lunes, 11 de julio de 2016

Whatever you do.


Cuando yo no era yo sino otra, podía haber jurado que no estaba en el lugar indicado ni con las personas destinadas para mi en ese momento. Creía, que con el paso de los días alguno de mis personajes iba sobrando en el relato de mi historia, si no era yo misma la que a menudo estaba estorbando en la construcción de lo que en ese entonces quería que fuera mi vida, mis amigos, mi estudio o mi trabajo.

He sido muchas a través de los años, de niña, de adolescente, de adulta. He descubierto que estar en los lugares que creía equivocados y con las personas que no deseaba era lo correcto para mí. Que en ese momento era así como debía compartir lo que era, aquello que iba dejando de ser. Que todo seguía un sentido y que se hiló de la manera en que tuvo que resultar, para aquella, la que había estado construyendo para otro momento soñado, pero que era la indicada para el real.

La impostora y la esencia que he cuidado, mantienen intacto el recuerdo de cada momento que viví, atesoran cada una de las imágenes que cuidé, para nunca borrarlas. Recuerdan con nostalgia las otras impostoras que fueron, las critican y las aman.

Hoy, menos o más impostora, descanso bajo los recuerdos que he formado, pensando en que todo valió la pena. Lo supe con firmeza cuando escuché en el vídeo "The lovers" de la muralla china: In the end you are really alone,whatever you do.

Sin duda, al final, solo seré yo.

jueves, 24 de marzo de 2016

Muelas del juicio

Me siento bajo la influencia de la pereza que da en semana santa, de tal forma que hasta me animé a tocar este blog que hace años no toco, solo para divertirme sobre lo que fueron las cordales, las dos que me saqué ayer.

Todo comenzó unos meses atrás cuando me dio por empezar un tratamiento de ortodoncia. Lo hice porque llevaba años postergándolo y sentí que ya se me estaba haciendo demasiado tarde para empezarlo. Cuando me tomaron las radiografías lo primero que notaron es que las cordales nunca me iban a salir. Sin embargo, tenía dos, las de abajo, en forma horizontal, que perjudicaban la ortodoncia y un poco de cosas más que solo significaron dolor.

Por supuesto, la ortodoncista, de la cuál no recuerdo el nombre, pero que la distingo por su voz chillona de la misma manera en que ella me distingue como "la de la muela loca" (endemoniada, diría yo), me presionó bastante durante dos meses para que me extrajera la cordal que no dejaba trabajar. Accedí a hacerme valorar por la otra señora. El caso es que acordamos la cirugía por las dos cordales inferiores.

Pasaron los días, unos hermosos días llenos de toda la comida que me gusta, hasta que por fin llegó el 23 de marzo a las 8 am. Estaba lloviendo. Es de mencionar eso, porque todas las cosas tristes y nostálgicas empiezan bajo la lluvia. Llegué temprano y me mojé esperando afuera del consultorio. Abrieron a eso de las 8:10 y luego llegó mi mamá. La doctora se tardó 45 minutos, tiempo en el que le mostré a mi mamá todas las fotos del celular y hablamos de tontadas para no sentir el sonido de Día a día en televisor de la sala de espera.

La doctora llegó y de nuevo no la reconocí, como a la ortodoncista, como a ninguna otra doctora. Espero gratamente tener un filtro en la cabeza que no me permita recordar caras de gente que me tortura por mi bien. La doctora tenía una asistente bastante entrada en edad, morena, arrugada y con gafas redondas. Me asustaba un poco lo esquelética que se veía, pero igual me tenía peor el miedo de la anestesia. Vagamente recuerdo cuantos tubos de anestesia me puso en la muela izquierda, solo recuerdo el primer pinchazo y de ahí ya no sentí más. La doctora nos regañaba, a la asistente y a mi, porque según ella no colaborábamos lo suficiente. Era verdad, la asistente era despistada y se le olvidaba que me atragantaba con las babas y la sangre, mientras que por mi parte, me escurría por toda la silla para evadir la mano de los implementos raros con los que le sacan a uno esas muelas.

