jueves, 12 de octubre de 2017

Construir

Hace mucho tiempo en mi casa se guardaba una carpeta que llevaba los trabajos de arte que había hecho en preescolar y en primaria. No estoy segura de cuándo desapareció, pero recuerdo que llamó mi atención una de las imágenes en las que debía dibujarme a mi misma. Me reí un tiempo del dibujo que había hecho en una esquina de la hoja: una estrella gorda, a la cual le había puesto unos zapatos naranjas, un pantalón naranja, unos brazos chonchos naranja, una cabeza de la cuál salían 3 pelos de color naranja.

Años más tarde, en la primaria, después de hacer dibujos de estrellas chonchas para simular que era gente, alguna niña debió enseñarme a hacer esos dibujos que la gran mayoría de chicos en primaria hacen. Un círculo para la cabeza, unas D boca arriba para ojos, una ) para la boca y una U para nariz. Las piernas, con líneas  paralelas y los brazos, igual. Se agregaban a veces unos dedos, que debían ser cinco y unos zapatos que ojalá llevaran tacón. Un pelo largo, que parecía una manta con un moño, para que no fueran a pensar que no era niña.

Durante muchos años quise verme como en mis dibujos. Eran feos, iguales a los de otros niños que me habían enseñado a hacerlo para no desentonar. Me gustaba pensar que tenía los ojos grandes como en mis dibujos y que mi pelo era negro y liso como lo podía pintar. La boca siempre iba de rojo y era una ) grande, a la que luego pude ponerle lengua y dientes perfectos. También aprendí a dibujarme ombligueras, jeans, tenis, aretes y a veces  una mochila. Me gustaban además porque los otros niños me decían que quedaba igualita y entonces de verdad pensaba que mi cabeza era redonda y que los cordones salidos quedaban muy bien. No desentonar con estrellas chonchas me agradaba.

Ahora que soy profesora suelo pensar en esos dibujos. He visto en estos años muchos niños que dibujan muy parecido a como yo solía hacerlo, pero ahora las psicólogas analizan cada trazo y espacio y saben si un niño se siente solo, si quiere a su familia, si es o no inseguro o si es amado. Lo dicen todo. Seguramente, si hubieran visto esa carpeta supondrían lo que me ha costado construirme, porque hasta yo lo he pensado. Construirse es como dibujar, uno se hace lo que le enseñan otros y le agrega o le quita cosas para que no vaya a verse muy feo, pero que tampoco sea tan lindo porque seguro si es tan perfecto se aleja mucho de la realidad. 

Me gustaría volver a ver esa carpeta y agregarle los dibujitos que a veces hago. Lo más probable es que hayan unas marcas que se me notan más que otras. Habré cambiado y me habré hecho incapaz de dibujarme con agrado. Se notará que el tiempo ha pasado y que lo construido nunca llegó a ser perfecto, ni siquiera para mi misma. 

Quisiera volver a ver esos dibujos con la esperanza de tener aún algo de ellos.

lunes, 17 de abril de 2017

Las malditas risas

Hace unas noches estuve con amigas hablando del bullying que alguna vez me tocó en el colegio, claro, porque estoy viendo 13 reasons why y porque de alguna manera se relaciona con las opiniones y reacciones que ha generado la ola de noticias de feminicidios recientes. Mezcla de cosas.

Cuando estaba en noveno tenía un grupo de chicos que me odiaban. Nunca supe realmente cuál era el motivo, pero con el tiempo uno sabe que no tuvo que existir algo particular más allá de coger a alguien y montársela por x o y aspecto físico o por lo lento/inteligente/sapo que pudiera ser. Los chicos eran tres: Andrés, Costeño y Oscar. Los tres me abucheaban cada vez que podían, me pusieron varios apodos horribles y me gritaban cosas cuando estábamos en educación física. En algún momento de sus insultos pasaron a meterme chicles en la maleta, o simplemente dejármelos en el puesto para que una y otra vez tratara de sacar de mi jardinera los pegotes que encontraba para que mi mamá no se diera cuenta. Así fue varias veces, hasta que un día pegaron tantos chicles que los cuadernos quedaron realmente asquerosos y entré en ira, una rabia incontrolable que me llevó a gritar y a patear pupitres y cosas para que dejaran de meterse conmigo y vieran que yo podía defenderme sola. Se rieron bastante de mi reacción, pero desde ese día los ataques habían cesado.

