Después de tantas cosas lo único que quiero es que este año la mayoría de cosas que he previsto desde hace tiempo se cumplan, que encuentre nuevas motivaciones, que me sienta cómoda donde esté, que supere los retos y las cosas horribles que me pueden pasar.
martes, 31 de diciembre de 2013
jueves, 28 de noviembre de 2013
Historias de amor
Al escuchar el escándalo que hacía la ex esposa afuera de la
casa, Carmen cerró los ojos, apretó la mano de Javier y descansaron. Estaban
juntos, eso era lo que importaba.
Meses antes de esto, Javier vivía con su esposa y sus hijos
en la casa del lado de Carmen. En el primer piso había decidido montar una
especie de taberna, que de paso le servía para disfrutar de reuniones con los vecinos
y amigos. Uno de esos vecinos fue el primero en avisarle que la esposa tenía un
amante, con el que tiempo después resulto yéndose a vivir.
La tusa de Javier fue evidente para todos los vecinos. La
taberna se volvió un lugar donde los amigos se emborrachaban sin pagar y poco a
poco todo se fue perdiendo. Se había cansado de buscar que su esposa y sus
hijos volvieran a vivir con él, y parecía decidido a dejarse morir de pena, o
al menos, de ir acabándose de a pocos, tanto como los amigos, el trago y las
deudas se lo permitieran.
**
Carmen está bien entrada en años. Trabaja en una empresa
como empacadora, y desde la muerte de su esposo
[hace no sé cuántos años] ha vivido en una eterna adolescencia que demuestra
fácilmente con su manera de vestir y de hablar, combinado un poco con el gusto
por el reguetón y su french poddle que parece querer más que a su hija o a su
nieta.
Parece ser que mientras Javier perdía sus días
emborrachándose, Carmen lo escuchaba y le aconsejaba. Varias veces planearon la
mejor manera de reconquistar a la esposa fugada, pero tras tantos intentos
fallidos, un buen día resultaron enamorándose.
Se veía al par de vecinos ocultarse de las miradas de todos,
colarse por las noches en la casa del otro, saludarse de lejos con la mano “Adiós
Señora Carmen” “Buenos días don Javier” cuando uno los veía. Pero ya todos habíamos
sido testigos de que Javier se estaba arreglando, que había vuelto a surtir su
taberna y que había recuperado el carro tras haberlo perdido tiempo atrás por
las deudas.
**
Cuando se ha vivido un poquito de amores y desamores se
vuelve difícil volver a confiar, volver a arriesgarse. Entonces uno tiene miedo
de sentir, de decir, de hacer y todo se vuelve incertidumbre porque sin quererlo
hay tantos lugares comunes con el pasado, que todo parece nublarse a veces de
la nada e inunda todo de temor y de ganas de salir corriendo. Uno ya no quiere
sufrir más, uno ya no quiere volver a hacer daño, ni tener que caerse y
levantarse, ni compartir, ni mucho menos construir sueños, porque ya se sabe
que no solo duele lo que se vivió si no lo que uno creyó que podía vivirse.
**
Al mes Carmen se aventuró a pedirle a Javier que viviera con
ella luego de tantos años de vivir sola, luego de tantos meses en que él había
vivido en la casa de la que su mujer y sus hijos se habían marchado. Se propusieron
intentar ser felices, aprovechar que ambos habían encontrado la tranquilidad y
el amor en el otro y dejar de sentir temor por las miradas y los comentarios de
los vecinos, de sus propias familias y amigos; porque por supuesto “estaban
siendo irresponsables e inmaduros por irse a vivir así de la nada, como si
tuvieran quince años”. Así han pasado casi un año, viviendo de la inmadurez.
**
Carmen nos contaba que algún vecino le dijo a la ex esposa
que ellos vivían juntos, y que si bien él quería rehacer su vida con alguien
más, debía cumplir como esposo y ceder la mitad de sus bienes y dejar que ella
y sus hijos vivieran en la casa que habían comprado. Así que una noche llegó
borracha a golpear la casa de Carmen y a gritarle que le devolviera su marido,
que todo lo que él tenía era de ella y de sus hijos y que nada les iba a
resultar fácil. Los dos se miraron en medio de la oscuridad de la noche,
cerraron los ojos y esperaron a que amaneciera. Al día siguiente Javier le entregó
a la ex esposa las llaves de la casa y del carro.