Mientras ella con la fresa intentaba separar la muela de la otra muela, de repente pensé en "la muela del juicio". Pensé que tal vez le habían puesto ese nombre porque eran tan dolorosas, que le cobraban a uno el desjuicio de su adolescencia o juventud. El caso es que como medio sentía dolor, pensé  que si era cierto eso a lo mejor no me había portado tan mal como creía. Unos minutos más tarde, la doc del gorro de Pucca empezó a extraer pedazos de la muela, y estuvo lista.

La quise ver, sobre la mesa plateada que tienen todos los consultorios. La vi y sentí temor de que eso estuviera en mi boca, tenía 3 patas gordas y gigantes, así como una corona inmensa, blanca marfil. La había destrozado para poder sacarla, porque según ella estaba muy cerca del hueso. La imagen mental que tengo de esas palabras aún me asusta mucho, creo que sobredimensiono lo que significa eso, pero igual nunca voy a saber cómo era eso realmente.

Cuando llegó el momento de la segunda, la doctora me advirtió que iba a ser dolorosa. Que estaba medio asomada y que venía horizontal, pero difícil porque estaba muy cerca del molar. Bueh, pensé yo, otra que destrozan y me voy a mi casa. Tan pronto puso la anestesia sentí dolor, cada uno de los chuzones me dolieron. Fueron 8. Los conté bien, porque ahí pensé que iba a escribir de esto, solo para leerlo después y acordarme, o reírme, o martirizar niños que no se lavan los dientes ni hacen caso. Los sentí cada uno, me asustaba que apenas me tocara la anestesia no me hubiera hecho nada. Y así fue, tan pronto me cortó con el bisturí lo sentí todo, grité. A ella obvio no le importaron esos gritos porque está acostumbrada, pero la asistente si estaba temblando. Me asusté de pensar que mi mamá pudiera subir a ver qué me había pasado, entonces me hice la que me calmaba, para evitar el bochorno.

La fresa entraba y rozaba todo. La sentía aunque no dolía. Sentía el sabor de la sangre que caía en la lengua y varias veces me atraganté con el deseo de escupir. De un momento a otro, el dolor se hizo demasiado fuerte en la muela, toda la mandíbula empezó a destemplarse y mis lágrimas salían del dolor. Aguanté hasta donde pude, pero le dije a la doctora Pucca que me dolía demasiado. Ella paró, se limpió la sangre del visor que había salpicado y me dijo que debía hacer un esfuerzo, porque tenía que perforar la muela para ponerme anestesia en el nervio. Asentí, lo hizo, grité, lloré, lloré desconsolada cuando puso las dos agujas de anestesia. Lloré, como si tuviera 5 años. Lloré sin secarme las lágrimas y volví a abrir la boca para que por fin termináramos.

Debieron pasar unos 15 minutos después de eso. Arrancó la muela que me cobró cada desjuicio de mi vida. Además de que era enorme, se había pegado tanto al molar que estaba tanto por debajo como por encima de él. Daba miedo cuando la doctora Pucca contaba eso. Me limpió, me cosió. Nos vimos a los ojos, ella con un poco de fastidio, yo con una tristeza de agradecimiento y dolor. Mandé llamar a mi mamá, la asistente seguía mirándome, sin saber qué hacer. Era bastante lenta, a mi parecer. Mi mamá llegó con paletas de agua que odio, me la devoré bajo la sensación de no sentir nada, de sentir dormida la cara.

Lo que ha pasado desde entonces es puro cuidado de mamá, que menos mal que están listas para cualquier cosa que le pase a uno. Menos mal, porque a mi sí me habría dado asco verle a una pelada escupir coágulos de sangre, o babear porque no se le da la gana de cerrar la boca.

En fin, gracias por leer. Fue un lindo ejercicio para mí, me divertí imaginando que alguien leía. Seguiré pensando cosas acerca de las muelas del juicio. Ya leí por ejemplo, que antes se creía que salían a la edad en que uno tiene juicio, o madurez. Con razón, digo, jamás me iban a salir por las buenas.

jueves, 12 de febrero de 2015

Problemas sociales

Paula es una niña muy aplicada, calmadita, de buenos modales, agradable podría decirse. Me gusta porque es alta y gordita, muy linda; además hace aportes chéveres cuando participa y es una niña inteligente y madurita. Una de las tantas a las que le doy una clase. Me parece curioso que Paula tenga 4 mejores amigas, porque generalmente las niñas a esa edad suelen tener solo una. Sin embargo, eso es lo que dice ella y eso es lo que dicen las amiguitas también. 

