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miércoles, 28 de agosto de 2019

Existencia

Ansiosa entre bocanadas de humo
respiro para no sentir nostalgia.
Desde la distancia de pie te observo,
perpleja, silente en medio del ruido.
Habito lejana, soy un molestia
reducida a una voz de indigente,
a un murmullo entre estampidas,
a un resuello que desiste.

No soy un instrumento,
ni mi vida es melodía.
Si al caso me atribuyo ser,
soy una cáscara de banano.
Vacía, olvidada, que no entiende.

Como cáscara descompuesta
me permito imaginar
que el olvido también es un lenguaje,
que podemos hablar y que escuchas.
Si al caso me digo cáscara
tal vez sea que murió mi existencia.


jueves, 8 de marzo de 2018

Llamado

Abría los ojos y estaba allí, frente a mi, el mar. Olía a pez, olía a sal. Me conmoví con su oleaje y los sonidos que escuchaba de él y de la gente que jugaba alrededor. El sol brillaba en las crestas de las olas y su calor me invadía desde adentro hacia fuera. El viento jugaba con mi pelo mientras enterraba mis manos en la arena. 

A un lado vi a mi mamá con su enorme miedo al mar; y a su lado, mi hermano procuraba cubrirse del sol y del agua. Quise mostrarles que no había que temer, quise decirles que todo estaba bien, que yo los guiaría y los protegería. Empecé a caminar hacia el agua para mostrarles que era seguro y, al llegar a la orilla, unas mantarrayas vinieron hasta casi tocar la punta de mis pies, que ya se sumergían en el mar.  Llegaban, invitándome a ir tras ellas; lo entendí desde que mis pies tocaron el agua. Me despedí de mi mamá y me metí completa en el mar, estaba frío y me gustaba. También habían algunas algas y nadar entre las olas era difícil; sin embargo, las mantarrayas nadaban por debajo y a lado y lado de mi cuerpo.  Metí la cara en el agua para verlas, queriendo nadar como ellas, pero la sal me cegó y tuve que levantar la mirada encontrándome con el gris y el blanco de las mantarrayas cruzar sobre el azul del cielo; saltaban por encima del agua danzando una con la otra y luego caían  y continuaban nadando en armonía, como en una coreografía.

Dejé de moverme, solo las contemplaba y dejaba que sus movimientos salpicaran el agua sobre mi.  Las admiré y casi lloré de la emoción; quería ser una, quería irme con ellas.

Cuando abrí los ojos aun sentía que mi corazón palpitaba con fuerza. ––Es el recuerdo del mar, es un llamado–– me dije.

martes, 19 de diciembre de 2017

Sobre las fotos.

Cuando escribía para la revista aquella, acompañábamos las entradas con alguna imagen que "capturaba" al lector y lo hacía interesarse en los relatos que publicaba. Recuerdo que la primera vez me la asignó alguien más y fue muy inspirador ver mi texto corregido junto con aquella imagen, que daba otro sentido a lo que había escrito, lo ponía en otro contexto y me gustaba. 

Desde entonces pude ver que la mayoría de textos que se publican en internet y revistas están plagados de alguna imagen o vídeo, que de alguna manera funciona para el lector, porque a mi me encantan. Pero, las fotos, después de todo, entorpecen los escritos. Suele pasarme que entre más diseñada y editada esté la imagen, más adolescente considero el escrito y de una sé que viene acompañado de poses y de algunas groserías porque a la gente le gusta leerlas. Si, por otro lado, veo imágenes viejas, entonces entro con cautela a leer y a ver el pie de foto a ver de qué se trata. A veces no tienen nada que ver, pero no me resulta molesto. Pero cuando es un vídeo (creo que ya no soporto vídeos muy largos y los adelanto lo más que puedo a ver de qué puedo perderme)normalmente suele ser alguna canción, concierto o entrevista. Las entrevistas pueden acompañar bien, los demás suelen ser unos adornos que les queda bonito.