Cuando pienso en la imagen de Carmen cerrando los ojos me
conmuevo. No imagino lo difícil que fue confiar en que lo que pasaba era real,
en que Javier estaba ahí y que lo que lo atormentaba se había alejado lo suficiente
para no retroceder. Cerrar los ojos en ese instante era confiar en él, era
confiar en ella, era demostrar que había tranquilidad y el amor suficiente para
enfrentar las cosas juntos, para decidir que era importante lo que sentían y
que lucharían a pesar de estar viejos, de perder lo que en el pasado habían
construido, de reiniciar con el miedo que esto da a cualquiera que alguna vez
sintió que nunca más podría volver a levantarse.
martes, 29 de octubre de 2013
Resumen
Desde antes de renunciar sabía que iba a estar en medio de
dos sentimientos; de alegría por haber salido al fin de esa corrupción tan
ridícula, y de tristeza porque pensaría una y otra vez que había fracasado, que
había defraudado a otros y a mí misma. Tal y como normalmente suelo creer cuando
las cosas no salen como espero.
Creo que jamás pasé tantos meses triste y agobiada como los
que viví desde mayo hasta hace dos semanas. Algunos saben que fue un sueño
cuando empecé a trabajar como profesora, luego de tantos descaches en los
trabajos que había tenido que realizar. Que me gustaba planear las clases para
los niños, cantarles, hacerles juegos y escucharlos. Que si bien no he sido la
mejor, creo que fue una gran satisfacción ver que además de entablar buenas
relaciones con los chicos estaba aprendiendo de sus situaciones, que me hacía
menos indiferente y que cada uno de los prejuicios con los que había llegado se
habían ido desbaratando a su lado, mientras ellos aprendían algo de inglés.
Pero desde el acontecimiento aquel con Diego todo se fue
dañando, no sólo porque él se había encargado de desvirtuarme delante de los
demás, sino porque ya no confiaba en nadie y me sentía indispuesta tratando de
mantener una cara y una calma que no me
nacía. Luego vinieron los cuentos con las peladas de undécimo, que se las
comían, que eran intocables, que pasan plata; la perseguidora porque hice,
porque no; el chismerío, las trabas para todo, la persecución a mis pelaos y a
mi hermano. Hasta que por fin desistí.
Nunca dejé de ser extraña para mis compañeros y algunos de los
chicos. Quizá yo tampoco me sentí del todo identificada con muchas cosas,
porque de hecho me cuesta mucho hacerme parte de un grupo y entablar relaciones
fuertes con la gente. Aun así, mis pelaos me acogieron y pasamos buenas y malas
cosas juntos, que es finalmente lo que interesa del asunto.
Desde ayer decidí que no iba a llorar ni a culparme más, no
sólo porque no vale la pena, sino porque realmente creo que hice lo suficiente
para superar las cosas aun cuando las condiciones no eran las propicias. Sé que
cometí muchos errores, y que por supuesto llegué al punto del fracaso. Que me
hastié de interactuar con la gente porque solo hablaban de los chismes de pasillo,
que me cansé de que me acusarán injustamente y de que todo fuera manejado como si fuera una mafia, una muy mediocre. Que peleé hasta más no poder, que lloré y me dañé el corazón. Que todo eso
lo hice temiendo no tener un trabajo e intentando mantener a la mayor parte de
la gente contenta, aunque fuera infeliz y amargada por ello.
Hoy volví al colegio para llevar unas notas y unos
materiales que tenía. Los chicos me abrazaban, me decían cuanta falta les
hacía. Algunos de primaria intentaron encerrarme en los salones pidiendo a
gritos que no me fuera y les diera clase de inglés. No lloré porque me lo prometí,
aunque se me desgarraba por dentro el corazón. En medio de todo sé que algo
hice bien, y que esta no va ser la última vez que enfrente todo esto, pero que
de esta primera hay que sacar todo lo que pueda y continuar con la cabeza en
alto, con los pies puestos, con los ojos bien abiertos.Seguir tal y como lo he
hecho siempre tras cada caída; intentar hacer lo mejor la próxima vez y no
rendirme. No llorar más.
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jueves, 24 de octubre de 2013
Tesoros
Siempre me ha gustado pensar que las personas se puede
conservar, que pase lo que pase van a seguir ahí, como el montoncito de cartas
que guardé por años en una caja debajo de la cama; como el primer diente que se
le cayó a Dito, como las fotos, como los libros, como todo eso que uno
colecciona porque tiene un valor especial o lo tuvo en algún momento.