Hoy estuvimos trabajando en grupo, y pedí que se hicieran de a 4. Por supuesto, Paula me pidió que dejara su grupo de 5 para que ella no quedara con alguien diferente, a lo que por supuesto dije que sí. Lo curioso del asunto es que cuando ella fue entusiasmada a contarle a sus amigas, ellas, por su parte, le dijeron que inicialmente yo había dicho 4 y que 5 eran muchas para el trabajo, que se buscara otro grupo. Paula, les explicó que yo le había dado permiso, pero ellas no cedieron y Paula finalmente se hizo en un grupo de niños, mientras se le caían las lágrimas y miraba de reojo el grupo de donde la habían sacado.

Paula me hizo pensar en lo difícil que es tener un grupo, un lugar donde encajar. Por más que he pasado por diferentes grupos, por diferente tipo de gente, nunca he logrado sentir que por fin tengo un grupo con el cual me identifico y puedo ser parte, sintiendo esa amistad incondicional, que si he visto ocurrirle a muchas personas. He tenido amigos, tengo aun unos pocos, porque la mayoría los he ido alejando al ver que con el paso del tiempo se vuelve poco lo que podríamos compartir y tener en común. 

No creo que sea una persona rara ni nada así, ni creo que sea mala gente; siento más bien que no puedo compartir con muchas personas, que me cuesta abrirme y crear lazos con las personas. A veces, siento que lo mío es quedarme sola, que mis relaciones fracasan porque no entro en las personas especiales, ni en las amigas que todos quisieran tener en sus grupos. Seguramente, tampoco soy el tipo de novia que mis novios han querido tener, y quizá ha sido un golpe de suerte que tenga aún los amigos que tengo.

Llevo días compartiendo eso que sintió Paula. Afortunadamente para ella aún queda mucho tiempo y gente por conocer. Para mi, cada vez siento que lo mejor sería quedarme sola. 

jueves, 8 de enero de 2015

Volver

Cuando era pequeña, tenía la costumbre de hacerle cartas en las últimas hojas de los cuadernos a todos los niños que me gustaban. También hacía el TAPINO y otros juegos y así sabía cuál de ellos se iba a fijar en mi y cuál no. Al final, por supuesto, nunca salía como lo había previsto pero me había entretenido lo suficiente para que no me importara si era Andrés o era Germán con el que me iba a casar a los 23, o si era Cristian o David él que sería padre de mis dos hijos a los 28. Por su parte, las cartas quedaban ahí, hasta que llegaba la quema de cuadernos a final del año donde el fuego consumía las cursilerías a esos amores que nunca fueron, y me permitían seguir otro año sin la juetera que podría darme mi papá si descubría que acosaba niños en mis fantasías de colegio.

Hace muchos años no me hago propósitos para empezar un año, porque siento que no tengo el control de nada y que el azar a veces me ha dado cosas mejores de las que pensé tener, y también dolores grandes de los que creí nunca poder salir. Me gusta pensar que mi vida se relaciona con lo que escribo detrás de los cuadernos o en hojas que olvido, porque finalmente todo se pierde o se consume en un instante, en un día. Mucho de lo que alguna vez esperé tener, ahora se ha ido; y lo que me queda, no sé cuánto dure y no sé si pueda estar segura de que es mío.

Me gustaría que pudiera quemar y botar todo, no sólo cuadernos y cosas viejas, sino poder deshacerme de la que he sido y ser una nueva y mejor cada año. Quisiera no envejecer  y ver todo lo que pasa por mi y se va, o por lo menos olvidar más fácilmente y no sentir que algo me haya pertenecido nunca. 

Este año solo quisiera quemar algunas hojas de lo que ha pasado en mi vida y volver a encontrar lo que he perdido de mi. 

sábado, 14 de junio de 2014

Sueños

Cuando empezó a escucharse un bolero de esos viejitos que no sé cómo se llaman, estaba en el baño,  escondiéndome de la pena que tenía al llegar a una casa desconocida. Mientras me armaba de fuerzas para salir, abrí la puerta un poco y noté  que el lugar se había tornado de un ambiente nuevo y nostálgico. La casa parecía haberse puesto más azul, y evocaba una suavidad y calidez que no logré comprender. Cada una de las canciones que sonaban traía consigo la magia de un pasado que no conocería jamás, y al tiempo que calmaban mis nervios me llenaban de nuevas sensaciones que no podía controlar.

