jueves, 8 de marzo de 2018

Llamado

Abría los ojos y estaba allí, frente a mi, el mar. Olía a pez, olía a sal. Me conmoví con su oleaje y los sonidos que escuchaba de él y de la gente que jugaba alrededor. El sol brillaba en las crestas de las olas y su calor me invadía desde adentro hacia fuera. El viento jugaba con mi pelo mientras enterraba mis manos en la arena. 

A un lado vi a mi mamá con su enorme miedo al mar; y a su lado, mi hermano procuraba cubrirse del sol y del agua. Quise mostrarles que no había que temer, quise decirles que todo estaba bien, que yo los guiaría y los protegería. Empecé a caminar hacia el agua para mostrarles que era seguro y, al llegar a la orilla, unas mantarrayas vinieron hasta casi tocar la punta de mis pies, que ya se sumergían en el mar.  Llegaban, invitándome a ir tras ellas; lo entendí desde que mis pies tocaron el agua. Me despedí de mi mamá y me metí completa en el mar, estaba frío y me gustaba. También habían algunas algas y nadar entre las olas era difícil; sin embargo, las mantarrayas nadaban por debajo y a lado y lado de mi cuerpo.  Metí la cara en el agua para verlas, queriendo nadar como ellas, pero la sal me cegó y tuve que levantar la mirada encontrándome con el gris y el blanco de las mantarrayas cruzar sobre el azul del cielo; saltaban por encima del agua danzando una con la otra y luego caían  y continuaban nadando en armonía, como en una coreografía.

Dejé de moverme, solo las contemplaba y dejaba que sus movimientos salpicaran el agua sobre mi.  Las admiré y casi lloré de la emoción; quería ser una, quería irme con ellas.

Cuando abrí los ojos aun sentía que mi corazón palpitaba con fuerza. ––Es el recuerdo del mar, es un llamado–– me dije.

lunes, 12 de febrero de 2018

Número 4

Caminamos por vías sin sentido,
todo el tiempo hay ruido alrededor.
Fácilmente nos distraemos con el paisaje;
tanto caminar, tanto correr
no hay un lugar para nosotros.



domingo, 4 de febrero de 2018

Bu 武

Creo que de las cosas más difíciles que hay es pedir ayuda. Ponerse en la posición de necesidad y solicitar que alguien intervenga con su mano es un reto, un dolor de cabeza cuando está la predisposición de que nadie estará ahí y que solo uno puede con su vida, con lo que lo agobia.

Pasar por ciertos momentos me ha llevado muchas veces a hacer de mi una persona fuerte que puede enfrentar lo que se le venga con una cara amable y aguerrida, y cuando menos me doy cuenta, estoy fuera del lío que me trajo a tomar coraje y sola he ganado y avanzado en lo que creía que no iba a poder. Sin embargo, un día las fuerzas se me fueron y quedé en un estado de desolación; en una incomodidad conmigo muy diferente a la soledad con la que se suele convivir con amistad; encerrada, bajo una sensación de pérdida de mi misma, de intermitente aflicción por lo que hay, hubo y habrá; una desesperanza por la vida y por cualquier cosa en la que he tenido convicción alguna vez.

Me avergonzaba mucho pensar en pedir ayuda a un psicólogo porque suelo considerar mis sentimientos y frustraciones como quejas de una niña mimada que se ha quedado sin oficio y ha encontrado en el drama una posición cómoda en la que disfruta estar. Y de los psicólogos suele hablarse tan mal, que tenía prevenciones con lo que podrían decirme. También, al haber juzgado la gente que no ha podido consigo misma y haberme burlado de  ciertas artes, de contactos y de situaciones sociales en las que por ignorancia creo que se encuentra un montón de gente que no sufre y que ve la vida como una alegoría, sentí pena durante semanas para poder contarle a la gente lo que me pasaba.