Un tiempo después de ese episodio, recuerdo que en una clase de educación física tuve que ir al depósito a sacar unos balones. Dos de los personajes entraron y me arrinconaron contra la pared, sin decirme nada, ni groserías ni nada. Uno de ellos empezó a frotarse contra mi cuerpo, mientras el otro miraba y estaba pendiente de mi reacción y de que alguien no viniera. Se frotó mientras yo lo veía y cuando vio que ya lloraba pudieron irse tranquilos. Pude haberme defendido, pero eso es algo que pensé después, después de llorar y quedarme callada por la vergüenza, en medio de todo pensaba que era una "reacción normal" para la puteada y gritos que les había dado aquel día de los chicles en la maleta.

Ellos se graduaron, tendrán una vida con gente normal, estarán casados, con hijos, reirán y tal vez ni se acordarán, no sé, no sería raro en todo caso, la vida sigue después como si nada y así fue para todos.

*

Desde que me hice profesora, hace ya unos 6 años, he procurado hablar tanto con los chicos como las chicas sobre el respeto y el cuidado que debe tenerse con uno mismo y con los demás. Así, de cierta manera siento que se pudo haber evitado tal episodio en mi vida que me llevaba a desesperaciones y tristezas, ganas de morirme, odio por mi apariencia y odio por ellos; y que tal vez mis intervenciones y charlas tontas podrían llegar a evitar que le sucediera a alguna niña o niño que conozca.

Uno de los episodios que más me genera ira fue hace 5 años, cuando tuve un grave enfrentamiento frente a las directivas del colegio donde trabajaba y frente a unos papás porque uno de sus hijos, "Periquito", en medio de la clase que estaba dando se había sacado unos pelos del culo y se los había puesto en el cuaderno a una de sus compañeras. Lo peor fue, que no contento con el asco y la hijueputada que había hecho, le metió las manos por debajo de la niña diciéndole que tenía buen culo a pesar de usar cucos de corazoncitos. Estábamos hablando de un niño de 15 años y de una niña de 11. En mi cólera sé que lo que le dije a Periquito no fue lo más ortodoxo o diplomático, pero mi ira estalló aun peor cuando la reacción de la niña fue "es mi culpa, porque el me dijo que se iba a sacar los pelos del culo y le aposté a que no".

Después de eso vino la reunión con la mamá, quién obviamente me trató mal porque su hijo era un niño muy bien educado, respetuoso y bueno (sic) el cuál yo había juzgado mal por "un chisme" de una niña que lo acosaba. Tuve que lidiar con esa estúpida conversación y además pelear contra los otros profesores que se reían del evento como si fuera de lo más normal hacerlo, y contra un rector que buscaba minimizar el hecho.

A pesar de todo esto seguí trabajando allí por un par de años, intentando de alguna manera involucrarme en esas vidas para evitar cosas similares. A veces, cuando me canso de ser docente, de ver y no poder actuar recuerdo todo esto mezclado y entonces trato de acercarme a aquellos posibles escenarios y prevenirlos, de hablar con las niñas para que no encuentren vergüenza ni pánico al enfrentar situaciones en que alguien puede abusar, amenazar o amedrentarlas. Trato, pero sin lugar a duda estas historias tan de colegio pasan una y otra vez y aun muchos se ríen cuando las cuento.

domingo, 29 de enero de 2017

Las raíces

Estuve pensando varios días como comenzar a conectar los hechos que me llevan a escribir este post. Sin lugar a duda, he atravesado varios episodios con personas y lugares diferentes que al momento de escribir dificulta el sentido que, tal vez, quiero darle. Haré el mejor intento.

Hace unos meses tuve que ir de viaje con mis estudiantes de grado quinto, celebrando su prom. Fuimos a un finca grande, de clima frío, que tenía mucho espacio, árboles y canchas para jugar. En medio de las actividades que debíamos dirigir, surgió una noche contar cuentos "de terror" para amenizar una fogata. Me causó gracia como las profesoras que estábamos allí, tratamos de asustar a los chicos con cuentos que son trillados ya. Una de ellas comentó una de esas historias que se cuentan en los pueblos, que solo conocen los campesinos, sobre algún demonio que se llevaba las gallinas y a veces, a los niños que se portaban mal. Fue la historia qué más impactó, porque los niños de ahora le temen al campo. Les aterra que la gente pueda andar mal vestida por ahí, que los niños además de estudiar tengan que ayudar en las fincas, que no tengan play station o que no puedan ir al centro comercial el fin de semana para comprar lo del mercado.

