jueves, 24 de octubre de 2013

Tesoros

Siempre me ha gustado pensar que las personas se puede conservar, que pase lo que pase van a seguir ahí, como el montoncito de cartas que guardé por años en una caja debajo de la cama; como el primer diente que se le cayó a Dito, como las fotos, como los libros, como todo eso que uno colecciona porque tiene un valor especial o lo tuvo en algún momento.

No me gusta creer que todo se acaba, que la gente pasa por la vida de uno y sigue sin más. Siempre me he imaginado que hay un libro de los recuerdos en la cabeza al que puedo acudir una que otra vez y reabrirlo en esos eventos que fueron lindos, que me emocionaron, que me hicieron temblar, llorar, reír. También esos en los que vi que hacer feliz a alguien más me llenaba, que ver sonreír, agradecer y escuchar cosas lindas del otro era una manera de hacerme sentir bien.

A menudo, cuando conozco personas o lugares nuevos, intento guardar con mis ojos miopes lo que hay a mi alrededor lo más fiel que se pueda. Luego hago una especie de revisión o introspección de lo que voy sintiendo, de lo que estoy escuchando y lo que digo, con el fin de que el recuerdo permanezca ya no como una foto, sino como una especie de vídeo en mi cabeza.

Aunque pocas veces lo hago, me agrada traer de vuelta esas cosas bonitas que han pasado y tratar de reencontrar los sentimientos que entonces me embargaban. Es lindo poder recordar las cosas buenas que han pasado, poder volver atrás sin rencores, sin dolor. Poder encontrar que todos fallamos alguna vez, que nos hicimos daño, que pasamos por la vida de alguien “sin más”, que dejamos cosas tristes pero que junto a estas, las bonitas pueden perdurar hasta donde la memoria deje, hasta donde las sensaciones alcancen.

Juego entonces a eso, a creer que es una clase de tesoro privado que solo me pertenece a mí. Que todas esas emociones que tuve cuando vi a alguien por primera vez, cuando visité un nuevo lugar, cuando agarré la mano de otra persona, cuando escuché y dije cuánto quería; cuando lloré de alegría, cuando abracé y me abrazaron con fuerza; cuando reíamos hasta más no poder, cuando se esperaba y se llenaba de ansiedad porque llegaría pronto el día de volverse a ver. Cuando una y otra vez se dijo que “todo iba a estar mejor” que “todo saldría bien,” aunque se supiera que no siempre pasaba como quería.


Ya no tengo caja de cartas debajo de la cama porque hace meses me deshice de ella, más que por despechada o como un arrebato, lo hice porque sentía que era mucho más privado y preciado guardar  las cosas en mi cabeza. Las que no perduran ahí no han valido la pena, las que no puedo encontrar, tal vez nunca pasaron.

sábado, 12 de octubre de 2013

Comedias

Hoy leía  la historia de los hijos de Martina y Benjamín. Sin lugar a duda la historia de amor de los dos personajes está llena de clichés con los que seguramente cualquier pareja se puede identificar. A veces me creo Martina, a veces Benjamín, y me desespera. Siento que la historia me hace encontrarme, perderme, encontrar a otros, perderlos. Una mamera.

Sin embargo, me causó mucha curiosidad la historia de la hija. Describen por encima lo que pasó por la cabeza de Martina al darse cuenta que sería la mamá que nunca quiso ser, y peor aun, que intentaría huir de ello. Seguramente me vi reflejada porque siempre quiero huir de todo, y sin lugar a duda ser mamá sería una de las cosas que me haría salir corriendo.

Durante 23 años pensé que tener hijos sería una carga imposible de llevar para mi egoísmo y desorden. Renegaba y me burlaba del sueño de ser madre y todas esas cosas que hace uno cuando es joven. Así fue hasta enero de este año, cuando de la nada enfermé del útero y tuve que ir al hospital. Pasé horas enteras esperando en una sala a que me atendieran, viendo salir y llegar a muchas mujeres de mi edad, mayores y menores que cargaban con sus bebés que iban a parir pronto o que sencillamente tenían los mismos síntomas que yo y resultaban embarazadas.