Pero esta semana, sin duda de las más complicadas que me han tocado, toqué una puerta que me llevó a otras más. Primero, vi el vídeo del perro por segunda vez porque me lo recomendaron y ya no fue solamente "bonito" sino que de una me empujó a buscar ayuda. Fui a ver a AP, quién después de escucharme no se asustó ni sintió asco de lo que le conté, por el contrario, tomó toda mi carga para mostrarme que lo que tenía era un buen número de posibilidades para hacer mucho mejor las cosas. Fui a Jiu- jitsu, invitada por A, y salí con unas palabras que dejaron en la clase: cuidado corporal (cuidado de si mismo), oportunidad (no forzar las cosas), respeto por el otro. Pero por sobre todas esas cosas tan bonitas, me di toda la oportunidad de hacer lo que quería hacer, hablarle a la gente sin prevenciones y desde el corazón, aprender de todo lo que me rodeaba y darme la oportunidad de fallar, de caerme y levantarme para hacerlo mejor. Me agradó estar conmigo y aunque a veces sentía ganas de salir corriendo, me di la oportunidad de hacer cosas nuevas y mostrarme tal como era. 

Conocí nuevas personas, gente agradable con ciertas costumbres que no son las mías y que ignoré porque era irrelevante enfocarse en eso; todos tienen algo que enseñar, algo bonito que aportar. Me gustó darme otra oportunidad de hablar sin sentirme enferma o presa de una sensación amarga; me gustó encontrar que he estado equivocada y que aunque no puedo devolver el tiempo, puedo cambiar lo que hay y lo que viene.

Lo que realmente me avergüenza no es pedir ayuda, es la ignorancia, el no explorar posibilidades, el no escuchar a otros, el no hacer y aprovechar todo lo bonito que hay dispuesto. Me pido disculpas por no tomar lo desagradable como una oportunidad para crear, pero me agradezco por haber escuchado y estar dispuesta a empezar. 

miércoles, 31 de enero de 2018

Cara a cara

Nunca la imagen del espejo es la misma. 

Nunca termino de ver o saber cuántos lunares tengo. Lo he intentado, pero se me olvida. La nariz, dicen, crece sin parar y no lo noto porque ya es grande. Hay anuncios de un par de arrugas. Hay pelos, unos gruesos y unos delgados. Tengo tantas manchas que solo sé que aumentan. Se caen las pestañas y nunca noto cuando crecen. Crecen los pelos de las cejas y arranco algunos; a veces se enquistan, pero no duelen. Algunas veces hay granos chiquitos, abultados, negros o sin color. Se quiebran los labios, pero los reparo. Se hacen bolsas en los párpados y salen ojeras. Las bolsas se quitan a medida que avanza el día, las ojeras se quedaron hace muchos años, pero no sé hace cuántos. La piel a veces es más morena o se ve más blanca; se ve diferente al cuello y a veces descamo.

No puedo aferrarme a esa que veo al frente, tengo que generalizarla. Nadie podría nunca dar fe de que es así o no. 


jueves, 21 de diciembre de 2017

Sangrar

Estaba Tomás hablando con mi mamá de sus fantasías, como suele hacerlo cuando ella le pregunta cómo es su vida en la casa. Nunca había llamado mi atención, porque tiene una voz chillona y normalmente trae a sus relatos monstruos y brujas que los acosan en las noches y algunos disparates propios de los niños de su edad.

Tomás estaba contándole cómo su abuela se había peleado con una bruja, mientras yo me sentaba a tomar mi café de la mañana. Mi mamá le decía que él no podía ver las brujas, porque no existen. El niño se reía y decía que sí, que estaban en el patio de su casa, que le había hecho daño a la abuela y luego a él. Mi mamá con risa le preguntaba que cómo eran, que cómo hablaban, que qué idioma hablaban… Pero entonces, Tomás le dijo:

– La bruja que estaba ahí era de mentiras pero real, porque mi abuela decía que la escuchaba, pero que nadie podía verla porque las brujas son como los espíritus de las personas que se han portado mal.

Lo escuchaba atentamente, más por curiosidad de saber hasta dónde iba a llevar la mentira, cuando de repente dijo:

–Y mi abuelita sabe que hay muchas personas que se portan mal. Entonces la bruja se me acercó y me cortó el pelo y ¡empezó a salir sangre!!

