpes, eran 3, dos en la panza y uno en la parte baja, en los ovarios, que causaba esa hemorragia. Estaba además descalcificada y a punto de morir por tanta sangre que había estado derramando. Mis papás aceptaron costear el tratamiento, que duró meses, pero que al final resultó.
Arturo le había puesto "Chana" y así se quedó. Creció un poco más, se puso gorda y muy bonita. Era realmente noble, educada, agradable y consentida. Nos defendió de 2 intentos de atraco y un año después nos dio 11 cachorritos pastor alemán.
*Toda la historia la he estado pensando en estos días porque me doy cuenta que una cosa tras otra me ha llevado siempre a creer en las causas pérdidas. Que soy así, que no puedo hacer más.
viernes, 6 de septiembre de 2013
Derrumbes
Desde que el ex cayente y yo decidimos acabar con nuestra
falsa amistad todo empeoró en el trabajo. La decisión fue tomada debido a los múltiples
videos que él se armaba de la nada y curiosamente, sin shows y sin mayor
problema, estuvo de acuerdo.
El ex cayente también había tomado la decisión (con la
que yo no contaba) de hacerse el “mejor amigo” de mi jefe coordinador, mi
antagonista, el diablo; el mismo que ha causado toda esta desidia y depresión. Ahora el jefe coordinador conoce de sobra
cuantas veces lo putié, cuanto lloré cuando traicionó la confianza y todo ese
despelote que unos meses atrás había escuchado el ex cayente de mi boca
mientras lloraba y moría de tristeza.
El jefe coordinador ha intensificado sus comentarios en
mi contra cuando no estoy presente, y está más que enterado de cuáles son mis
debilidades, y de todo comentario que puedo hacer dentro del colegio.
Seguramente a estas alturas sabe más de mí que cualquiera.
**
El salón donde nos encontramos el grado décimo está en
último piso del edificio. Al lado queda un baño, y los laboratorios de física,
de electricidad y la sala de sistemas. No hay otro curso que nos quede cerca,
así que ocasionalmente las visitas de salón se hacen en las escaleras que
comunican el tercer con el cuarto piso.
Es el salón más grande. El único que tiene 2 piezas
grandes de tablero, ventanales grandes y espacio de sobra para pasearse libremente
en él. Somos alrededor de 22 personas dentro; 11 niñas y niños. Los chicos viven en un matriarcado donde las
niñas dirigen las actividades, el orden y el estado del salón. Cuadran autónomamente
el aseo de todos los días, el manejo de reciclaje del colegio, y el uso y disposición de los pupitres, manejo de
llaves, etc.
Se ha escuchado en los pasillos decir que somos el
undécimo del colegio. Que entre todos nos queremos y ayudamos; que el salón
puede manejarse sin la necesidad de que la profesora esté pendiente de que cada
cosa se esté cumpliendo y sin la necesidad de regañarlos, pues son ellos
quienes proponen actividades que involucran a los demás cursos y se
autorregulan cuando consideran que el comportamiento no es el adecuado. Nos
queremos, nos tratamos con cariño, evitamos los problemas y procuramos
ayudarnos unos a otros cuando lo necesitamos.
**
Desde hace un tiempo se dañó la puerta del salón porque
al parecer algún chico imprudente la pateó y entonces tiene un hueco en la
parte de abajo y no se puede cerrar bien, toca forzarla. El escritorio del
profesor tiene un soporte dañado, entonces tambalea un poco al poner cosas
encima, y la silla tiene un pedazo de madera descascarándose en el espaldar.
Esta semana el techo empezó a caerse. Al parecer las
batallas que libramos espiritualmente trascienden al plano físico. Entonces, de
la nada el techo se desmoronó en una clase, casi pegándole a los pelaos, pero
sin ningún accidente trascendental. Todo pasó justo cuando yo estaba en
exámenes médicos.
Otros, por su parte creen que en el 5 piso hay una
especie de charco que ha permeado la plancha del techo y que ha sido construido
mal. Ni siquiera el obrero ha logrado establecer el porqué del daño, y mientras
esperamos que cumplan la promesa de evacuarnos a otro lugar —así como esperé que el jefe
coordinador se retractara unos meses atrás de las mentiras que había dicho—han
pasado los días y seguimos en él, cuando empieza a caerse de a pedazos otra
parte del techo del lado de las ventanas.
Tenemos unas líneas imaginarias que tracé con ellos para
evitar que el techo nos caiga encima. Así, que el amplio salón se está reduciendo
casi a la mitad en tanto todos nos acomodamos a diario y esperamos que nada
malo nos pase, que no resultemos descalabrados, o que alguien venga y nos arregle eso o nos cambie de lugar. Lo
mismo que he esperado por meses.
Se escucha por los pasillos que los profesores me han
aburrido y que me quiero ir. Que los chicos de mi curso están buscando otro
colegio para estudiar el próximo año. Que aun sin contarles lo que pasa entre
mis compañeros y yo, ellos asumen que algo ha estado pasando conmigo.
Entonces día tras día nos juntamos más en la mitad del
salón que queda, esperando que no nos ocurra un accidente, y comemos dulces y
hacemos chistes para mitigar.
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depresión,
derrumbes,
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