jueves, 28 de noviembre de 2013

Historias de amor

Al escuchar el escándalo que hacía la ex esposa afuera de la casa, Carmen cerró los ojos, apretó la mano de Javier y descansaron. Estaban juntos, eso era lo que importaba.

Meses antes de esto, Javier vivía con su esposa y sus hijos en la casa del lado de Carmen. En el primer piso había decidido montar una especie de taberna, que de paso le servía para disfrutar de reuniones con los vecinos y amigos. Uno de esos vecinos fue el primero en avisarle que la esposa tenía un amante, con el que tiempo después resulto yéndose a vivir.

La tusa de Javier fue evidente para todos los vecinos. La taberna se volvió un lugar donde los amigos se emborrachaban sin pagar y poco a poco todo se fue perdiendo. Se había cansado de buscar que su esposa y sus hijos volvieran a vivir con él, y parecía decidido a dejarse morir de pena, o al menos, de ir acabándose de a pocos, tanto como los amigos, el trago y las deudas se lo permitieran.

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Carmen está bien entrada en años. Trabaja en una empresa como empacadora, y desde la muerte de su esposo  [hace no sé cuántos años] ha vivido en una eterna adolescencia que demuestra fácilmente con su manera de vestir y de hablar, combinado un poco con el gusto por el reguetón y su french poddle que parece querer más que a su hija o a su nieta.

Parece ser que mientras Javier perdía sus días emborrachándose, Carmen lo escuchaba y le aconsejaba. Varias veces planearon la mejor manera de reconquistar a la esposa fugada, pero tras tantos intentos fallidos, un buen día resultaron enamorándose.

Se veía al par de vecinos ocultarse de las miradas de todos, colarse por las noches en la casa del otro, saludarse de lejos con la mano “Adiós Señora Carmen” “Buenos días don Javier” cuando uno los veía. Pero ya todos habíamos sido testigos de que Javier se estaba arreglando, que había vuelto a surtir su taberna y que había recuperado el carro tras haberlo perdido tiempo atrás por las deudas.

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Cuando se ha vivido un poquito de amores y desamores se vuelve difícil volver a confiar, volver a arriesgarse. Entonces uno tiene miedo de sentir, de decir, de hacer y todo se vuelve incertidumbre porque sin quererlo hay tantos lugares comunes con el pasado, que todo parece nublarse a veces de la nada e inunda todo de temor y de ganas de salir corriendo. Uno ya no quiere sufrir más, uno ya no quiere volver a hacer daño, ni tener que caerse y levantarse, ni compartir, ni mucho menos construir sueños, porque ya se sabe que no solo duele lo que se vivió si no lo que uno creyó que podía vivirse.

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Al mes Carmen se aventuró a pedirle a Javier que viviera con ella luego de tantos años de vivir sola, luego de tantos meses en que él había vivido en la casa de la que su mujer y sus hijos se habían marchado. Se propusieron intentar ser felices, aprovechar que ambos habían encontrado la tranquilidad y el amor en el otro y dejar de sentir temor por las miradas y los comentarios de los vecinos, de sus propias familias y amigos; porque por supuesto “estaban siendo irresponsables e inmaduros por irse a vivir así de la nada, como si tuvieran quince años”. Así han pasado casi un año, viviendo de la inmadurez.

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Carmen nos contaba que algún vecino le dijo a la ex esposa que ellos vivían juntos, y que si bien él quería rehacer su vida con alguien más, debía cumplir como esposo y ceder la mitad de sus bienes y dejar que ella y sus hijos vivieran en la casa que habían comprado. Así que una noche llegó borracha a golpear la casa de Carmen y a gritarle que le devolviera su marido, que todo lo que él tenía era de ella y de sus hijos y que nada les iba a resultar fácil. Los dos se miraron en medio de la oscuridad de la noche, cerraron los ojos y esperaron a que amaneciera. Al día siguiente Javier le entregó a la ex esposa las llaves de la casa y del carro.