Ese día no me podía poner de pie. Caminaba agachada y me dolía el vientre profundamente. Las mujeres que se sentaban a mi lado me decían que estaba embarazada y que eso siempre es una bendición. Que nada es más lindo que tener hijos, que la familia se asusta pero que luego todo está bien. En ese momento estaba sola porque no dejaban entrar a mi mamá que me acompañaba. Veía la imagen de ella y de mi papá junto con la cara del ex novio -que por esos días habíamos discutido- y me puse a llorar. Lo veía a él y a Doña Teresa recibiendo la noticia, sabiendo que en medio de todo esa sería una tranquilidad, que ella me cuidaría y que de cierta manera le daría una motivación para vivir y para intentar arreglar lo que nunca se pudo. Pero, cuando eso venía a mi cabeza lo veía de nuevo y sabía que eso no era lo que yo quería, así que lo llamé y le conté entre lágrimas lo que me pasaba,  mientras esperaba los resultados de las pruebas hechas horas antes.

Un rato después de llamar al ex y a mi mamá a decirles que podía ser un embarazo, el doctor me entrego los resultados: que no era un embarazo, que el útero se había inflamado porque estaba llena de quistes y que eso podría ocurrirme una y otra vez sin razón alguna. Que debía ir al especialista a que me los trataran y a que me hicieran pruebas de fertilidad porque tal vez nunca podría tener hijos. Apenas supe eso lo volví a llamar y le dije que estaba enferma, que ahora el lío no era estar embarazada si no nunca llegar a estarlo, y que tal vez un día si iba a querer, y que no había nada peor que decirme que "no podía hacer" algo, que ese tipo de cosas deberían ser mi decisión. El ex se río y dijo que todo iba a salir bien, que no llorara, pero también lloró.

Hace poco me enteré que me curé de los quistes, que ya no tengo nada. La prueba de fertilidad nunca me la quise hacer, me dio pereza saber si sí o si no. ¿Para qué? De cualquier forma sigo pensando que estoy mejor creyendo que tengo el poder de decidir, que sé que no quiero ahora y que así están las cosas en orden. Que al igual que Martina yo no podría dedicarme a cuidar de alguien más haciendo lo que me gusta, que le tengo miedo a todo, pero a lo que más le temo es no lograr lo que me he propuesto. 

Me da pesar al leer a Martina, creo que en medio de la rabia que me da leerla está bien escrito el papel de niña consentida que no puede con las cosas, que no sabe librarlas, que parece fuerte, pero que al final resulta desfigurada al darse cuenta que nunca logró cumplir sus sueños. 

En fin. Ojalá logre acabar pronto el libro. 




jueves, 19 de septiembre de 2013

El futuro que no brilla

Hace un tiempo escribí esto para Hoja Blanca http://www.hojablanca.net/nombresdepila/2013/03/20/sofia/ . Obviamente no se llama Sofía. Cambié el nombre porque me asusta que algún día mis compañeros descubran que escribo y esas cosas. El caso es que después de ese “relato” que bien decía la verdad, no han dejado de sucederle cosas a Sofía que me parten el alma.

Ayer teníamos clase, y mientras calificaba su actividad, noté que debajo de su sudadera no llevaba medias puestas. Le pregunté por qué no tenía y empezó a darme rodeos, a decirme que no le gustaban, que se sentía más fresca así, que “noo, que no le olían los pies a pecueca” como yo le había dicho en forma de chiste. Al final me contó que esa mañana salió a comprar el desayuno, y que cuando llegó se sirvió la leche y mientras la hermana la apresuraba, se puso los zapatos así, sin las medias. Apenas terminó de contarme eso la niña se agachó, y mientras intentaba recoger sus lápices, el pantalón dejaba ver unos granitos en la cola como si fuera pañalitis.

No sería nada raro, si los hechos anteriores no se mezclaran. Hace unos meses la profesora de su curso le encontró piojos, envió nota a los papás y desde entonces pareciera que la hubiesen dejado de bañar a propósito. Sus dientes están de muy mal aspecto y su olor es penetrante, sus ropas siempre están en mal estado, y sus onces son en gran manera mediocres para una niña de su edad. Sus cuadernos no son revisados nunca, y los papás llevan más de 4 meses sin aparecerse por el colegio.