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Cuando era pequeña el viaje al campo era tan frecuente, que poco a poco fue perdiendo la gracia que pudo causar a temprana edad. Mientras mis compañeros del salón iban a mitad y a fin de año a Cali, Medellín, Cartagena, etc., yo iba a Quipile con mis papás. Me hacían empacar la ropa más vieja para no dañar la nueva, a comer lo que preparaba la abuela en leña, a ensuciarme con mierda de vaca y matas que se pegan a las medias o a los pantalones cuando se camina por el monte y que luego toca arrancar con las manos porque la lavadora no las quita. Nunca sentí que mis compañeros se burlaran de mi cuando tenía que contar qué había hecho en mis vacaciones, pero a medida que fui creciendo, aprendí a sentir vergüenza de ir al campo, del nombre del pueblo, de mi familia; además me sentí menos por no tener esos papás que visitaban lugares "mágicos" y cálidos que todos ya conocían.

Mi vergüenza se hizo más evidente en la adolescencia, cuando tenía que reconocer que mis papás habían sido campesinos, que se expresaban mal y que a veces tenían malos modales, pues de alguna manera había aprendido a identificar que estaban mal, que era incorrecto. Me apenaba presentarlos a mis amigos, pero empeoraba cuando tenía que ver a mi abuela, mis tías y primos del campo, que vestían como suelen hacer los campesinos: sin compliques ni modas pendejas. 

Esa "mancha" me ha acompañado durante años. Ya grande, advertía a mis conocidos sobre mis familiares del campo cuando había la posibilidad en que se encontraran. Creo que aun no comprendo el por qué de mi actitud, tal vez lo asimilo a que la gente de la ciudad considera que se es más civilizado y culto cuanto más lejos de la tradición y las costumbres de campo se encuentre. Supongo que no quería que la gente pensara que yo también tengo de sangre de campesinos. 

La segunda película que me vi al comenzar el año fue "Into the wild". Primero pensé que era muy hippie mamerta, que el man era muy huevón. Después me fui identificando con ciertas cosas. Una de ellas, es que si no reconozco mis raíces y quién soy, entonces estoy negando parte de mi, de lo que soy y de mis capacidades y aprendizajes; en la medida en que me acepte también reconozco mis falencias y mis idioteces, como las que he mencionado, por ejemplo. Además, amé de la película "Happiness only real when share", eso dice mucho.

En diciembre y enero viajamos con mi papá y mi hermanastra al pueblo. Allí de nuevo tuve que recorrer viejos caminos de juegos y visitas, en los que me deslicé 3 veces. Los zapatos que había llevado no eran apropiados para andar por el monte como sabía hacerlo, había olvidado lo que debía llevar para disfrutar del monte. Entre los tres plantamos 5 árboles de plátano, unos de naranja y flores decorativas. Quitamos malezas, echamos machete al cafetal muerto y adoptamos un perro. Comimos sancochos y enteros todos los días. Escuchamos rancheras en las mañanas y en las noches vimos el festival del humor. Guardamos la comida en cajones para que no se metieran las hormigas, colgamos la carne, hervimos el agua. 

Son muchas cosas que tendrían que ser tonterías, que tendría que ser irrelevante nombrar, pero que cobraron significado en mi cuando pude compartir con mis amigos lo que había hecho. Pude notar que no me avergonzaba de nada, ni de tomarme fotos con mi tía campesina, bailar en las ferias con campesinos y ni reírme de las anécdotas de su día a día. Reconocer que ese también era mi lugar me llevó a subirme de nuevo en el árbol de naranjas y arrancarle la cáscara con las uñas, sucias, sin esmalte y comérmela y sentir que estaba deliciosa. Me llevó a escuchar a los demás y aprender de ellos. A no subestimar el trabajo y el saber del campo, a no temerle a lo que no podía explicar y a preguntar desde mi ignorancia. 