Mi mamá no podía de la risa con tal historia. Le dijo a Tomás que a nadie le sangraba el pelo, pero el niño insistía. Finalmente, el niño se aburrió de la risa de mi mamá y se fue a jugar con los demás niños.

Me quedé pensando en lo que sangra. Recordé las muchas veces que de niña me quejaba de dolores inexistentes. Que me dolía la uña, que me dolía la media, que me dolía la marquilla de la camisa, que me dolía dormir… Para ese entonces, a mi mamá también le daba risa pensar en esas cosas que decía.

A mí también me ha sangrado el pelo, pensé. Me ha sangrado en otros dedos. Me ha sangrado de la cabeza cuando desesperadamente quise quitarme un recuerdo, me ha sangrado a chorros cuando con tristeza lo he amarrado para dar la espalda, cuando lo he dejado suelto para que no se vean las orejas que también me sangran. Me han sangrado hasta los pelos de los brazos, cuando he tenido que alejarme de un abrazo, cuando he tenido que encontrarme sola. Me han sangrado las pestañas de restregarme los ojos, de apretar los párpados lo más que pueda para no dejar ir las lágrimas tras un sentimiento. Me han sangrado los pelos de la nariz, las cejas, el pubis, las piernas. Me ha sangrado todo.

Pensé entonces que a lo mejor Tomás sí tiene razón y sí hay un espíritu que hace sangrar. En todo caso no sería una bruja, ni lo haría porque nos portamos mal. Se sangra cuando se vive, cuando se rompe. Hay unos que nos rompemos con facilidad.



martes, 19 de diciembre de 2017

Sobre las fotos.

Cuando escribía para la revista aquella, acompañábamos las entradas con alguna imagen que "capturaba" al lector y lo hacía interesarse en los relatos que publicaba. Recuerdo que la primera vez me la asignó alguien más y fue muy inspirador ver mi texto corregido junto con aquella imagen, que daba otro sentido a lo que había escrito, lo ponía en otro contexto y me gustaba. 

Desde entonces pude ver que la mayoría de textos que se publican en internet y revistas están plagados de alguna imagen o vídeo, que de alguna manera funciona para el lector, porque a mi me encantan. Pero, las fotos, después de todo, entorpecen los escritos. Suele pasarme que entre más diseñada y editada esté la imagen, más adolescente considero el escrito y de una sé que viene acompañado de poses y de algunas groserías porque a la gente le gusta leerlas. Si, por otro lado, veo imágenes viejas, entonces entro con cautela a leer y a ver el pie de foto a ver de qué se trata. A veces no tienen nada que ver, pero no me resulta molesto. Pero cuando es un vídeo (creo que ya no soporto vídeos muy largos y los adelanto lo más que puedo a ver de qué puedo perderme)normalmente suele ser alguna canción, concierto o entrevista. Las entrevistas pueden acompañar bien, los demás suelen ser unos adornos que les queda bonito.

Miraba desde hace unos días las fotos que rotan por mis redes, porque estoy atosigada de tantas imágenes rodando. Es curioso, porque me encuentro en ese sentir por las mismas personas y páginas que decidí seguir hace años y que me gustan y que me gustarán mañana, pero, las he ido dejando. Pareciera que han perdido algunos de los valores que les daba o lo novedosas que me parecían. En medio de eso, también pude apreciar las fotos de las personas que conozco y los cientos de desconocidos a los que les conozco la vida solo por seguirle los perfiles en las redes, que puede ser chisme, pero también me gusta ver los lugares y las cosas que otros frecuentan. También podría llamarse morbo, pero no estoy muy segura de que sea algo malsano y que si hay otra palabra para ese gusto que no sea malsano eso sería lo que siento, pero no me la sé.

Las fotos se esparcen por todos lados. Las mías, me recuerdan las personas que he querido y con las que seguro pasé bien para tener la foto y verla con nostalgia. Recuerdo algunos hechos que hicieron que se fueran. También pienso que ya no hay manera de retornar y de volver a hablar, porque ya no hay tema ni situaciones que nos unan. Pienso y comparo eso con la gente que toma fotos ¿Cuál sería el constante propósito de mantener un algo en una foto? ¿Sería la belleza, sería la historia, sería el sentimiento, sería cualquier cosa? Qué importa.