Aun lleva en su brazo derecho la quemadura que finge haberse hecho con una plancha, que más parece un quemón provocado por un cuchillo caliente. Al preguntarle a la hermana que está en sexto, no da razón de qué pueda estar pasando en la casa, y al parecer es la que está al cuidado de la niña en las tardes. Los compañeros del curso la han aislado luego de presenciar  que ha agarrado a Sofía del pelo para entrarla a la casa o que le grita tratándola de perra, de puta, de estúpida en la calle.

El caso está en comisaría. Quién sabe qué habrán hecho, o si acaso hay alguien que esté preocupado por la situación de las dos niñas. Nosotros comentamos lo que pasa, descubrimos día tras día que hay maltrato, que viven una vida miserable, que Sofía no tiene papás, que Alejandra, la hermana de 12 años, parece haber vivido más que cualquier mujer de 30.

Es difícil sobrellevar la impotencia, pero sobre todo, es duro tener la certeza de que el futuro no les brilla.


viernes, 6 de septiembre de 2013

Derrumbes

Desde que el ex cayente y yo decidimos acabar con nuestra falsa amistad todo empeoró en el trabajo. La decisión fue tomada debido a los múltiples videos que él se armaba de la nada y curiosamente, sin shows y sin mayor problema, estuvo de acuerdo.  

El ex cayente también había tomado la decisión (con la que yo no contaba) de hacerse el “mejor amigo” de mi jefe coordinador, mi antagonista, el diablo; el mismo que ha causado toda esta desidia y depresión.  Ahora el jefe coordinador conoce de sobra cuantas veces lo putié, cuanto lloré cuando traicionó la confianza y todo ese despelote que unos meses atrás había escuchado el ex cayente de mi boca mientras lloraba y moría de tristeza. 

El jefe coordinador ha intensificado sus comentarios en mi contra cuando no estoy presente, y está más que enterado de cuáles son mis debilidades, y de todo comentario que puedo hacer dentro del colegio. Seguramente a estas alturas sabe más de mí que cualquiera.

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El salón donde nos encontramos el grado décimo está en último piso del edificio. Al lado queda un baño, y los laboratorios de física, de electricidad y la sala de sistemas. No hay otro curso que nos quede cerca, así que ocasionalmente las visitas de salón se hacen en las escaleras que comunican el tercer con el cuarto piso.

Es el salón más grande. El único que tiene 2 piezas grandes de tablero, ventanales grandes y espacio de sobra para pasearse libremente en él. Somos alrededor de 22 personas dentro; 11 niñas y niños.  Los chicos viven en un matriarcado donde las niñas dirigen las actividades, el orden y el estado del salón. Cuadran autónomamente el aseo de todos los días, el manejo de reciclaje del colegio, y el uso  y disposición de los pupitres, manejo de llaves, etc.

Se ha escuchado en los pasillos decir que somos el undécimo del colegio. Que entre todos nos queremos y ayudamos; que el salón puede manejarse sin la necesidad de que la profesora esté pendiente de que cada cosa se esté cumpliendo y sin la necesidad de regañarlos, pues son ellos quienes proponen actividades que involucran a los demás cursos y se autorregulan cuando consideran que el comportamiento no es el adecuado. Nos queremos, nos tratamos con cariño, evitamos los problemas y procuramos ayudarnos unos a otros cuando lo necesitamos.

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Desde hace un tiempo se dañó la puerta del salón porque al parecer algún chico imprudente la pateó y entonces tiene un hueco en la parte de abajo y no se puede cerrar bien, toca forzarla. El escritorio del profesor tiene un soporte dañado, entonces tambalea un poco al poner cosas encima, y la silla tiene un pedazo de madera descascarándose en el espaldar.

Esta semana el techo empezó a caerse. Al parecer las batallas que libramos espiritualmente trascienden al plano físico. Entonces, de la nada el techo se desmoronó en una clase, casi pegándole a los pelaos, pero sin ningún accidente trascendental. Todo pasó justo cuando yo estaba en exámenes médicos.



Otros, por su parte creen que en el 5 piso hay una especie de charco que ha permeado la plancha del techo y que ha sido construido mal. Ni siquiera el obrero ha logrado establecer el porqué del daño, y mientras esperamos que cumplan la promesa de evacuarnos a otro lugar  ­así como esperé que el jefe coordinador se retractara unos meses atrás de las mentiras que había dichohan pasado los días y seguimos en él, cuando empieza a caerse de a pedazos otra parte del techo del lado de las ventanas.