Creo que no soy muy diferente a hace unos meses.  Lo poco que  he aprendido es a aceptar quien soy, a querer lo que he sido, a no sentir pena por mi vida. Tal vez la diferencia está un poco en cómo veo las personas, en sentir que hacen parte de mi de alguna manera, que de todos tengo mucho que aprender. 

lunes, 14 de noviembre de 2016

Confesiones

Creo que ya antes en algún lado mencioné el miedo y la nostalgia que me producen los cambios: soltar, dejar ir, olvidar. Quisiera ser más de esas personas que ven en ello oportunidades y ventajas de hacerlo, pero no. Nunca me sentí más perdida en mi vida que ahora. Parece que poco a poco este año ha ido quitándome las comodidades y alegrías que sentía a mi alrededor; desde un lugar, hasta las personas.

A veces quisiera reencontrar esa gente que dejé atrás, contarles lo que ha pasado. Sé que muchos entenderían lo que ha sido para mi perder el gran esfuerzo que hice por construir lo que he perdido. Quisiera en esas personas avivar la fuerza que parece que no tengo, tal vez volver a verme con la admiración que algunos sentían por mi o al menos con un poco de la que yo misma sentía.

He tenido muchos meses para pensar en escribir muchas cosas que no me atrevo a publicar. Siento que el desborde de emociones me avergonzarían con el tiempo. Ha sido un año lleno de preocupaciones, de fracasos y de dolores emocionales y físicos. Recordaba hace poco las últimas veces en que me sentí mal. Ninguna se compara con esto. Todo parece desorden en mi cabeza. Hace unos años alguien me decía que tenía la mala costumbre de "tapar mis huecos profundos emocionales" con cosas superficiales, solo para no enfrentarlos. Después de tanto voy descubriendo aun muchos de ellos y que aun trato -sin mucho éxito- de esconder. 

Eso ha cambiado la percepción de soledad, porque ya no me siento abandonada o dejada por alguien; tampoco parece motivarme salir del estado en el que me encuentro, ni retroceder siquiera. Creo que me enfrento a mi misma, conociendo y aceptando cada actitud, cada gusto y cada derrota como mía. Aprendiendo a estar lejos de lo que no quiero y que no me lleva a nada; esforzándome por no desear lo que ya tuve, por no pensar de más en lo que se ha ido, en lo que ha dejado de ser. 

Queda un camino muy confuso aún. Pronto tengo que irme del lugar donde he vivido un poco más de un año, el lugar que amé y que llené de mi en cada espacio. Salgo del lugar en el que pensé muchos sueños, el lugar en el que había puesto esperanzas y el lugar donde me sentaba a esperar a que algo pasara.

Supongo que a las malas me voy desenredando. 

lunes, 11 de julio de 2016

Whatever you do.


Cuando yo no era yo sino otra, podía haber jurado que no estaba en el lugar indicado ni con las personas destinadas para mi en ese momento. Creía, que con el paso de los días alguno de mis personajes iba sobrando en el relato de mi historia, si no era yo misma la que a menudo estaba estorbando en la construcción de lo que en ese entonces quería que fuera mi vida, mis amigos, mi estudio o mi trabajo.

He sido muchas a través de los años, de niña, de adolescente, de adulta. He descubierto que estar en los lugares que creía equivocados y con las personas que no deseaba era lo correcto para mí. Que en ese momento era así como debía compartir lo que era, aquello que iba dejando de ser. Que todo seguía un sentido y que se hiló de la manera en que tuvo que resultar, para aquella, la que había estado construyendo para otro momento soñado, pero que era la indicada para el real.

La impostora y la esencia que he cuidado, mantienen intacto el recuerdo de cada momento que viví, atesoran cada una de las imágenes que cuidé, para nunca borrarlas. Recuerdan con nostalgia las otras impostoras que fueron, las critican y las aman.

Hoy, menos o más impostora, descanso bajo los recuerdos que he formado, pensando en que todo valió la pena. Lo supe con firmeza cuando escuché en el vídeo "The lovers" de la muralla china: In the end you are really alone,whatever you do.

Sin duda, al final, solo seré yo.

jueves, 24 de marzo de 2016

Muelas del juicio

Me siento bajo la influencia de la pereza que da en semana santa, de tal forma que hasta me animé a tocar este blog que hace años no toco, solo para divertirme sobre lo que fueron las cordales, las dos que me saqué ayer.