Miraba desde hace unos días las fotos que rotan por mis redes, porque estoy atosigada de tantas imágenes rodando. Es curioso, porque me encuentro en ese sentir por las mismas personas y páginas que decidí seguir hace años y que me gustan y que me gustarán mañana, pero, las he ido dejando. Pareciera que han perdido algunos de los valores que les daba o lo novedosas que me parecían. En medio de eso, también pude apreciar las fotos de las personas que conozco y los cientos de desconocidos a los que les conozco la vida solo por seguirle los perfiles en las redes, que puede ser chisme, pero también me gusta ver los lugares y las cosas que otros frecuentan. También podría llamarse morbo, pero no estoy muy segura de que sea algo malsano y que si hay otra palabra para ese gusto que no sea malsano eso sería lo que siento, pero no me la sé.

Las fotos se esparcen por todos lados. Las mías, me recuerdan las personas que he querido y con las que seguro pasé bien para tener la foto y verla con nostalgia. Recuerdo algunos hechos que hicieron que se fueran. También pienso que ya no hay manera de retornar y de volver a hablar, porque ya no hay tema ni situaciones que nos unan. Pienso y comparo eso con la gente que toma fotos ¿Cuál sería el constante propósito de mantener un algo en una foto? ¿Sería la belleza, sería la historia, sería el sentimiento, sería cualquier cosa? Qué importa.

Hay un par de fotos que me han aparecido este mes. Los diciembres han sido siempre ese mes de familia y de amigos, que hay que guardar en una foto, o al menos en dos: la del 24 y la del 31. La familia, menos mal, siempre permanece ahí, ninguno ha faltado ni se ha ido al otro mundo. Los amigos, aquellos que adoré, con los que viajé, a los que les conté mis secretos, parece que temprano se han ido, algunos.  

Me parece que el significado que le tengo a esas fotos tiene varias interpretaciones, como esas que les ponían a mis textos. Una vez significaron mucho, las exhibí con cariño y con ganas de que esto pasara: volver a verlas con y sin la intención de recordar. Pero ahora, muchas ni siquiera me inspiran ningún sentimiento, la rabia, la tristeza, el tiempo, la distancia han hecho que olvide su origen. Leí el artículo de Nan Goldin del NYTimes, y me quedó una enorme admiración. Sus amigos eran su trabajo (si es que entendí bien) y quedaron en sus fotos para siempre, no solo como muestra de cariño, sino como toda una exposición artística de su época. Claro, las vi y de nuevo hay muchas formas de verla. ¿Habrá pensado ella que habían varios mundos detrás de las fotos de sus amigos?



domingo, 29 de enero de 2017

Las raíces

Estuve pensando varios días como comenzar a conectar los hechos que me llevan a escribir este post. Sin lugar a duda, he atravesado varios episodios con personas y lugares diferentes que al momento de escribir dificulta el sentido que, tal vez, quiero darle. Haré el mejor intento.

Hace unos meses tuve que ir de viaje con mis estudiantes de grado quinto, celebrando su prom. Fuimos a un finca grande, de clima frío, que tenía mucho espacio, árboles y canchas para jugar. En medio de las actividades que debíamos dirigir, surgió una noche contar cuentos "de terror" para amenizar una fogata. Me causó gracia como las profesoras que estábamos allí, tratamos de asustar a los chicos con cuentos que son trillados ya. Una de ellas comentó una de esas historias que se cuentan en los pueblos, que solo conocen los campesinos, sobre algún demonio que se llevaba las gallinas y a veces, a los niños que se portaban mal. Fue la historia qué más impactó, porque los niños de ahora le temen al campo. Les aterra que la gente pueda andar mal vestida por ahí, que los niños además de estudiar tengan que ayudar en las fincas, que no tengan play station o que no puedan ir al centro comercial el fin de semana para comprar lo del mercado.

**

Cuando era pequeña el viaje al campo era tan frecuente, que poco a poco fue perdiendo la gracia que pudo causar a temprana edad. Mientras mis compañeros del salón iban a mitad y a fin de año a Cali, Medellín, Cartagena, etc., yo iba a Quipile con mis papás. Me hacían empacar la ropa más vieja para no dañar la nueva, a comer lo que preparaba la abuela en leña, a ensuciarme con mierda de vaca y matas que se pegan a las medias o a los pantalones cuando se camina por el monte y que luego toca arrancar con las manos porque la lavadora no las quita. Nunca sentí que mis compañeros se burlaran de mi cuando tenía que contar qué había hecho en mis vacaciones, pero a medida que fui creciendo, aprendí a sentir vergüenza de ir al campo, del nombre del pueblo, de mi familia; además me sentí menos por no tener esos papás que visitaban lugares "mágicos" y cálidos que todos ya conocían.