No me gusta creer que todo se acaba, que la gente pasa por
la vida de uno y sigue sin más. Siempre me he imaginado que hay un libro de los
recuerdos en la cabeza al que puedo acudir una que otra vez y reabrirlo en esos
eventos que fueron lindos, que me emocionaron, que me hicieron temblar, llorar,
reír. También esos en los que vi que hacer feliz a alguien más me llenaba, que
ver sonreír, agradecer y escuchar cosas lindas del otro era una manera de
hacerme sentir bien.
A menudo, cuando conozco personas o lugares nuevos, intento
guardar con mis ojos miopes lo que hay a mi alrededor lo más fiel que se pueda.
Luego hago una especie de revisión o introspección de lo que voy sintiendo, de
lo que estoy escuchando y lo que digo, con el fin de que el recuerdo permanezca
ya no como una foto, sino como una especie de vídeo en mi cabeza.
Aunque pocas veces lo hago, me agrada traer de vuelta esas
cosas bonitas que han pasado y tratar de reencontrar los sentimientos que
entonces me embargaban. Es lindo poder recordar las cosas buenas que han
pasado, poder volver atrás sin rencores, sin dolor. Poder encontrar que todos
fallamos alguna vez, que nos hicimos daño, que pasamos por la vida de alguien “sin
más”, que dejamos cosas tristes pero que junto a estas, las bonitas pueden
perdurar hasta donde la memoria deje, hasta donde las sensaciones alcancen.
Juego entonces a eso, a creer que es una clase de tesoro
privado que solo me pertenece a mí. Que todas esas emociones que tuve cuando vi
a alguien por primera vez, cuando visité un nuevo lugar, cuando agarré la mano
de otra persona, cuando escuché y dije cuánto quería; cuando lloré de alegría,
cuando abracé y me abrazaron con fuerza; cuando reíamos hasta más no poder,
cuando se esperaba y se llenaba de ansiedad porque llegaría pronto el día de
volverse a ver. Cuando una y otra vez se dijo que “todo iba a estar mejor” que “todo
saldría bien,” aunque se supiera que no siempre pasaba como quería.
Ya no tengo caja de cartas debajo de la cama porque hace
meses me deshice de ella, más que por despechada o como un arrebato, lo hice porque
sentía que era mucho más privado y preciado guardar las cosas en mi cabeza. Las que no perduran
ahí no han valido la pena, las que no puedo encontrar, tal vez nunca pasaron.
sábado, 12 de octubre de 2013
Comedias
Hoy leía la historia de los hijos de Martina y Benjamín. Sin lugar a duda la historia de amor de los dos personajes está llena de clichés con los que seguramente cualquier pareja se puede identificar. A veces me creo Martina, a veces Benjamín, y me desespera. Siento que la historia me hace encontrarme, perderme, encontrar a otros, perderlos. Una mamera.
Sin embargo, me causó mucha curiosidad la historia de la hija. Describen por encima lo que pasó por la cabeza de Martina al darse cuenta que sería la mamá que nunca quiso ser, y peor aun, que intentaría huir de ello. Seguramente me vi reflejada porque siempre quiero huir de todo, y sin lugar a duda ser mamá sería una de las cosas que me haría salir corriendo.
Durante 23 años pensé que tener hijos sería una carga imposible de llevar para mi egoísmo y desorden. Renegaba y me burlaba del sueño de ser madre y todas esas cosas que hace uno cuando es joven. Así fue hasta enero de este año, cuando de la nada enfermé del útero y tuve que ir al hospital. Pasé horas enteras esperando en una sala a que me atendieran, viendo salir y llegar a muchas mujeres de mi edad, mayores y menores que cargaban con sus bebés que iban a parir pronto o que sencillamente tenían los mismos síntomas que yo y resultaban embarazadas.
Ese día no me podía poner de pie. Caminaba agachada y me dolía el vientre profundamente. Las mujeres que se sentaban a mi lado me decían que estaba embarazada y que eso siempre es una bendición. Que nada es más lindo que tener hijos, que la familia se asusta pero que luego todo está bien. En ese momento estaba sola porque no dejaban entrar a mi mamá que me acompañaba. Veía la imagen de ella y de mi papá junto con la cara del ex novio -que por esos días habíamos discutido- y me puse a llorar. Lo veía a él y a Doña Teresa recibiendo la noticia, sabiendo que en medio de todo esa sería una tranquilidad, que ella me cuidaría y que de cierta manera le daría una motivación para vivir y para intentar arreglar lo que nunca se pudo. Pero, cuando eso venía a mi cabeza lo veía de nuevo y sabía que eso no era lo que yo quería, así que lo llamé y le conté entre lágrimas lo que me pasaba, mientras esperaba los resultados de las pruebas hechas horas antes.