Tenemos unas líneas imaginarias que tracé con ellos para evitar que el techo nos caiga encima. Así, que el amplio salón se está reduciendo casi a la mitad en tanto todos nos acomodamos a diario y esperamos que nada malo nos pase, que no resultemos descalabrados, o que alguien venga  y nos arregle eso o nos cambie de lugar. Lo mismo que  he esperado por meses.

Se escucha por los pasillos que los profesores me han aburrido y que me quiero ir. Que los chicos de mi curso están buscando otro colegio para estudiar el próximo año. Que aun sin contarles lo que pasa entre mis compañeros y yo, ellos asumen que algo ha estado pasando conmigo.

Entonces día tras día nos juntamos más en la mitad del salón que queda, esperando que no nos ocurra un accidente, y comemos dulces y hacemos chistes para mitigar. 

jueves, 22 de agosto de 2013

Frustraciones

Ponerme a buscar trabajo esta vez me ha dado duro. Veo con otros ojos las personas que me han acompañado un poco más de un año y me siento en medio de un montón de sentimientos que no termino de asimilar.

Por un lado están los niños del curso que tengo  a cargo. Cada que se acercan a mi siento que puede acabarse pronto para todos la relación que hemos construido. A veces me siento a observarlos y veo el cambio que han tenido desde el año pasado, cuando eran “noveno”, el curso de las niñas insoportables que amargaron mis primeros días en el colegio. No sé bien cuando gané su respeto y cuando me vieron como líder, cuando llegamos a ese punto en que los regaños que como docente debía dar desaparecieron, basta con una mirada o una palabra que sugiera que se ha obrado mal, para que de inmediato se vea el cambio y la preocupación de su parte.

Algunos de ellos me dicen “mamá profesora”, y por supuesto que he llegado a verlos como hijos. Podría enumerar las cosas bellas que me han enseñado y que he visto en ellos, y quizá lloraría si describiera las situaciones que viven. Ahora mismo solo pienso en los hermanos Retavisca. Son dos chicos de 14 y 15 años que viven lejos del colegio y deben tomar un transporte para llegar cada día. De cariño me refiero a los dos como “príncipes”, porque son educados y caballeros con las niñas, nobles y juciosos (y porque soy ridícula). En la entrega de boletines del primer periodo la mamá y yo lloramos al hablar de ellos, porque ambas vemos el esfuerzo que hacen a diario para sacar las mejores notas, para cumplir con las actividades extra que se les ponen y para siempre estar mostrando una cara alegre. La mamá entonces me contaba que el esposo es borracho y trabaja ocasionalmente en construcciones o en ferreterías, y que ella como empleada del servicio apenas gana el mínimo y con eso paga servicios y el colegio de los niños. Bueno, casi, porque deben la pensión de todo el año. Me contaba que varias veces les había propuesto a los niños inscribirse en un colegio distrital para ahorrar dinero, pero al ver las notas y la media beca que sacaron el año pasado ella prometió hacer el esfuerzo para enviarlos a estudiar. Para cumplirlo acordaron que no tomarían onces y solo irían a estudiar con la plata de los buses.

Cuando ella me contó yo solté las lágrimas. Supongo que no es el único caso, pero me dolía en el alma saber que no comen nada en el descanso y tampoco se les ve pidiéndole ni siquiera a sus compañeros. Que en las fechas especiales en las que hay que aportar dinero son los primeros que dan aunque en la casa pasen necesidades. Por ejemplo, mañana hay una salida a Bojacá y la mamá pagó la salida porque dice que se lo merecen de sobra.

Ellos son un caso que admiro y que quiero muchísimo. Son unos niños ejemplares, que quiero y me gustaría ayudar más. Y así como ellos hay otros 20 más que me enternecen y me hacen desear tener todo para ayudarlos, más que por suplir una necesidad, porque sé que podrían hacer mejores cosas si tuvieran otras oportunidades diferentes a las que con esfuerzo logran tener acceso ahora.


Si fuera solo por ellos todo sería sencillo, porque el salario mediocre que me pagan por las muchas horas que trabajo al final no son tan importantes. Así como los quiero a ellos me siento igualmente frustrada con las injusticias que han propiciado mis compañeros de trabajo, sobre todo los que están “al mando”. Mis compañeros dejan de dar una clase por estar viendo un partido de fútbol, hacen comentarios morbosos de las niñas, mienten y ocultan cosas, entre otras que ni vale la pena nombrar.