Mi vergüenza se hizo más evidente en la adolescencia, cuando tenía que reconocer que mis papás habían sido campesinos, que se expresaban mal y que a veces tenían malos modales, pues de alguna manera había aprendido a identificar que estaban mal, que era incorrecto. Me apenaba presentarlos a mis amigos, pero empeoraba cuando tenía que ver a mi abuela, mis tías y primos del campo, que vestían como suelen hacer los campesinos: sin compliques ni modas pendejas. 

Esa "mancha" me ha acompañado durante años. Ya grande, advertía a mis conocidos sobre mis familiares del campo cuando había la posibilidad en que se encontraran. Creo que aun no comprendo el por qué de mi actitud, tal vez lo asimilo a que la gente de la ciudad considera que se es más civilizado y culto cuanto más lejos de la tradición y las costumbres de campo se encuentre. Supongo que no quería que la gente pensara que yo también tengo de sangre de campesinos. 

La segunda película que me vi al comenzar el año fue "Into the wild". Primero pensé que era muy hippie mamerta, que el man era muy huevón. Después me fui identificando con ciertas cosas. Una de ellas, es que si no reconozco mis raíces y quién soy, entonces estoy negando parte de mi, de lo que soy y de mis capacidades y aprendizajes; en la medida en que me acepte también reconozco mis falencias y mis idioteces, como las que he mencionado, por ejemplo. Además, amé de la película "Happiness only real when share", eso dice mucho.

En diciembre y enero viajamos con mi papá y mi hermanastra al pueblo. Allí de nuevo tuve que recorrer viejos caminos de juegos y visitas, en los que me deslicé 3 veces. Los zapatos que había llevado no eran apropiados para andar por el monte como sabía hacerlo, había olvidado lo que debía llevar para disfrutar del monte. Entre los tres plantamos 5 árboles de plátano, unos de naranja y flores decorativas. Quitamos malezas, echamos machete al cafetal muerto y adoptamos un perro. Comimos sancochos y enteros todos los días. Escuchamos rancheras en las mañanas y en las noches vimos el festival del humor. Guardamos la comida en cajones para que no se metieran las hormigas, colgamos la carne, hervimos el agua. 

Son muchas cosas que tendrían que ser tonterías, que tendría que ser irrelevante nombrar, pero que cobraron significado en mi cuando pude compartir con mis amigos lo que había hecho. Pude notar que no me avergonzaba de nada, ni de tomarme fotos con mi tía campesina, bailar en las ferias con campesinos y ni reírme de las anécdotas de su día a día. Reconocer que ese también era mi lugar me llevó a subirme de nuevo en el árbol de naranjas y arrancarle la cáscara con las uñas, sucias, sin esmalte y comérmela y sentir que estaba deliciosa. Me llevó a escuchar a los demás y aprender de ellos. A no subestimar el trabajo y el saber del campo, a no temerle a lo que no podía explicar y a preguntar desde mi ignorancia. 

Creo que no soy muy diferente a hace unos meses.  Lo poco que  he aprendido es a aceptar quien soy, a querer lo que he sido, a no sentir pena por mi vida. Tal vez la diferencia está un poco en cómo veo las personas, en sentir que hacen parte de mi de alguna manera, que de todos tengo mucho que aprender. 

lunes, 11 de julio de 2016

Whatever you do.


Cuando yo no era yo sino otra, podía haber jurado que no estaba en el lugar indicado ni con las personas destinadas para mi en ese momento. Creía, que con el paso de los días alguno de mis personajes iba sobrando en el relato de mi historia, si no era yo misma la que a menudo estaba estorbando en la construcción de lo que en ese entonces quería que fuera mi vida, mis amigos, mi estudio o mi trabajo.

He sido muchas a través de los años, de niña, de adolescente, de adulta. He descubierto que estar en los lugares que creía equivocados y con las personas que no deseaba era lo correcto para mí. Que en ese momento era así como debía compartir lo que era, aquello que iba dejando de ser. Que todo seguía un sentido y que se hiló de la manera en que tuvo que resultar, para aquella, la que había estado construyendo para otro momento soñado, pero que era la indicada para el real.