Un rato después de llamar al ex y a mi mamá a decirles que podía ser un embarazo, el doctor me entrego los resultados: que no era un embarazo, que el útero se había inflamado porque estaba llena de quistes y que eso podría ocurrirme una y otra vez sin razón alguna. Que debía ir al especialista a que me los trataran y a que me hicieran pruebas de fertilidad porque tal vez nunca podría tener hijos. Apenas supe eso lo volví a llamar y le dije que estaba enferma, que ahora el lío no era estar embarazada si no nunca llegar a estarlo, y que tal vez un día si iba a querer, y que no había nada peor que decirme que "no podía hacer" algo, que ese tipo de cosas deberían ser mi decisión. El ex se río y dijo que todo iba a salir bien, que no llorara, pero también lloró.
Hace poco me enteré que me curé de los quistes, que ya no tengo nada. La prueba de fertilidad nunca me la quise hacer, me dio pereza saber si sí o si no. ¿Para qué? De cualquier forma sigo pensando que estoy mejor creyendo que tengo el poder de decidir, que sé que no quiero ahora y que así están las cosas en orden. Que al igual que Martina yo no podría dedicarme a cuidar de alguien más haciendo lo que me gusta, que le tengo miedo a todo, pero a lo que más le temo es no lograr lo que me he propuesto.
Me da pesar al leer a Martina, creo que en medio de la rabia que me da leerla está bien escrito el papel de niña consentida que no puede con las cosas, que no sabe librarlas, que parece fuerte, pero que al final resulta desfigurada al darse cuenta que nunca logró cumplir sus sueños.
En fin. Ojalá logre acabar pronto el libro.
jueves, 19 de septiembre de 2013
El futuro que no brilla
Hace un tiempo escribí esto para Hoja Blanca http://www.hojablanca.net/nombresdepila/2013/03/20/sofia/
. Obviamente no se llama Sofía. Cambié el nombre porque me asusta que algún día
mis compañeros descubran que escribo y esas cosas. El caso es que después de
ese “relato” que bien decía la verdad, no han dejado de sucederle cosas a Sofía
que me parten el alma.
Ayer teníamos clase, y mientras calificaba su actividad,
noté que debajo de su sudadera no llevaba medias puestas. Le pregunté por qué
no tenía y empezó a darme rodeos, a decirme que no le gustaban, que se sentía
más fresca así, que “noo, que no le olían los pies a pecueca” como yo le había
dicho en forma de chiste. Al final me contó que esa mañana salió a comprar el
desayuno, y que cuando llegó se sirvió la leche y mientras la hermana la
apresuraba, se puso los zapatos así, sin las medias. Apenas terminó de contarme
eso la niña se agachó, y mientras intentaba recoger sus lápices, el pantalón
dejaba ver unos granitos en la cola como si fuera pañalitis.
No sería nada raro, si los hechos anteriores no se
mezclaran. Hace unos meses la profesora de su curso le encontró piojos, envió
nota a los papás y desde entonces pareciera que la hubiesen dejado de bañar a
propósito. Sus dientes están de muy mal aspecto y su olor es penetrante, sus
ropas siempre están en mal estado, y sus onces son en gran manera mediocres
para una niña de su edad. Sus cuadernos no son revisados nunca, y los papás
llevan más de 4 meses sin aparecerse por el colegio.
Aun lleva en su brazo derecho la quemadura que finge haberse
hecho con una plancha, que más parece un quemón provocado por un cuchillo
caliente. Al preguntarle a la hermana que está en sexto, no da razón de qué
pueda estar pasando en la casa, y al parecer es la que está al cuidado de la
niña en las tardes. Los compañeros del curso la han aislado luego de presenciar
que ha agarrado a Sofía del pelo para
entrarla a la casa o que le grita tratándola de perra, de puta, de estúpida en
la calle.
El caso está en comisaría. Quién sabe qué habrán hecho, o si
acaso hay alguien que esté preocupado por la situación de las dos niñas.
Nosotros comentamos lo que pasa, descubrimos día tras día que hay maltrato, que
viven una vida miserable, que Sofía no tiene papás, que Alejandra, la hermana
de 12 años, parece haber vivido más que cualquier mujer de 30.