Todo comenzó unos meses atrás cuando me dio por empezar un tratamiento de ortodoncia. Lo hice porque llevaba años postergándolo y sentí que ya se me estaba haciendo demasiado tarde para empezarlo. Cuando me tomaron las radiografías lo primero que notaron es que las cordales nunca me iban a salir. Sin embargo, tenía dos, las de abajo, en forma horizontal, que perjudicaban la ortodoncia y un poco de cosas más que solo significaron dolor.

Por supuesto, la ortodoncista, de la cuál no recuerdo el nombre, pero que la distingo por su voz chillona de la misma manera en que ella me distingue como "la de la muela loca" (endemoniada, diría yo), me presionó bastante durante dos meses para que me extrajera la cordal que no dejaba trabajar. Accedí a hacerme valorar por la otra señora. El caso es que acordamos la cirugía por las dos cordales inferiores.

Pasaron los días, unos hermosos días llenos de toda la comida que me gusta, hasta que por fin llegó el 23 de marzo a las 8 am. Estaba lloviendo. Es de mencionar eso, porque todas las cosas tristes y nostálgicas empiezan bajo la lluvia. Llegué temprano y me mojé esperando afuera del consultorio. Abrieron a eso de las 8:10 y luego llegó mi mamá. La doctora se tardó 45 minutos, tiempo en el que le mostré a mi mamá todas las fotos del celular y hablamos de tontadas para no sentir el sonido de Día a día en televisor de la sala de espera.

La doctora llegó y de nuevo no la reconocí, como a la ortodoncista, como a ninguna otra doctora. Espero gratamente tener un filtro en la cabeza que no me permita recordar caras de gente que me tortura por mi bien. La doctora tenía una asistente bastante entrada en edad, morena, arrugada y con gafas redondas. Me asustaba un poco lo esquelética que se veía, pero igual me tenía peor el miedo de la anestesia. Vagamente recuerdo cuantos tubos de anestesia me puso en la muela izquierda, solo recuerdo el primer pinchazo y de ahí ya no sentí más. La doctora nos regañaba, a la asistente y a mi, porque según ella no colaborábamos lo suficiente. Era verdad, la asistente era despistada y se le olvidaba que me atragantaba con las babas y la sangre, mientras que por mi parte, me escurría por toda la silla para evadir la mano de los implementos raros con los que le sacan a uno esas muelas.

Mientras ella con la fresa intentaba separar la muela de la otra muela, de repente pensé en "la muela del juicio". Pensé que tal vez le habían puesto ese nombre porque eran tan dolorosas, que le cobraban a uno el desjuicio de su adolescencia o juventud. El caso es que como medio sentía dolor, pensé  que si era cierto eso a lo mejor no me había portado tan mal como creía. Unos minutos más tarde, la doc del gorro de Pucca empezó a extraer pedazos de la muela, y estuvo lista.

La quise ver, sobre la mesa plateada que tienen todos los consultorios. La vi y sentí temor de que eso estuviera en mi boca, tenía 3 patas gordas y gigantes, así como una corona inmensa, blanca marfil. La había destrozado para poder sacarla, porque según ella estaba muy cerca del hueso. La imagen mental que tengo de esas palabras aún me asusta mucho, creo que sobredimensiono lo que significa eso, pero igual nunca voy a saber cómo era eso realmente.

Cuando llegó el momento de la segunda, la doctora me advirtió que iba a ser dolorosa. Que estaba medio asomada y que venía horizontal, pero difícil porque estaba muy cerca del molar. Bueh, pensé yo, otra que destrozan y me voy a mi casa. Tan pronto puso la anestesia sentí dolor, cada uno de los chuzones me dolieron. Fueron 8. Los conté bien, porque ahí pensé que iba a escribir de esto, solo para leerlo después y acordarme, o reírme, o martirizar niños que no se lavan los dientes ni hacen caso. Los sentí cada uno, me asustaba que apenas me tocara la anestesia no me hubiera hecho nada. Y así fue, tan pronto me cortó con el bisturí lo sentí todo, grité. A ella obvio no le importaron esos gritos porque está acostumbrada, pero la asistente si estaba temblando. Me asusté de pensar que mi mamá pudiera subir a ver qué me había pasado, entonces me hice la que me calmaba, para evitar el bochorno.