La impostora y la esencia que he cuidado, mantienen intacto el recuerdo de cada momento que viví, atesoran cada una de las imágenes que cuidé, para nunca borrarlas. Recuerdan con nostalgia las otras impostoras que fueron, las critican y las aman.

Hoy, menos o más impostora, descanso bajo los recuerdos que he formado, pensando en que todo valió la pena. Lo supe con firmeza cuando escuché en el vídeo "The lovers" de la muralla china: In the end you are really alone,whatever you do.

Sin duda, al final, solo seré yo.

sábado, 14 de junio de 2014

Sueños

Cuando empezó a escucharse un bolero de esos viejitos que no sé cómo se llaman, estaba en el baño,  escondiéndome de la pena que tenía al llegar a una casa desconocida. Mientras me armaba de fuerzas para salir, abrí la puerta un poco y noté  que el lugar se había tornado de un ambiente nuevo y nostálgico. La casa parecía haberse puesto más azul, y evocaba una suavidad y calidez que no logré comprender. Cada una de las canciones que sonaban traía consigo la magia de un pasado que no conocería jamás, y al tiempo que calmaban mis nervios me llenaban de nuevas sensaciones que no podía controlar.

Recuerdo que mientras sonaba en toda la casa ese bolero que tanto le gusta a Pedro, la luz amarillenta estaba en toda la sala. El calor de la noche no abrumaba, sino que abrazaba y daba tal confort, que por un instante me imaginé en otra época, viviendo otra vida que no era la mía y sintiendo cosas que tal vez alguien,  cualquier otra persona,  pudo sentir. Cerré los ojos y me vi bailando la canción que sonaba, trastabillaba y mis manos temblaban. Me vi  bailando con él, aunque no supiéramos cómo, y en mis sueños nos quedábamos así, muchas y varias veces, y en ese mismo momento,hice de sus manos un recuerdo que no se iría jamás.

Al abrir los ojos estaba ella ahí, nos miraba sonriente como si evocara a la vez un pensamiento similar al que yo había estado teniendo. La envidié en silencio, porque sabía que eso que estaba imaginando era lo que ella sin duda había vivido una que otra tarde con Pedro; ese amor que se tenían, que se veía en los ojos de cada uno, en la manera en que se trataban y se acompañaban, me contagiaba, me hacía desearlo, me embargaba tanto que casi sentía que era yo la que estaba allí.  Me emocioné hasta lo más profundo al escucharlos y verlos juntos. El cuadro tradicional me tocaba cada fibra de mi alma, mientras miraba a mi alrededor que ahí era donde realmente estaba.


Lo ultimo que pensé mientras todos hablábamos en la mesa  —y la comida había dado el toque final al cuadro de calidez y de boleros, fue que me encontraba por primera vez ‘pérdida entre sueños’. Desde entonces se volvió parte de mis dichos, no porque “te busco” sea una canción que haya sonado aquel día ni porque crea que deba buscar algo en realidad, sino porque ahora tengo y persigo sueños nuevos.  

sábado, 1 de febrero de 2014

Bitácora

Hace un par de días soñé con los nuevos estudiantes que tendré. En el sueño estábamos con los nuevos estudiantes (que aun no conozco) en un bus de camino a una presentación en un teatro. De repente el bus se detuvo y vi subir los chicos del colegio anterior, los míos. Me emocionó mucho verlos, y ellos se emocionaron también. Nos abrazamos con alegría y luego se sentaron en la parte de atrás del bus. 
Cuando llegamos al teatro los chicos del anterior colegio decían groserías porque se sentían incómodos al estar con los de mi nuevo colegio, y por más que trataba de apaciguar las cosas, nada resultaba. Antes de entrar al teatro me apartaron del otro colegio para reclamarme por estar con los "gomelos", el haberlos olvidado, el haber dejado de quererlos. Recuerdo que me puse a llorar y desperté.