Cuando pienso en la imagen de Carmen cerrando los ojos me conmuevo. No imagino lo difícil que fue confiar en que lo que pasaba era real, en que Javier estaba ahí y que lo que lo atormentaba se había alejado lo suficiente para no retroceder. Cerrar los ojos en ese instante era confiar en él, era confiar en ella, era demostrar que había tranquilidad y el amor suficiente para enfrentar las cosas juntos, para decidir que era importante lo que sentían y que lucharían a pesar de estar viejos, de perder lo que en el pasado habían construido, de reiniciar con el miedo que esto da a cualquiera que alguna vez sintió que nunca más podría volver a levantarse.

martes, 29 de octubre de 2013

Resumen

Desde antes de renunciar sabía que iba a estar en medio de dos sentimientos; de alegría por haber salido al fin de esa corrupción tan ridícula, y de tristeza porque pensaría una y otra vez que había fracasado, que había defraudado a otros y a mí misma. Tal y como normalmente suelo creer cuando las cosas no salen como espero.

Creo que jamás pasé tantos meses triste y agobiada como los que viví desde mayo hasta hace dos semanas. Algunos saben que fue un sueño cuando empecé a trabajar como profesora, luego de tantos descaches en los trabajos que había tenido que realizar. Que me gustaba planear las clases para los niños, cantarles, hacerles juegos y escucharlos. Que si bien no he sido la mejor, creo que fue una gran satisfacción ver que además de entablar buenas relaciones con los chicos estaba aprendiendo de sus situaciones, que me hacía menos indiferente y que cada uno de los prejuicios con los que había llegado se habían ido desbaratando a su lado, mientras ellos aprendían algo de inglés.

Pero desde el acontecimiento aquel con Diego todo se fue dañando, no sólo porque él se había encargado de desvirtuarme delante de los demás, sino porque ya no confiaba en nadie y me sentía indispuesta tratando de mantener una cara  y una calma que no me nacía. Luego vinieron los cuentos con las peladas de undécimo, que se las comían, que eran intocables, que pasan plata; la perseguidora porque hice, porque no; el chismerío, las trabas para todo, la persecución a mis pelaos y a mi hermano. Hasta que por fin desistí.

Nunca dejé de ser extraña para mis compañeros y algunos de los chicos. Quizá yo tampoco me sentí del todo identificada con muchas cosas, porque de hecho me cuesta mucho hacerme parte de un grupo y entablar relaciones fuertes con la gente. Aun así, mis pelaos me acogieron y pasamos buenas y malas cosas juntos, que es finalmente lo que interesa del asunto.

Desde ayer decidí que no iba a llorar ni a culparme más, no sólo porque no vale la pena, sino porque realmente creo que hice lo suficiente para superar las cosas aun cuando las condiciones no eran las propicias. Sé que cometí muchos errores, y que por supuesto llegué al punto del fracaso. Que me hastié de interactuar con la gente porque solo hablaban de los chismes de pasillo, que me cansé de que me acusarán injustamente y de que todo fuera manejado como si fuera una mafia, una muy mediocre. Que peleé hasta más no poder, que lloré y me dañé el corazón. Que todo eso lo hice temiendo no tener un trabajo e intentando mantener a la mayor parte de la gente contenta, aunque fuera infeliz y amargada por ello.

Hoy volví al colegio para llevar unas notas y unos materiales que tenía. Los chicos me abrazaban, me decían cuanta falta les hacía. Algunos de primaria intentaron encerrarme en los salones pidiendo a gritos que no me fuera y les diera clase de inglés. No lloré porque me lo prometí, aunque se me desgarraba por dentro el corazón. En medio de todo sé que algo hice bien, y que esta no va ser la última vez que enfrente todo esto, pero que de esta primera hay que sacar todo lo que pueda y continuar con la cabeza en alto, con los pies puestos, con los ojos bien abiertos.Seguir tal y como lo he hecho siempre tras cada caída; intentar hacer lo mejor la próxima vez y no rendirme. No llorar más.


jueves, 24 de octubre de 2013

Tesoros

Siempre me ha gustado pensar que las personas se puede conservar, que pase lo que pase van a seguir ahí, como el montoncito de cartas que guardé por años en una caja debajo de la cama; como el primer diente que se le cayó a Dito, como las fotos, como los libros, como todo eso que uno colecciona porque tiene un valor especial o lo tuvo en algún momento.

No me gusta creer que todo se acaba, que la gente pasa por la vida de uno y sigue sin más. Siempre me he imaginado que hay un libro de los recuerdos en la cabeza al que puedo acudir una que otra vez y reabrirlo en esos eventos que fueron lindos, que me emocionaron, que me hicieron temblar, llorar, reír. También esos en los que vi que hacer feliz a alguien más me llenaba, que ver sonreír, agradecer y escuchar cosas lindas del otro era una manera de hacerme sentir bien.