Hay un par de fotos que me han aparecido este mes. Los diciembres han sido siempre ese mes de familia y de amigos, que hay que guardar en una foto, o al menos en dos: la del 24 y la del 31. La familia, menos mal, siempre permanece ahí, ninguno ha faltado ni se ha ido al otro mundo. Los amigos, aquellos que adoré, con los que viajé, a los que les conté mis secretos, parece que temprano se han ido, algunos.  

Me parece que el significado que le tengo a esas fotos tiene varias interpretaciones, como esas que les ponían a mis textos. Una vez significaron mucho, las exhibí con cariño y con ganas de que esto pasara: volver a verlas con y sin la intención de recordar. Pero ahora, muchas ni siquiera me inspiran ningún sentimiento, la rabia, la tristeza, el tiempo, la distancia han hecho que olvide su origen. Leí el artículo de Nan Goldin del NYTimes, y me quedó una enorme admiración. Sus amigos eran su trabajo (si es que entendí bien) y quedaron en sus fotos para siempre, no solo como muestra de cariño, sino como toda una exposición artística de su época. Claro, las vi y de nuevo hay muchas formas de verla. ¿Habrá pensado ella que habían varios mundos detrás de las fotos de sus amigos?



domingo, 26 de noviembre de 2017

Carta al miedo

Hace muchos días no tengo miedo, uno real. Veía a mi papá, una deidad del miedo de mi niñez, sentado junto a mí, con sus manos manchadas por la edad, con menos pelo y una voz diferente y, de repente, recordaba el miedo que sentía cuando llegaba en las noches a la casa, el escalofrío que sentía con su presencia, con el sonido de sus pasos; su timbre de voz que me hacía temblar y sus miradas que lograban indisponer mi cabeza, haciéndome frágil. Me recordé huyendo de su encuentro.

Estaba ahí de frente junto a mí y parecía que esos recuerdos no eran reales. De alguna manera en la mente aquello que pasa por la vida se distorsiona, a tal punto que a veces dudo de algunos recuerdos y tengo que preguntar o cerciorarme con otros acontecimientos. Lo miraba y escuchaba contar todo lo que ha estado haciendo los últimos días mientras sentía que ya no le temo, ni a su voz, ni a sus reacciones. Pensaba que de alguna manera quise durante años alejarme de su recuerdo, huir a los parecidos que tenemos, odiar sus comportamientos y que ahí estaba al frente mío, tan indefenso y tan fugaz como cualquier otro.

Le conté los planes que tengo y poco a poco intentó destruirlos, como había hecho tantas veces antes. A medida que escuchaba sus palabras quería salir corriendo, quería encontrar unos brazos cómodos que me dijeran que todo era mentira y que pronto estaría bien, pero cuando más miedo tuve y estaba cerca de darle la razón, me vi en el reflejo de la ventana de donde estábamos. En él vi mi cara destrozándose y no fue extraña, ni me sentí mal por eso. De inmediato vinieron los recuerdos de la enfermedad que superé, de los trabajos que he tenido y lo que he logrado en ellos, de los ojos que me miran con credibilidad, de la confianza que han puesto en mí, de la fuerza con la que pude lograr lo que muchos dudaron y la firmeza de que puedo hacer aún más. Me di la vuelta y le vi a los ojos diciéndole que con él o sola iba a hacer lo que tenía planeado. 

Siento un nuevo miedo, uno que me llena de inquietud y de cierto vigor en que voy a hacer de nuevo lo que quiero y que saldrá bien. Que vendrá, como siempre, acompañado de un montón de retos que me van a sacar lágrimas, pero que lograré. Él lo vió, no supo qué era, ni qué pasaba por mi mente. Al final me dio un "porcentaje" de su apoyo, que aunque no lo necesito, lo siento como una victoria. 

El miedo es un ladrón de felicidad, uno que agota y devora calladamente las intenciones que hay en la cabeza y en el corazón. Me lo dije varias veces mientras escribía una parte del plan, para así no olvidar que esto que siento no es miedo, sino que tal vez se parezca más a la vitalidad.