Es difícil sobrellevar la impotencia, pero sobre todo, es
duro tener la certeza de que el futuro no les brilla.
viernes, 6 de septiembre de 2013
Derrumbes
Desde que el ex cayente y yo decidimos acabar con nuestra
falsa amistad todo empeoró en el trabajo. La decisión fue tomada debido a los múltiples
videos que él se armaba de la nada y curiosamente, sin shows y sin mayor
problema, estuvo de acuerdo.
El ex cayente también había tomado la decisión (con la
que yo no contaba) de hacerse el “mejor amigo” de mi jefe coordinador, mi
antagonista, el diablo; el mismo que ha causado toda esta desidia y depresión. Ahora el jefe coordinador conoce de sobra
cuantas veces lo putié, cuanto lloré cuando traicionó la confianza y todo ese
despelote que unos meses atrás había escuchado el ex cayente de mi boca
mientras lloraba y moría de tristeza.
El jefe coordinador ha intensificado sus comentarios en
mi contra cuando no estoy presente, y está más que enterado de cuáles son mis
debilidades, y de todo comentario que puedo hacer dentro del colegio.
Seguramente a estas alturas sabe más de mí que cualquiera.
**
El salón donde nos encontramos el grado décimo está en
último piso del edificio. Al lado queda un baño, y los laboratorios de física,
de electricidad y la sala de sistemas. No hay otro curso que nos quede cerca,
así que ocasionalmente las visitas de salón se hacen en las escaleras que
comunican el tercer con el cuarto piso.
Es el salón más grande. El único que tiene 2 piezas
grandes de tablero, ventanales grandes y espacio de sobra para pasearse libremente
en él. Somos alrededor de 22 personas dentro; 11 niñas y niños. Los chicos viven en un matriarcado donde las
niñas dirigen las actividades, el orden y el estado del salón. Cuadran autónomamente
el aseo de todos los días, el manejo de reciclaje del colegio, y el uso y disposición de los pupitres, manejo de
llaves, etc.
Se ha escuchado en los pasillos decir que somos el
undécimo del colegio. Que entre todos nos queremos y ayudamos; que el salón
puede manejarse sin la necesidad de que la profesora esté pendiente de que cada
cosa se esté cumpliendo y sin la necesidad de regañarlos, pues son ellos
quienes proponen actividades que involucran a los demás cursos y se
autorregulan cuando consideran que el comportamiento no es el adecuado. Nos
queremos, nos tratamos con cariño, evitamos los problemas y procuramos
ayudarnos unos a otros cuando lo necesitamos.
**
Desde hace un tiempo se dañó la puerta del salón porque
al parecer algún chico imprudente la pateó y entonces tiene un hueco en la
parte de abajo y no se puede cerrar bien, toca forzarla. El escritorio del
profesor tiene un soporte dañado, entonces tambalea un poco al poner cosas
encima, y la silla tiene un pedazo de madera descascarándose en el espaldar.
Esta semana el techo empezó a caerse. Al parecer las
batallas que libramos espiritualmente trascienden al plano físico. Entonces, de
la nada el techo se desmoronó en una clase, casi pegándole a los pelaos, pero
sin ningún accidente trascendental. Todo pasó justo cuando yo estaba en
exámenes médicos.
Otros, por su parte creen que en el 5 piso hay una
especie de charco que ha permeado la plancha del techo y que ha sido construido
mal. Ni siquiera el obrero ha logrado establecer el porqué del daño, y mientras
esperamos que cumplan la promesa de evacuarnos a otro lugar —así como esperé que el jefe
coordinador se retractara unos meses atrás de las mentiras que había dicho—han
pasado los días y seguimos en él, cuando empieza a caerse de a pedazos otra
parte del techo del lado de las ventanas.
Tenemos unas líneas imaginarias que tracé con ellos para
evitar que el techo nos caiga encima. Así, que el amplio salón se está reduciendo
casi a la mitad en tanto todos nos acomodamos a diario y esperamos que nada
malo nos pase, que no resultemos descalabrados, o que alguien venga y nos arregle eso o nos cambie de lugar. Lo
mismo que he esperado por meses.
Se escucha por los pasillos que los profesores me han
aburrido y que me quiero ir. Que los chicos de mi curso están buscando otro
colegio para estudiar el próximo año. Que aun sin contarles lo que pasa entre
mis compañeros y yo, ellos asumen que algo ha estado pasando conmigo.
Entonces día tras día nos juntamos más en la mitad del
salón que queda, esperando que no nos ocurra un accidente, y comemos dulces y
hacemos chistes para mitigar.
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