A menudo, cuando conozco personas o lugares nuevos, intento guardar con mis ojos miopes lo que hay a mi alrededor lo más fiel que se pueda. Luego hago una especie de revisión o introspección de lo que voy sintiendo, de lo que estoy escuchando y lo que digo, con el fin de que el recuerdo permanezca ya no como una foto, sino como una especie de vídeo en mi cabeza.

Aunque pocas veces lo hago, me agrada traer de vuelta esas cosas bonitas que han pasado y tratar de reencontrar los sentimientos que entonces me embargaban. Es lindo poder recordar las cosas buenas que han pasado, poder volver atrás sin rencores, sin dolor. Poder encontrar que todos fallamos alguna vez, que nos hicimos daño, que pasamos por la vida de alguien “sin más”, que dejamos cosas tristes pero que junto a estas, las bonitas pueden perdurar hasta donde la memoria deje, hasta donde las sensaciones alcancen.

Juego entonces a eso, a creer que es una clase de tesoro privado que solo me pertenece a mí. Que todas esas emociones que tuve cuando vi a alguien por primera vez, cuando visité un nuevo lugar, cuando agarré la mano de otra persona, cuando escuché y dije cuánto quería; cuando lloré de alegría, cuando abracé y me abrazaron con fuerza; cuando reíamos hasta más no poder, cuando se esperaba y se llenaba de ansiedad porque llegaría pronto el día de volverse a ver. Cuando una y otra vez se dijo que “todo iba a estar mejor” que “todo saldría bien,” aunque se supiera que no siempre pasaba como quería.


Ya no tengo caja de cartas debajo de la cama porque hace meses me deshice de ella, más que por despechada o como un arrebato, lo hice porque sentía que era mucho más privado y preciado guardar  las cosas en mi cabeza. Las que no perduran ahí no han valido la pena, las que no puedo encontrar, tal vez nunca pasaron.

sábado, 12 de octubre de 2013

Comedias

Hoy leía  la historia de los hijos de Martina y Benjamín. Sin lugar a duda la historia de amor de los dos personajes está llena de clichés con los que seguramente cualquier pareja se puede identificar. A veces me creo Martina, a veces Benjamín, y me desespera. Siento que la historia me hace encontrarme, perderme, encontrar a otros, perderlos. Una mamera.

Sin embargo, me causó mucha curiosidad la historia de la hija. Describen por encima lo que pasó por la cabeza de Martina al darse cuenta que sería la mamá que nunca quiso ser, y peor aun, que intentaría huir de ello. Seguramente me vi reflejada porque siempre quiero huir de todo, y sin lugar a duda ser mamá sería una de las cosas que me haría salir corriendo.

Durante 23 años pensé que tener hijos sería una carga imposible de llevar para mi egoísmo y desorden. Renegaba y me burlaba del sueño de ser madre y todas esas cosas que hace uno cuando es joven. Así fue hasta enero de este año, cuando de la nada enfermé del útero y tuve que ir al hospital. Pasé horas enteras esperando en una sala a que me atendieran, viendo salir y llegar a muchas mujeres de mi edad, mayores y menores que cargaban con sus bebés que iban a parir pronto o que sencillamente tenían los mismos síntomas que yo y resultaban embarazadas.

Ese día no me podía poner de pie. Caminaba agachada y me dolía el vientre profundamente. Las mujeres que se sentaban a mi lado me decían que estaba embarazada y que eso siempre es una bendición. Que nada es más lindo que tener hijos, que la familia se asusta pero que luego todo está bien. En ese momento estaba sola porque no dejaban entrar a mi mamá que me acompañaba. Veía la imagen de ella y de mi papá junto con la cara del ex novio -que por esos días habíamos discutido- y me puse a llorar. Lo veía a él y a Doña Teresa recibiendo la noticia, sabiendo que en medio de todo esa sería una tranquilidad, que ella me cuidaría y que de cierta manera le daría una motivación para vivir y para intentar arreglar lo que nunca se pudo. Pero, cuando eso venía a mi cabeza lo veía de nuevo y sabía que eso no era lo que yo quería, así que lo llamé y le conté entre lágrimas lo que me pasaba,  mientras esperaba los resultados de las pruebas hechas horas antes.