Me parece chistoso que siempre resulte encontrándome como una víctima en mis trabajos. A lo mejor tengo mala suerte, o tal vez soy demasiado terca para aceptar las cosas venir como si nada. Entonces paso a ser una persona “difícil” de llevar, un bicho raro que pelea sola, porque por más que me queje con las autoridades más altas del colegio, siempre la mayoría son los que se llevan la palabra. Es casi como estar  en una mala película, donde la marginada es buena, un grupo la jode, a ellos todo les sale bien, a la marginada solo le quedan lágrimas y una esperanza de la venganza de un Dios o un héroe supremo que haga justicia. Bueno, ya no lloro, solo aprieto los dientes de la piedra y sigo haciendo todo como si nada.

Han sido unos meses difíciles, llenos de decepción. Las últimas semanas ha empeorado todo y siento que si no salgo de allí van a robarme el alma, o me van a podrir el corazón.  Todas las mañanas amanezco deseando no ir, deseando que ojalá algo pase y todo cambie, pero me levanto  porque sé que hay quienes me están esperando, y que por ellos debo seguir terca ante la situación.


A estas alturas, me siento deshecha. Sé que debo hacer y estoy buscando cómo hacerlo. Mientras tanto sigo jugando en el papel que me ha tocado esta vez. Quizá no soy buena protagonista, pero esta vez el staff definitivamente no dio pa’ más. 

miércoles, 10 de julio de 2013

Los deportes y yo

Admiro aquellas personas que practican algún deporte, pero admiro aún más a los que sin ser profesionales intentan participar en ello como un acto de diversión, contacto grupal, salud, ejercicio, no lo sé. Siempre que veo esos partidos improvisados puedo leer en sus gestos y en su empeño el goce que están viviendo, la alegría de ganar, las ganas de revancha cuando se pierde, el trabajo arduo de sus músculos en su máxima exigencia y sus tácticas de juego hechas al afán. Se ven como gatos disfrutando de una pequeña pelota, corriendo felices, saltando con magia, haciendo pases con destreza, atrapando y llevando una y otra vez la pelota como si no hubiera nada más gratificante en el mundo.

En ese sentido yo soy como un gusano en frente de un balón.

Todo empieza en el primer año de bachillerato. Cuando entré a sexto. A una edad de 10-11 años descubrí que la educación física no era la clase de dos horas para jugar, que esos 5 años anteriores yo había estado practicando mucho para ser sailor moon con mis amigas y llevando mis barbies a pasear con el Ken por el colegio, pero eso no era lo que significaba esa horrible clase.

Recuerdo que lo primero que el profesor nos enseñó fue el fútbol. Ese balón gigante al que había que darle con la cabeza, hacer 21 con los pies, pegarle patadas mientras corría por una cancha enorme manteniendo el control para luego disparar a un arco inmenso y hacer un gol.  Luego el profesor asignaría una nota que haría que pasara o no la materia.
Mi problema empezó en mi niñez y siguió hasta la adolescencia. Fui una niña flaquita y chiquita con problemas de bajo peso, que además de que no me gustaban los deportes, tampoco tenía ni las destrezas, ni la coordinación, ni nada para practicarlos.  Así pues, cuando practicaba con el balón, el cabezazo me hacía llorar, las piernas nunca coordinaron los 21 golpecitos, y mucho menos el control de un balón mientras corría. Odié el fútbol.

Después de ese inicio vinieron los demás deportes y con ellos nuevas formas de sufrimiento para mí. Chichones: porque el balón de baloncesto caía en mi cabeza; balonazos en la cara, tronchada de dedos al agarrar el balón, llorada después de la caída del balón de voleibol en mis antebrazos, abertura de la mano al saque, dolor de cuello luego del “mosquito”, moratones después del intento de la media luna, raspaduras mientras corría al intentar devolver la pelota de tenis, golpes, pisones, codazos, raspaduras, caídas, etc.