Recuerdo que mientras sonaba en toda la casa ese bolero que tanto le gusta a Pedro, la luz amarillenta estaba en toda la sala. El calor de la noche no abrumaba, sino que abrazaba y daba tal confort, que por un instante me imaginé en otra época, viviendo otra vida que no era la mía y sintiendo cosas que tal vez alguien,  cualquier otra persona,  pudo sentir. Cerré los ojos y me vi bailando la canción que sonaba, trastabillaba y mis manos temblaban. Me vi  bailando con él, aunque no supiéramos cómo, y en mis sueños nos quedábamos así, muchas y varias veces, y en ese mismo momento,hice de sus manos un recuerdo que no se iría jamás.

Al abrir los ojos estaba ella ahí, nos miraba sonriente como si evocara a la vez un pensamiento similar al que yo había estado teniendo. La envidié en silencio, porque sabía que eso que estaba imaginando era lo que ella sin duda había vivido una que otra tarde con Pedro; ese amor que se tenían, que se veía en los ojos de cada uno, en la manera en que se trataban y se acompañaban, me contagiaba, me hacía desearlo, me embargaba tanto que casi sentía que era yo la que estaba allí.  Me emocioné hasta lo más profundo al escucharlos y verlos juntos. El cuadro tradicional me tocaba cada fibra de mi alma, mientras miraba a mi alrededor que ahí era donde realmente estaba.


Lo ultimo que pensé mientras todos hablábamos en la mesa  y la comida había dado el toque final al cuadro de calidez y de boleros, fue que me encontraba por primera vez ‘pérdida entre sueños’. Desde entonces se volvió parte de mis dichos, no porque “te busco” sea una canción que haya sonado aquel día ni porque crea que deba buscar algo en realidad, sino porque ahora tengo y persigo sueños nuevos.  

jueves, 6 de febrero de 2014

First day and the dragonfly

Una vez alguien me dijo que las libélulas eran de buena suerte, que cuando una aparecía frente a la puerta de la casa significaba "que venían buenas noticias"; que cuando pasaban cerca de uno era "que pasaría algo bueno". Yo nunca vi que algo especial sucediera cada vez que veía un bicho de esos feos en el campo o en la calle, así que durante años las libélulas fueron otro insecto más de esos que no me gustan porque además de volar, son grandotes y pasan cerca de uno como desafiantes, como si no les asustara la presencia del humano.

Todo comienza el día que mi hermano sufrió el paro respiratorio. Estuvimos con mi mamá desde la media noche hasta la madrugada esperando noticias, y a eso de las 5 mi mamá quiso salir al parqueadero a tomar aire y a orarle a Dios para que los médicos dijeran que se podía poner mejor y que las cosas iban a salir bien. Ella estaba mal, y yo trataba de ser el hombre de la casa que mantenía todo en orden con la mayor calma posible y tratando de ser "razonable" por sobre todas las cosas, y aunque la oración me parecía una pendejada que solo le daba paz a ella, la acompañé porque en medio de todo me sentía vulnerable y sin esperanza. 
Recuerdo que el sol salió y lo primero que vimos fue algo brillante que se movía como dando círculos, como vacilante. Un bicho raro en forma de anillo que se golpeaba contra las llantas de los carros y el piso y que hacía un sonido "como de motor pequeño". De repente se abrió lo brillante que lo envolvía y nació una libélula. Mi mamá y yo recordamos el agüero y nos animamos porque podía ser una "señal divina"sobre la salud de mi hermano, y volvimos a la UCI por noticias. Eran buenas.

Hace dos o tres semanas estaba realmente deprimida, cansada de ver cómo año tras año resultaba fracasando en diferentes cosas, cómo no lograba conseguir un trabajo porque siempre encontraban peros, cómo las deudas iban incrementándose, etc. Estaba triste y ya molesta porque por razones chistosas y por error, me había negado a aceptar dos trabajos donde no me pagaban muy bien, pero lucían mucho mejor que el lugar donde trabajaba antes. Por otro lado, estaba por terminarse enero y eso significaba que el tiempo para conseguir empleo estaba agotándose y ya no creía posible encontrar un buen lugar donde me contrataran, donde no importara lo no graduada, donde me quedara cerca, donde me pagaran bien. Estaba arruinada.