Un rato después de llamar al ex y a mi mamá a decirles que podía ser un embarazo, el doctor me entrego los resultados: que no era un embarazo, que el útero se había inflamado porque estaba llena de quistes y que eso podría ocurrirme una y otra vez sin razón alguna. Que debía ir al especialista a que me los trataran y a que me hicieran pruebas de fertilidad porque tal vez nunca podría tener hijos. Apenas supe eso lo volví a llamar y le dije que estaba enferma, que ahora el lío no era estar embarazada si no nunca llegar a estarlo, y que tal vez un día si iba a querer, y que no había nada peor que decirme que "no podía hacer" algo, que ese tipo de cosas deberían ser mi decisión. El ex se río y dijo que todo iba a salir bien, que no llorara, pero también lloró.

Hace poco me enteré que me curé de los quistes, que ya no tengo nada. La prueba de fertilidad nunca me la quise hacer, me dio pereza saber si sí o si no. ¿Para qué? De cualquier forma sigo pensando que estoy mejor creyendo que tengo el poder de decidir, que sé que no quiero ahora y que así están las cosas en orden. Que al igual que Martina yo no podría dedicarme a cuidar de alguien más haciendo lo que me gusta, que le tengo miedo a todo, pero a lo que más le temo es no lograr lo que me he propuesto. 

Me da pesar al leer a Martina, creo que en medio de la rabia que me da leerla está bien escrito el papel de niña consentida que no puede con las cosas, que no sabe librarlas, que parece fuerte, pero que al final resulta desfigurada al darse cuenta que nunca logró cumplir sus sueños. 

En fin. Ojalá logre acabar pronto el libro. 




jueves, 19 de septiembre de 2013

El futuro que no brilla

Hace un tiempo escribí esto para Hoja Blanca http://www.hojablanca.net/nombresdepila/2013/03/20/sofia/ . Obviamente no se llama Sofía. Cambié el nombre porque me asusta que algún día mis compañeros descubran que escribo y esas cosas. El caso es que después de ese “relato” que bien decía la verdad, no han dejado de sucederle cosas a Sofía que me parten el alma.

Ayer teníamos clase, y mientras calificaba su actividad, noté que debajo de su sudadera no llevaba medias puestas. Le pregunté por qué no tenía y empezó a darme rodeos, a decirme que no le gustaban, que se sentía más fresca así, que “noo, que no le olían los pies a pecueca” como yo le había dicho en forma de chiste. Al final me contó que esa mañana salió a comprar el desayuno, y que cuando llegó se sirvió la leche y mientras la hermana la apresuraba, se puso los zapatos así, sin las medias. Apenas terminó de contarme eso la niña se agachó, y mientras intentaba recoger sus lápices, el pantalón dejaba ver unos granitos en la cola como si fuera pañalitis.

No sería nada raro, si los hechos anteriores no se mezclaran. Hace unos meses la profesora de su curso le encontró piojos, envió nota a los papás y desde entonces pareciera que la hubiesen dejado de bañar a propósito. Sus dientes están de muy mal aspecto y su olor es penetrante, sus ropas siempre están en mal estado, y sus onces son en gran manera mediocres para una niña de su edad. Sus cuadernos no son revisados nunca, y los papás llevan más de 4 meses sin aparecerse por el colegio.

Aun lleva en su brazo derecho la quemadura que finge haberse hecho con una plancha, que más parece un quemón provocado por un cuchillo caliente. Al preguntarle a la hermana que está en sexto, no da razón de qué pueda estar pasando en la casa, y al parecer es la que está al cuidado de la niña en las tardes. Los compañeros del curso la han aislado luego de presenciar  que ha agarrado a Sofía del pelo para entrarla a la casa o que le grita tratándola de perra, de puta, de estúpida en la calle.

El caso está en comisaría. Quién sabe qué habrán hecho, o si acaso hay alguien que esté preocupado por la situación de las dos niñas. Nosotros comentamos lo que pasa, descubrimos día tras día que hay maltrato, que viven una vida miserable, que Sofía no tiene papás, que Alejandra, la hermana de 12 años, parece haber vivido más que cualquier mujer de 30.

Es difícil sobrellevar la impotencia, pero sobre todo, es duro tener la certeza de que el futuro no les brilla.


viernes, 6 de septiembre de 2013

Derrumbes

Desde que el ex cayente y yo decidimos acabar con nuestra falsa amistad todo empeoró en el trabajo. La decisión fue tomada debido a los múltiples videos que él se armaba de la nada y curiosamente, sin shows y sin mayor problema, estuvo de acuerdo.  