En verdad educación física era la peor forma de tortura para mí. Esto empeoraba cuando llegaba el informe de notas  a mis papás donde periodo tras periodo perdía la materia. Ellos no entendían cómo era posible que yo perdiera por no poder hacer una media luna, o responder la pelota en tenis, o hacer un gol de no sé qué parte de la cancha. No había un remedio fácil para esta incapacidad y no había forma en que lo superara sin andar llorando. Mi salvación fue Ana María, mi amiga del colegio que se hizo pasar por mi ante el profesor e hizo las recuperaciones que de otra manera yo no habría logrado superar.

Creo que cuando salí del colegio la felicidad más grande fue saber que ya nunca más me vería enfrentada a esos espacios deportivos y, que siempre y cuando me mantuviera lejos de los balones estaría a salvo de los accidentes y golpes. Así había sucedido hasta el 2013, ocho años después de haber terminado con aquella tortura.

Este año, por mi trabajo he tenido que “integrarme” a estas prácticas. Primero jugué micro fútbol y el balance fue: morados en las piernas, hinchazón por los golpes en los tobillos y dolor, dolor por todo el ejercicio que no he hecho en años. Después me volví a integrar en un partido de baloncesto, en el que un jugador, sin querer, estrelló el balón contra mi cara, haciéndome perder el equilibrio y dejándome con media cara hinchada. Pero lo más irreal me ocurrió el día de ayer, en pleno juego de pingpong, para mí, un deporte donde una lesión es algo poco posible. Mientras mis compañeros jugaban, uno de ellos en el momento justo de responder alargó su brazo un poco más de lo usual pegándome con la raqueta en la cara, a mí, que estaba sentada lejos de la mesa. Me rompieron la ceja.


Ahora que no soy escuálida, que no tengo la presión de una nota, que voy al gimnasio y evito al máximo los golpes he llegado a la conclusión de que hay gente que no nace para practicar ningún deporte, como yo que, dado mi historial, si llegara a sentarme a jugar ajedrez podría resultar con una pierna fracturada. 

Ceja rota, ojo morado
Ceja rota, ojo morado

jueves, 9 de mayo de 2013

Curiosidades

1

Hoy tenia a primera hora con Primerito. Es el curso del niño que me abraza del culo, Sergio. Apenas me vio llegar hoy, me agarró del brazo izquierdo y me dio muchos besos en él. Le puse la mano sobre la cabeza y le pregunté si se iba a portar bien y me prometió que así lo haría es que es realmente canson. En mitad de la clase levantó la mano y preguntó "¿Quién está enamorado de la profe de inglés?" Todos los niños me miraron y se rieron. Le respondieron: ¡usted!. Luego él se rió mirándome a los ojos. Yo hice como si nada.  Al rato volvió a preguntar "¿Quién quiere tener inglés todos los días y que la profe esté en nuestro descanso?" Pero esta vez el mismo dijo "YO".


Sigo la clase.


2

A la última hora tenía clase con noveno. Hay una niña, Jimena que es la sapa del curso, que siempre me tiene preguntas nuevas antes de comenzar la clase. Hoy llegó a preguntarme que era "see ya" y "meetcha" y "getcha". Entonces deduje que me estaba hablando de "One way or another". A lo que respondió "¡sí, la canción de One direction!!!!" Le dije que era de Blondie y que One direction la había dañado. Según ella estoy pasada de moda, según yo, los niños de One Direction están buenos y se tiran  las canciones. El resto del salón dijo que era un grupo gay y se armó la discusión por la música y por lo que es "bueno y malo". Me reía mucho con lo que decían, hasta que me salieron apuntes como "todo metalero podrido baila salsita-merengue-regueton porque es imposible ir a mitad de la pista e invitar una niña a salir  a un pogo estirando la mano y moviendo los hombros". Otro fue, que no había navidad sin los 50 de Joselito, que uno compra ropa y se mide la pinta del 24 al son de "viene volando un pájaro amarillo". 
Nos reímos mucho. Uno preguntó si escuche alguna vez "gorillas zeta, o gorillaz" y le dije que eran buenos, como no supe que genero era le pregunté a un experto por whatsapp. El chico tampoco lo tenia claro.
Así es la colombianidad.

Pdta: Ando pensando en cuando UFF alborotó las niñas de mi colegio y cómo me burlaba de ellas porque era un grupo "gay". Comparándolos, prefiero esos hermosos niños de One Direction. También pienso en cómo se asombra la gente cuando me escucha cantar las canciones decembrinas o una carranga de Jorge Velosa.