Una mañana me levanté igual de desahuciada, muy llevada del putas, con una entrevista más a la que tenía que ir, una a la que ni le tenía buena espina ( porque había entendido mal el nombre del colegio durante la llamada). Al llegar a la puerta de ese lugar había una libélula verde que venía desde adentro y que pasó por en medio de la reja cerca de mi cabeza. Apenas la vi recordé el significado que le había dado a eso y  me emocioné. Ese es el trabajo que ahora tengo.


No le tengo miedo a pasar por debajo de escaleras, ni a los gatos negros, ni a dejar el bolso en el piso, ni a los calzones amarillos, ni nada por el estilo. Siempre me he considerado alguien sin agüeros, por lo menos  hasta aquel evento de mi hermano. No sé que tan efectivo sea, o si es algo psicológico, o si existe Dios y es una libélula gigante, no lo sé. Solo sé que hoy fue mi primer día con los niños, que me lo gocé mucho, que trabajé como burro y estuve a punto de enloquecer de estrés; pero que hoy retomé eso que me hace tan feliz, eso que me llena tanto hacer. Hoy no vi libélulas, pero no hizo falta, porque de verdad fui muy feliz de estar allí.


Pdta: Nos tocó hacer presentación de bienvenida. Los que me conocen sabrán por qué escogí esta canción ( y que soy un desastre bailando y hago el oso siempre).[El sonido es lo peor del mundo, mucho peor que yo bailando].


sábado, 1 de febrero de 2014

Bitácora

Hace un par de días soñé con los nuevos estudiantes que tendré. En el sueño estábamos con los nuevos estudiantes (que aun no conozco) en un bus de camino a una presentación en un teatro. De repente el bus se detuvo y vi subir los chicos del colegio anterior, los míos. Me emocionó mucho verlos, y ellos se emocionaron también. Nos abrazamos con alegría y luego se sentaron en la parte de atrás del bus. 
Cuando llegamos al teatro los chicos del anterior colegio decían groserías porque se sentían incómodos al estar con los de mi nuevo colegio, y por más que trataba de apaciguar las cosas, nada resultaba. Antes de entrar al teatro me apartaron del otro colegio para reclamarme por estar con los "gomelos", el haberlos olvidado, el haber dejado de quererlos. Recuerdo que me puse a llorar y desperté.

El nuevo trabajo que tengo parece irreal, parece sacado de alguna de las ideas que siempre he tenido frente al quehacer y me gusta mucho. Me agrada conocer gente que tiene cosas que aportar, me agrada hablar con "el gringuito lindo" porque me enseña muchas cosas y con su amigo M, que es muy raro, pero me ha ayudado bastante con todo lo que no sé hacer. He conocido muchas personas que me caen bien, que estudiaron lo mismo que yo y que complementan mis dudas, me corrigen y me aportan mucho. También hay otros que me caen mal (porque a mi me cae mal la gente muy fácilmente), pero trato de obviarlo para no complicarme sin necesidad. 

Las experiencias entre el colegio anterior y este son muy diferentes. Hace un tiempo escribí sobre el choque que generó el trabajar en un sector popular  (aquí) y ahora que tengo un lugar muy bonito y agradable que me genera ansiedad y las ganas de hacer lo mejor vuelven,me presiono mucho. Desearía poder tener los dos lugares, porque de verdad extraño mis chicos, me preocupo por ellos porque sé que siguen en ese lugar de mierda, porque es su último año en el colegio y quiero que les vaya bien en su icfes, y espero que sigan soñando y vayan tras esos sueños. Los pienso a menudo, y me gustaría que pudieran tener oportunidades diferentes a las que les tocó, que su educación fuera tan dedicada y buena como la que se ve en este nuevo lugar. Me da tristeza no poder hacer nada ahora.

En mi sueño lloraba porque me hacía daño que ellos no entendieran que debía hacerlo, que estar en otro lugar no indicaba que los hubiese olvidado o los quisiera menos, que yo quiero "romanticonamente y para siempre", que nunca dejo de preocuparme por la gente que me importa, que siempre estoy ahí, aun cuando eso ya no importa más.