La fresa entraba y rozaba todo. La sentía aunque no dolía. Sentía el sabor de la sangre que caía en la lengua y varias veces me atraganté con el deseo de escupir. De un momento a otro, el dolor se hizo demasiado fuerte en la muela, toda la mandíbula empezó a destemplarse y mis lágrimas salían del dolor. Aguanté hasta donde pude, pero le dije a la doctora Pucca que me dolía demasiado. Ella paró, se limpió la sangre del visor que había salpicado y me dijo que debía hacer un esfuerzo, porque tenía que perforar la muela para ponerme anestesia en el nervio. Asentí, lo hizo, grité, lloré, lloré desconsolada cuando puso las dos agujas de anestesia. Lloré, como si tuviera 5 años. Lloré sin secarme las lágrimas y volví a abrir la boca para que por fin termináramos.

Debieron pasar unos 15 minutos después de eso. Arrancó la muela que me cobró cada desjuicio de mi vida. Además de que era enorme, se había pegado tanto al molar que estaba tanto por debajo como por encima de él. Daba miedo cuando la doctora Pucca contaba eso. Me limpió, me cosió. Nos vimos a los ojos, ella con un poco de fastidio, yo con una tristeza de agradecimiento y dolor. Mandé llamar a mi mamá, la asistente seguía mirándome, sin saber qué hacer. Era bastante lenta, a mi parecer. Mi mamá llegó con paletas de agua que odio, me la devoré bajo la sensación de no sentir nada, de sentir dormida la cara.

Lo que ha pasado desde entonces es puro cuidado de mamá, que menos mal que están listas para cualquier cosa que le pase a uno. Menos mal, porque a mi sí me habría dado asco verle a una pelada escupir coágulos de sangre, o babear porque no se le da la gana de cerrar la boca.

En fin, gracias por leer. Fue un lindo ejercicio para mí, me divertí imaginando que alguien leía. Seguiré pensando cosas acerca de las muelas del juicio. Ya leí por ejemplo, que antes se creía que salían a la edad en que uno tiene juicio, o madurez. Con razón, digo, jamás me iban a salir por las buenas.

jueves, 12 de febrero de 2015

Problemas sociales

Paula es una niña muy aplicada, calmadita, de buenos modales, agradable podría decirse. Me gusta porque es alta y gordita, muy linda; además hace aportes chéveres cuando participa y es una niña inteligente y madurita. Una de las tantas a las que le doy una clase. Me parece curioso que Paula tenga 4 mejores amigas, porque generalmente las niñas a esa edad suelen tener solo una. Sin embargo, eso es lo que dice ella y eso es lo que dicen las amiguitas también. 

Hoy estuvimos trabajando en grupo, y pedí que se hicieran de a 4. Por supuesto, Paula me pidió que dejara su grupo de 5 para que ella no quedara con alguien diferente, a lo que por supuesto dije que sí. Lo curioso del asunto es que cuando ella fue entusiasmada a contarle a sus amigas, ellas, por su parte, le dijeron que inicialmente yo había dicho 4 y que 5 eran muchas para el trabajo, que se buscara otro grupo. Paula, les explicó que yo le había dado permiso, pero ellas no cedieron y Paula finalmente se hizo en un grupo de niños, mientras se le caían las lágrimas y miraba de reojo el grupo de donde la habían sacado.

Paula me hizo pensar en lo difícil que es tener un grupo, un lugar donde encajar. Por más que he pasado por diferentes grupos, por diferente tipo de gente, nunca he logrado sentir que por fin tengo un grupo con el cual me identifico y puedo ser parte, sintiendo esa amistad incondicional, que si he visto ocurrirle a muchas personas. He tenido amigos, tengo aun unos pocos, porque la mayoría los he ido alejando al ver que con el paso del tiempo se vuelve poco lo que podríamos compartir y tener en común. 

No creo que sea una persona rara ni nada así, ni creo que sea mala gente; siento más bien que no puedo compartir con muchas personas, que me cuesta abrirme y crear lazos con las personas. A veces, siento que lo mío es quedarme sola, que mis relaciones fracasan porque no entro en las personas especiales, ni en las amigas que todos quisieran tener en sus grupos. Seguramente, tampoco soy el tipo de novia que mis novios han querido tener, y quizá ha sido un golpe de suerte que tenga aún los amigos que tengo.

Llevo días compartiendo eso que sintió Paula. Afortunadamente para ella aún queda mucho tiempo y gente por conocer. Para mi, cada vez siento que lo mejor sería quedarme sola.