El ex cayente también había tomado la decisión (con la que yo no contaba) de hacerse el “mejor amigo” de mi jefe coordinador, mi antagonista, el diablo; el mismo que ha causado toda esta desidia y depresión.  Ahora el jefe coordinador conoce de sobra cuantas veces lo putié, cuanto lloré cuando traicionó la confianza y todo ese despelote que unos meses atrás había escuchado el ex cayente de mi boca mientras lloraba y moría de tristeza. 

El jefe coordinador ha intensificado sus comentarios en mi contra cuando no estoy presente, y está más que enterado de cuáles son mis debilidades, y de todo comentario que puedo hacer dentro del colegio. Seguramente a estas alturas sabe más de mí que cualquiera.

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El salón donde nos encontramos el grado décimo está en último piso del edificio. Al lado queda un baño, y los laboratorios de física, de electricidad y la sala de sistemas. No hay otro curso que nos quede cerca, así que ocasionalmente las visitas de salón se hacen en las escaleras que comunican el tercer con el cuarto piso.

Es el salón más grande. El único que tiene 2 piezas grandes de tablero, ventanales grandes y espacio de sobra para pasearse libremente en él. Somos alrededor de 22 personas dentro; 11 niñas y niños.  Los chicos viven en un matriarcado donde las niñas dirigen las actividades, el orden y el estado del salón. Cuadran autónomamente el aseo de todos los días, el manejo de reciclaje del colegio, y el uso  y disposición de los pupitres, manejo de llaves, etc.

Se ha escuchado en los pasillos decir que somos el undécimo del colegio. Que entre todos nos queremos y ayudamos; que el salón puede manejarse sin la necesidad de que la profesora esté pendiente de que cada cosa se esté cumpliendo y sin la necesidad de regañarlos, pues son ellos quienes proponen actividades que involucran a los demás cursos y se autorregulan cuando consideran que el comportamiento no es el adecuado. Nos queremos, nos tratamos con cariño, evitamos los problemas y procuramos ayudarnos unos a otros cuando lo necesitamos.

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Desde hace un tiempo se dañó la puerta del salón porque al parecer algún chico imprudente la pateó y entonces tiene un hueco en la parte de abajo y no se puede cerrar bien, toca forzarla. El escritorio del profesor tiene un soporte dañado, entonces tambalea un poco al poner cosas encima, y la silla tiene un pedazo de madera descascarándose en el espaldar.

Esta semana el techo empezó a caerse. Al parecer las batallas que libramos espiritualmente trascienden al plano físico. Entonces, de la nada el techo se desmoronó en una clase, casi pegándole a los pelaos, pero sin ningún accidente trascendental. Todo pasó justo cuando yo estaba en exámenes médicos.



Otros, por su parte creen que en el 5 piso hay una especie de charco que ha permeado la plancha del techo y que ha sido construido mal. Ni siquiera el obrero ha logrado establecer el porqué del daño, y mientras esperamos que cumplan la promesa de evacuarnos a otro lugar  ­así como esperé que el jefe coordinador se retractara unos meses atrás de las mentiras que había dichohan pasado los días y seguimos en él, cuando empieza a caerse de a pedazos otra parte del techo del lado de las ventanas.

Tenemos unas líneas imaginarias que tracé con ellos para evitar que el techo nos caiga encima. Así, que el amplio salón se está reduciendo casi a la mitad en tanto todos nos acomodamos a diario y esperamos que nada malo nos pase, que no resultemos descalabrados, o que alguien venga  y nos arregle eso o nos cambie de lugar. Lo mismo que  he esperado por meses.

Se escucha por los pasillos que los profesores me han aburrido y que me quiero ir. Que los chicos de mi curso están buscando otro colegio para estudiar el próximo año. Que aun sin contarles lo que pasa entre mis compañeros y yo, ellos asumen que algo ha estado pasando conmigo.

Entonces día tras día nos juntamos más en la mitad del salón que queda, esperando que no nos ocurra un accidente, y comemos dulces y hacemos chistes para mitigar. 

jueves, 22 de agosto de 2013

Frustraciones

Ponerme a buscar trabajo esta vez me ha dado duro. Veo con otros ojos las personas que me han acompañado un poco más de un año y me siento en medio de un montón de sentimientos que no termino de asimilar.