El nuevo trabajo que tengo parece irreal, parece sacado de alguna de las ideas que siempre he tenido frente al quehacer y me gusta mucho. Me agrada conocer gente que tiene cosas que aportar, me agrada hablar con "el gringuito lindo" porque me enseña muchas cosas y con su amigo M, que es muy raro, pero me ha ayudado bastante con todo lo que no sé hacer. He conocido muchas personas que me caen bien, que estudiaron lo mismo que yo y que complementan mis dudas, me corrigen y me aportan mucho. También hay otros que me caen mal (porque a mi me cae mal la gente muy fácilmente), pero trato de obviarlo para no complicarme sin necesidad. 

Las experiencias entre el colegio anterior y este son muy diferentes. Hace un tiempo escribí sobre el choque que generó el trabajar en un sector popular  (aquí) y ahora que tengo un lugar muy bonito y agradable que me genera ansiedad y las ganas de hacer lo mejor vuelven,me presiono mucho. Desearía poder tener los dos lugares, porque de verdad extraño mis chicos, me preocupo por ellos porque sé que siguen en ese lugar de mierda, porque es su último año en el colegio y quiero que les vaya bien en su icfes, y espero que sigan soñando y vayan tras esos sueños. Los pienso a menudo, y me gustaría que pudieran tener oportunidades diferentes a las que les tocó, que su educación fuera tan dedicada y buena como la que se ve en este nuevo lugar. Me da tristeza no poder hacer nada ahora.

En mi sueño lloraba porque me hacía daño que ellos no entendieran que debía hacerlo, que estar en otro lugar no indicaba que los hubiese olvidado o los quisiera menos, que yo quiero "romanticonamente y para siempre", que nunca dejo de preocuparme por la gente que me importa, que siempre estoy ahí, aun cuando eso ya no importa más.

jueves, 24 de octubre de 2013

Tesoros

Siempre me ha gustado pensar que las personas se puede conservar, que pase lo que pase van a seguir ahí, como el montoncito de cartas que guardé por años en una caja debajo de la cama; como el primer diente que se le cayó a Dito, como las fotos, como los libros, como todo eso que uno colecciona porque tiene un valor especial o lo tuvo en algún momento.

No me gusta creer que todo se acaba, que la gente pasa por la vida de uno y sigue sin más. Siempre me he imaginado que hay un libro de los recuerdos en la cabeza al que puedo acudir una que otra vez y reabrirlo en esos eventos que fueron lindos, que me emocionaron, que me hicieron temblar, llorar, reír. También esos en los que vi que hacer feliz a alguien más me llenaba, que ver sonreír, agradecer y escuchar cosas lindas del otro era una manera de hacerme sentir bien.

A menudo, cuando conozco personas o lugares nuevos, intento guardar con mis ojos miopes lo que hay a mi alrededor lo más fiel que se pueda. Luego hago una especie de revisión o introspección de lo que voy sintiendo, de lo que estoy escuchando y lo que digo, con el fin de que el recuerdo permanezca ya no como una foto, sino como una especie de vídeo en mi cabeza.

Aunque pocas veces lo hago, me agrada traer de vuelta esas cosas bonitas que han pasado y tratar de reencontrar los sentimientos que entonces me embargaban. Es lindo poder recordar las cosas buenas que han pasado, poder volver atrás sin rencores, sin dolor. Poder encontrar que todos fallamos alguna vez, que nos hicimos daño, que pasamos por la vida de alguien “sin más”, que dejamos cosas tristes pero que junto a estas, las bonitas pueden perdurar hasta donde la memoria deje, hasta donde las sensaciones alcancen.

Juego entonces a eso, a creer que es una clase de tesoro privado que solo me pertenece a mí. Que todas esas emociones que tuve cuando vi a alguien por primera vez, cuando visité un nuevo lugar, cuando agarré la mano de otra persona, cuando escuché y dije cuánto quería; cuando lloré de alegría, cuando abracé y me abrazaron con fuerza; cuando reíamos hasta más no poder, cuando se esperaba y se llenaba de ansiedad porque llegaría pronto el día de volverse a ver. Cuando una y otra vez se dijo que “todo iba a estar mejor” que “todo saldría bien,” aunque se supiera que no siempre pasaba como quería.


Ya no tengo caja de cartas debajo de la cama porque hace meses me deshice de ella, más que por despechada o como un arrebato, lo hice porque sentía que era mucho más privado y preciado guardar  las cosas en mi cabeza. Las que no perduran ahí no han valido la pena, las que no puedo encontrar, tal vez nunca pasaron.