Por un lado están los niños del curso que tengo  a cargo. Cada que se acercan a mi siento que puede acabarse pronto para todos la relación que hemos construido. A veces me siento a observarlos y veo el cambio que han tenido desde el año pasado, cuando eran “noveno”, el curso de las niñas insoportables que amargaron mis primeros días en el colegio. No sé bien cuando gané su respeto y cuando me vieron como líder, cuando llegamos a ese punto en que los regaños que como docente debía dar desaparecieron, basta con una mirada o una palabra que sugiera que se ha obrado mal, para que de inmediato se vea el cambio y la preocupación de su parte.

Algunos de ellos me dicen “mamá profesora”, y por supuesto que he llegado a verlos como hijos. Podría enumerar las cosas bellas que me han enseñado y que he visto en ellos, y quizá lloraría si describiera las situaciones que viven. Ahora mismo solo pienso en los hermanos Retavisca. Son dos chicos de 14 y 15 años que viven lejos del colegio y deben tomar un transporte para llegar cada día. De cariño me refiero a los dos como “príncipes”, porque son educados y caballeros con las niñas, nobles y juciosos (y porque soy ridícula). En la entrega de boletines del primer periodo la mamá y yo lloramos al hablar de ellos, porque ambas vemos el esfuerzo que hacen a diario para sacar las mejores notas, para cumplir con las actividades extra que se les ponen y para siempre estar mostrando una cara alegre. La mamá entonces me contaba que el esposo es borracho y trabaja ocasionalmente en construcciones o en ferreterías, y que ella como empleada del servicio apenas gana el mínimo y con eso paga servicios y el colegio de los niños. Bueno, casi, porque deben la pensión de todo el año. Me contaba que varias veces les había propuesto a los niños inscribirse en un colegio distrital para ahorrar dinero, pero al ver las notas y la media beca que sacaron el año pasado ella prometió hacer el esfuerzo para enviarlos a estudiar. Para cumplirlo acordaron que no tomarían onces y solo irían a estudiar con la plata de los buses.

Cuando ella me contó yo solté las lágrimas. Supongo que no es el único caso, pero me dolía en el alma saber que no comen nada en el descanso y tampoco se les ve pidiéndole ni siquiera a sus compañeros. Que en las fechas especiales en las que hay que aportar dinero son los primeros que dan aunque en la casa pasen necesidades. Por ejemplo, mañana hay una salida a Bojacá y la mamá pagó la salida porque dice que se lo merecen de sobra.

Ellos son un caso que admiro y que quiero muchísimo. Son unos niños ejemplares, que quiero y me gustaría ayudar más. Y así como ellos hay otros 20 más que me enternecen y me hacen desear tener todo para ayudarlos, más que por suplir una necesidad, porque sé que podrían hacer mejores cosas si tuvieran otras oportunidades diferentes a las que con esfuerzo logran tener acceso ahora.


Si fuera solo por ellos todo sería sencillo, porque el salario mediocre que me pagan por las muchas horas que trabajo al final no son tan importantes. Así como los quiero a ellos me siento igualmente frustrada con las injusticias que han propiciado mis compañeros de trabajo, sobre todo los que están “al mando”. Mis compañeros dejan de dar una clase por estar viendo un partido de fútbol, hacen comentarios morbosos de las niñas, mienten y ocultan cosas, entre otras que ni vale la pena nombrar.

Me parece chistoso que siempre resulte encontrándome como una víctima en mis trabajos. A lo mejor tengo mala suerte, o tal vez soy demasiado terca para aceptar las cosas venir como si nada. Entonces paso a ser una persona “difícil” de llevar, un bicho raro que pelea sola, porque por más que me queje con las autoridades más altas del colegio, siempre la mayoría son los que se llevan la palabra. Es casi como estar  en una mala película, donde la marginada es buena, un grupo la jode, a ellos todo les sale bien, a la marginada solo le quedan lágrimas y una esperanza de la venganza de un Dios o un héroe supremo que haga justicia. Bueno, ya no lloro, solo aprieto los dientes de la piedra y sigo haciendo todo como si nada.

Han sido unos meses difíciles, llenos de decepción. Las últimas semanas ha empeorado todo y siento que si no salgo de allí van a robarme el alma, o me van a podrir el corazón.  Todas las mañanas amanezco deseando no ir, deseando que ojalá algo pase y todo cambie, pero me levanto  porque sé que hay quienes me están esperando, y que por ellos debo seguir terca ante la situación.


A estas alturas, me siento deshecha. Sé que debo hacer y estoy buscando cómo hacerlo. Mientras tanto sigo jugando en el papel que me ha tocado esta vez. Quizá no soy buena protagonista, pero esta vez el staff definitivamente no dio pa’ más.